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Reflexión dominical 30 enero de 2011
Por:José Ignacio Alemany Grau, Obispo

De la mano de San Mateo, en este ciclo A, llegamos al cuarto domingo del tiempo ordinario. En él se nos dice cuáles son las preferencias del Señor. Sofonías nos dice que los predilectos de Dios son los humildes que cumplen los mandamientos.

Todos ellos formarán “un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. No cometerá maldades ni dirá mentiras”. Estos hombres son los que pasarán la historia de la salvación del Antiguo al Nuevo Testamento. Con ellos estará siempre el Señor.

Por eso, cuando Pablo escribe a los corintios y examina la asamblea que forman todos ellos, se da cuenta de cómo se cumple el plan de Dios en la joven Iglesia: “Fíjense en su asamblea, no hay muchos sabios en lo humano ni muchos poderosos ni muchos aristócratas. Todo lo contrario, Dios ha escogido lo necio del mundo para humillar a los sabios y ha escogido lo débil del mundo para humillar a los poderosos”.

Nos advierte San Pablo que precisamente esta elección que ha hecho Dios es para que nadie pueda gloriarse en su presencia y la única gloria nuestra sea la del mismo Señor. Así permaneceremos siempre en la humildad que nos lleva a la verdad y que consiste en aceptar que Dios es el Señor.

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús sentado en la montaña como un nuevo Moisés que enseña al pueblo las nuevas leyes con que han de regirse, si quieren pertenecer al Reino definitivo que Dios quiere para los suyos. Las nuevas leyes son complemento del Antiguo Testamento, como iremos viendo los próximos domingos, y otros llevan la novedad y el calor del Evangelio de Jesús.

Jesús empieza su discurso con las bienaventuranzas en las que, con todo detalle nos dice quiénes son, en la vida práctica, sus predilectos. Los primeros, coincidiendo con Sofonías, son los humildes que tienen corazón de pobre. Dios es su única riqueza. Luego vienen los sufridos, los mansos, los que se alimentan con la justicia, aunque los persigan; los que tienen un corazón misericordioso como el de Dios que se definió a sí mismo como “clemente y rico en misericordia”; los de corazón limpio y los que trabajan por la paz.

Finalmente viene la última bienaventuranza que es considerada como el fruto del Espíritu Santo más importante porque, quien soporta estas situaciones, vive como ninguno la vida de Cristo: “Dichosos cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos porque su recompensa será grande en el reino de los cielos”.

Aparentemente Jesucristo tuvo muy mal gusto y, según los criterios de la mayor parte de los hombres, sobre todo los de nuestro tiempo, hubieran entrado con mucha más facilidad e ilusión en el Reino si todo se hubiera presentado al revés. Vean qué fácil hubiera sido: Dichosos los que tienen plata, felices los que no aguantan moscas, los vivos y aprovechados, los que se revuelcan en la corrupción, los que nunca son perseguidos y se defienden con las armas, los que se esfuerzan únicamente en mantenerse tranquilos y felices al margen de todos y de todo.

Pero, el Señor es el Señor y las bienaventuranzas son el camino que Él ha propuesto. Quizá la lección de este domingo resulte un tanto dura, pero solemos decir que lo que vale cuesta. Y también que lo que cuesta, vale. Resumiendo las ideas fundamentales de este día vamos, como hacemos siempre, al salmo responsorial que nos dice: “Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”. Y el salmo aleluyático, a su vez, nos presenta la felicidad que produce cumplir las bienaventuranzas: “estén alegres y contentos porque su recompensa será grande en el cielo”.

Esto explica que tantos sencillos y pobres de este mundo pero llenos de Dios, se mantengan en paz y alegres a pesar de todas las contradicciones que encuentren. Es que en ellos se cumple el Evangelio de Jesús cuyo fruto es siempre “el gozo y la paz”. Si el Reino de Dios es “la piedra preciosa” por lo que hay que vender todo lo que uno tiene…será necesario adquirir el Reino con todo el sacrificio para poder ser felices y asegurarse una eternidad con el Señor. Por lo demás, quien va adelante cumpliendo todo este programa es siempre Jesucristo porque, en fin de cuentas, Jesucristo es el primero en todo.