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Artículo de Héctor López – Historiador

Con el título de “La Herencia de la Riva Agüero: Que la verdad se haga luz e ilumine sobre las tinieblas” se ha publicado un libro rotundamente esclarecedor donde se prueba con una recta lectura de los testamentos de don José de la Riva Agüero y Osma y con el respaldo de una copiosa documentación judicial –donde constan los fallos en primera instancia y la sentencia del Tribunal Constitucional– que las autoridades de la Pontificia Universidad Católica del Perú, actuando bajo el más sigiloso secreto en una sesión que tuvo lugar en 1994, alteraron la voluntad de Riva Agüero, quien dispuso testamentariamente que sus bienes legados a la Universidad Católica fueran administrados por una junta conformada por personas de toda su confianza y, cuando estas fallecieran, dicha junta administradora estaría integrada a perpetuidad por el rector de la Universidad Católica y un miembro designado por el arzobispo de Lima. Como se sabe, el mecenas falleció en 1944.

Todos los que han estudiado la vida y obra de ese gran polígrafo que fue José de la Riva Agüero coinciden que entre sus numerosas cualidades sobresalió la claridad y el orden de su pensamiento, expresado en sus testamentos, que no dejaban lugar para brechas donde pudieran filtrarse ambigüedades o que hicieran necesarias interpretaciones.

Hubo, pues, una conducta inexplicable, por decir lo menos, en quienes en la ya mencionada sesión secreta de la junta administradora, en 1994, acordaron que la Pontificia Universidad Católica en su calidad de propietaria debía continuar administrando la inmensa fortuna legada por Riva Agüero y la junta, donde no existía un representante del arzobispo capitalino, quedaba relegada al “cumplimiento de las mandas y demás encargos que se derivan de las disposiciones testamentarias…”.

No pensaron las autoridades universitarias de 1994 ni las actuales que el gran canciller de esa casa de estudios, cardenal Juan Luis Cipriani, sin más armas que la verdad y en cumplimiento de sus obligaciones como arzobispo primado de Lima, lucharía para que la PUCP mantuviera con la Iglesia y con él, en razón de sus fueros, una vinculación que es esencial para su identidad institucional. “De esta estrecha relación –ha escrito el cardenal Cipriani– derivan, como consecuencia, la fidelidad de la universidad, como institución, al mensaje cristiano, y el reconocimiento y adhesión a la autoridad magisterial de la Iglesia en materia de fe y de moral. Asumiendo un vínculo particular con la Santa Sede, en razón del servicio de unidad que ella está llamada a cumplir a favor de toda la Iglesia”.

El espíritu y la letra del testamento postrero de José de la Riva Agüero, ferviente católico que poseía la virtud de la santa intransigencia, no podía dejar de lado en ningún momento a un representante de la Iglesia. Este derecho ha sido reivindicado gracias al cardenal Juan Luis Cipriani, al distinguido abogado Natale Amprimo y a los juristas nacionales y extranjeros que han desbaratado la maniobra que pretendió ignorar el inequívoco mandato de Riva Agüero a quienes dirigieron, dirigen y dirigirán la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Por eso el notable hombre de letras escribió: “Juremos preservarla íntegra, sin renuncios, retrocesos ni cobardías; y con ella la irradiación de las supremas verdades de religión y sanas doctrinas que impedirán el desquiciamiento de nuestro amado Perú”. Ese es el pensamiento de Riva Agüero con el cual está totalmente identificado el cardenal Cipriani.
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Publicado en el diario El Comercio
Lima, domingo 23 de enero de 2011