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Por: José Ignacio Alemany Grau, Obispo

De la mano de la liturgia hemos llegado al tercer domingo del tiempo ordinario. La madre Iglesia nos presentó, el domingo pasado, a Jesús de una manera concreta como el siervo de Yavé y el Cordero de Dios.

Avanzando en la presentación de nuestro modelo, Maestro y Señor, nos lo presenta hoy como la luz grande prometida al pueblo de Dios por el profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. Esta luz aumentaba la alegría y el gozo del pueblo escogido sólo con la esperanza de que un día sería una realidad.

Esta esperanza se ha hecho realidad. Jesús mismo explicará: “Yo soy la luz del mundo”. Por eso el salmo responsorial que nos da la idea central de este domingo, nos dice: “El Señor es mi luz y mi salvación”. Este Jesús es el Salvador que trae la felicidad a su pueblo. Ni hay otro Redentor ni hay otra Luz.

Es Jesucristo, muerto y resucitado, quien creará para siempre la unidad entre los que siguen el camino de la revelación del Dios único. De ahí que Pablo, ante posibles divisiones, advierte que ni él ni Apolo ni Pedro, nos han salvado, sino únicamente Jesucristo, el Señor. Él, y sólo él, debe ser el eje de nuestra vida y el cimiento de la Iglesia.

Por su parte, Mateo (no olvidemos que éste es nuestro compañero durante el ciclo A), nos presenta a Jesucristo saliendo de su hogar. En Nazareth y en su casita había vivido 30 años santificando la familia; ese gran tesoro que hoy los hombres quieren destruir. Y “dejando Nazareth se estableció en Cafarnaúm”. Por esto, en distintas oportunidades nos daremos cuenta que a Cafarnaúm se le llama la ciudad de Jesús, a partir de este momento.

Mateo, que es el evangelista que pretende atraer sobre todo a los judíos, tiene muchas citas del Antiguo Testamento, precisamente buscando en ellas la prueba de que Jesucristo es el enviado de Dios, la luz prometida por los profetas. En concreto, en este domingo, Mateo nos recuerda la cita de Isaías que hemos comentado en la primera lectura: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”. Y ahora sí, esta luz, que es Jesucristo, comenzó a predicar, diciendo: – “Conviértanse porque está cerca el Reino de los cielos”.

Este es el resumen de la predicación de Jesús que también Marcos puso al principio de su evangelio. Los tres años de predicación de Jesús Maestro serán para presentar este Reino de los cielos que exige un cambio de vida en todos nosotros. Y avanzando en la presentación del Maestro nos da a entender Mateo que Jesús, aunque es la única Luz del Padre, no quiere ser Él únicamente la luz para el mundo.

Quiere que también otros asuman la antorcha de la esperanza salvadora que Él ha bajado desde el Padre para entregársela a los hombres. Y les dirá: “Ustedes son la luz del mundo”. Y, continuando la lectura de hoy vemos a Jesús paseando junto al lago de Galilea. Llama a Simón y a Andrés, y luego a Juan y a Santiago, y como que les cambia la profesión. De pescadores de peces los convierte en pescadores de hombres. Sólo pone una condición. Dejar el mar, las redes y la barca y seguirle a Él:
“Vengan, síganme y yo los haré pescadores de hombres”. Cristo luz los deslumbra y lo siguen. Desde ahora Jesús, acompañado por sus apóstoles, “recorrerá toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino.

Dado el hecho de que, además de hombre es verdadero Dios, Jesús confirma su predicación “curando las enfermedades y dolencias del pueblo”. Así, al mismo tiempo que sana las almas, fortalece los cuerpos y confirma el poder divino que tiene. Como ven amigos, en este domingo la Iglesia nos invita a conocer la luz que es Cristo, a seguirlo de cerca y a compartir con Él la evangelización. Todos estamos llamados a dejar muchas cosas que no son necesarias para la vida y a seguir directamente a Jesucristo. Porque el Reino es la salvación que consciente o inconscientemente espera todo el mundo.