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Mons. Ignacio Alemany Grau

El año litúrgico es para darnos a conocer a Jesús, su Persona y misión, su vida y sus enseñanzas. En estos primeros días del tiempo ordinario, la Iglesia quiere que conozcamos quién es este Jesús, a quien seguimos y amamos. Quizá extrañe a algunos de ustedes que hoy celebremos el segundo domingo. En realidad, en el primer domingo del tiempo ordinario celebramos la festividad del bautismo de Jesús y, pasado ese día, leímos las lecturas de la primera semana del tiempo ordinario.

Hoy, pues, viene a ser el primer domingo y por esto asistimos a la Presentación del Señor. Esto lo hace la liturgia comenzando con estas palabras que repetimos en el salmo responsorial: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Son las palabras del salmo 39 que luego el autor de la carta a los Hebreos hará suyas. Nosotros nos preguntamos: ¿quién es éste que se presenta con esta disponibilidad ante Dios? Isaías nos lo dice en la primera lectura. Se trata del Siervo de Yavé, aquél a quien le dijo el Señor: “Tú eres mi siervo de quien estoy orgulloso”.

Pasados los siglos, nosotros conocemos muy bien que estas palabras las dice Dios Padre al sentirse “complacido” de su propio Hijo. Pensemos en Jesús, a quien se aplican estas palabras del gran Isaías: “Es poco que seas mi siervo… te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”. Es claro que sólo Jesús Mesías, el Redentor, ha conseguido que la salvación de Dios llegue a toda la humanidad.

Por su parte Pablo, en la segunda lectura, comienza su primera carta a los Corintios presentándose a sí mismo como servidor de Jesús y admitiendo que no sólo se reconoce siervo del siervo de Yavé sino que, absolutamente todos, debemos reconocer que Jesús es nuestro único Señor. Y es que la Palabra, el Verbo de Dios, la Tercera Persona de la Trinidad, Dios poderoso como el Padre y el Espíritu Santo, “se hizo carne y acampó entre nosotros”.

Y a quienes tuvieron la valentía de recibirlo, descubriendo en el siervo de Yavé al Dios todopoderoso que vino a redimirnos, Dios les permitirá que lleguen a ser sus hijos. Con estos pensamientos entramos en el Evangelio de hoy. Allí está Juan, el precursor, que descubre entre la multitud a este desconocido que para la gente es uno más, pero que oculta la divinidad en su aparente pequeñez.

¡Impresionante! Contemplamos el Jordán, la ladera verde del río en la que se agolpa la multitud que quiere purificarse con el bautismo de penitencia, y de pronto, aquel predicador tosco, vestido de piel de camello, grita con alegría y voz profética: “Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Y le advierte a la gente que no es la primera vez, sino que en muchas oportunidades él mismo les ha hablado del Mesías prometido por Dios a su pueblo.

Más todavía. Juan tiene conciencia de que él mismo no es el Mesías, pero que sí está preparando sus caminos: “En pos de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Se trata, por consiguiente, de uno que nació después de Juan pero que existió antes, porque era Dios. Y para aclarar a la gente que no es invento suyo, sino que lo sabe por verdadera revelación de Dios, les advierte: “Yo no lo conocía pero he salido a bautizar con agua para que Él sea manifestado a Israel”.

Y como Juan se siente seguro, completa cuál es la fuente de su conocimiento: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre Él”. Juan, consciente de su misión, y seguro de que es Dios el que lo ha enviado a bautizar, se atreve a decir a la multitud que el Señor le había advertido: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre Él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”.

Con estas palabras Juan hace ver que el siervo de Yavé, que se ha encarnado, es el único que va a traer el bautismo del Espíritu Santo, el que va a hacer verdaderos hijos de Dios a los hombres. El Evangelio de hoy termina con estas palabras de Juan, seguro de su misión: “Yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. La Iglesia existe para evangelizar. Todos tenemos que ser evangelizadores.

Todos tenemos que vivir la actitud de siervos de Yavé y todos tenemos obligación de preparar los caminos del Señor. Juan nos enseña que solamente los humildes se encuentran con Dios y pueden ser testigos de Él. Tú tienes que evangelizar. Tú tienes que publicar con tus palabras y con tu vida el gran mensaje: “Jesús es el Señor”. Y si el Mesías, siendo Dios, se presenta en el mundo como siervo de Yavé y diciendo que ha venido a hacer la voluntad del Padre, ¿cuál crees que será tu actitud?