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A lo largo de la vida el hombre debe encontrar un centro interior que oriente y dé sentido a su existir humano. Debe descubrir ese núcleo de verdades fundamentales que lo sostengan y le permitan permanecer en el bien aún cuando muchas de sus esperanzas vayan desapareciendo. Esto se aplica no sólo a las personas de edad, sino también a muchos jóvenes que han perdido la ilusión de vivir. Se trata de encontrarse nuevamente con la razón de la propia existencia, con el amor de Dios, el sentido de la propia dignidad como persona e Hijo de Dios, y de descubrir que yo tengo una misión en la vida y que mi paso por la tierra es temporal y muy breve.

Las bienaventuranzas justamente nos invitan a revisar nuestra jerarquía de valores. Nos ayudan a comprender, a la luz de la eternidad, lo relativo y pasajero de todo lo creado y de los bienes materiales; la relatividad e incongruencia de la búsqueda exclusiva del placer y de la comodidad, la relatividad de los sufrimientos de esta vida. «Buscad al Señor todos vosotros» nos propone el profeta Sofonías.

Este profeta vivió en Judá durante el reinado del rey Josías (639-609 A.C.) y advirtió al pueblo sobre el futuro juicio de Dios, si seguían adorando a los ídolos y desobedeciendo las leyes de Dios. Advirtió también de la destrucción que sobrevendría sobre los vecinos de Israel. La injusticia será castigada pero para aquellos que «vuelvan nuevamente» a Dios, habrá un brillante futuro. La predicación de Sofonías preparó la gran reforma religiosa que realizó el rey Josías.

La búsqueda de la felicidad

A todos nos llama la atención ver tanta gente que es poco feliz o decididamente infeliz, gente que vive perma­nentemente insatisfecha o que se quejan continuamente de su suerte. Es que buscan la felicidad en cosas que aunque las poseyeran, no pueden concederles la felicidad anhelada. La gente en general busca la felicidad en el dinero y en la fama. Pero una vez que los hombres han alcanzado la riqueza y la notoriedad; se encuentran con la sorpresa de que siguen estando insatisfe­chos, de que basta que algo les salga mal, para sumirse, a pesar de su dinero y su fama, en la mayor infelicidad.

El anhelo de felicidad en el hombre no se sacia sino con la posesión del Bien infinito, es decir, de aquel Bien que lo es en todo senti­do y sin limitación. El hombre por el hecho de ser hombre no puede sino desear el Bien que le dará la felicidad plena. Una vez alcanza­do este Bien ya no le deja nada más que desear, porque ese Bien lo concede todo. Este Bien es justamente Dios.

San Agustín, que vivió la búsque­da de la felicidad de manera afanosa, cuando encuentra el camino hacia ella, escribe: «Nos creaste Señor para ti, y nuestro corazón está inquie­to mientras no descanse en ti».

«Dichoso el hombre que…»

Las bienaventuranzas son tan importantes dentro de la ley de Cristo que el Concilio Vaticano II no vacila en afirmar: «El mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas». Una bienaventuranza es una expresión idiomática antigua en la Sagrada Escritura. El Antiguo Testamento está lleno de estas expresiones. La primera la encontramos en boca de Moisés, cuando bendijo a las tribus de Israel antes de morir: «¡Dichoso tú, Israel! ¿Quién como tú, pueblo salvado por Yahveh?» (Dt 33,29). La segunda ocurrencia está en boca de la Reina de Saba, que asombra­da ante el esplendor de la corte de Salomón, exclamó: «Dicho­sas tus mujeres, dichosos tus servidores, que están siem­pre en tu presencia y escuchan tu sabiduría. Bendito Yahveh tu Dios que se ha complacido en ti y te ha colocado en el trono de Israel para siempre» (1R 10,8-9).

El libro de los Salmos comienza con una bienaventu­ranza: «Di­choso el hombre que no sigue el consejo de los im­píos… todo lo que él hace sale bien» (Sal 1,1.­3) y éstas recorren todo el libro de los Salmos. En el Antiguo Testamento encontramos más de cuarenta biena­venturanzas. En hebreo la bienaventuranza suena así: «Ashré ha ish, asher…» – «Dichoso el hombre, que…»- . La palabra principal “ashré” es un sustantivo plural en una forma que le exige apoyar­se en otro sustantivo. La traduc­ción lite­ral es: «¡Ah, las dichas del hombre, que…­.!». En la traducción griega y en nuestras lenguas se adopta un adjetivo: «Dichoso el hombre que…». La estructura es siempre la misma: se llama dichoso a alguien, y se indica el motivo de su dicha.

En el Nuevo Testamento encontramos más de cincuenta biena­venturanzas. En la lengua griega en que se escri­bió origi­nalmente el Nuevo Testamento, el adje­tivo correspondiente es «maka­rios». Por eso, a estas expresiones se suele llamar «maca­rismos». La primera en ser objeto de una bienaventuranza es la Virgen María: «Dichosa la que creyó que se cumpliría lo que le fue anunciado de parte del Señor» (Lc 1,45).

Sólo en boca de Jesús las encontramos agrupadas en una serie de nueve. Pero no es esto lo que más sorpren­de; lo que más sorprende es su contenido, porque trastorna todos los criterios humanos. Si se colocaran en hebreo, Jesús habría dicho: «¡Ah, las dichas de los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos! ¡Ah, las dichas de los mansos, porque ellos heredarán la tie­rra! ¡Ah, las dichas de los que lloran, porque ellos serán consolados!…».

Jesús admira la dicha de quienes están en una condición reconocida más bien como desdicha­da. ¿Cómo es posi­ble? En realidad, lo que Jesús quiere enseñar es que esas categorías de personas son las que poseen el Reino de los cielos, son las que heredarán la tierra (se entien­de «la tierra prome­tida»), son las que serán conso­ladas (por Dios).

Por eso, aunque a los ojos del mundo parecen desdi­chadas, a los ojos de la fe, impre­siona su dicha. El premio eterno, que poseerán en pleni­tud en el futuro, anticipa su acción beatificante al tiempo presen­te; lo poseen ya en prenda. Es decir, lo poseen ya verda­de­ramente, y con la garantía de que será plenificado en el futuro.

Si tal es la convicción de Jesús, nuestro anhelo y nuestro empeño cristiano debe ser llegar a contarnos entre los pobres de espíritu, entre los mansos, entre los que lloran y tienen hambre y sed de justicia, entre los mise­ricordiosos, entre los limpios de corazón, entre los que trabajan por la paz, entre los que son perseguidos por causa de la justicia y por causa de Cristo. Si lográramos este objetivo, entonces conoceríamos la verdadera felici­dad.

Podemos decir que si el fin del hombre es la felicidad eterna, entonces la moral cristiana se puede expresar en esta forma: son buenas las acciones que nos conducen a la felicidad eterna; son malas las acciones que nos alejan de la felicidad eterna; y son intrínsecamente malas las acciones que por su propia naturaleza no son ordenables a la felicidad eterna.

Jesús nos revela que las bienaventuranzas son la expresión de la verdadera felicidad ya que ellas son el camino seguro que nos conduce a la vida eterna. Esta felicidad no la entiende «el mundo» y ese es precisamente el mensaje que San Pablo quiere dar a la comunidad de Corinto que, al ser puerto, está permanente expuesta a los falsos valores.