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La devoción a Santa Catalina de Siena se está extendiendo en muchos países gracias a las interpretaciones de Sor Nancy.

De todo hay en la viña del Señor. En la viña de los Murray, nueve hijos, católicos de origen irlandés, creció el más célebre de ellos, Bill, candidato al Oscar en 2003 por Lost in translation tras destacar en Los cazafantasmas (1984) y Atrapado en el tiempo (1993).

Su currículum tiene poco parecido con el de su hermana Nancy.

A él le expulsaron de la universidad por posesión de marihuana, tiene seis hijos de dos matrimonios, se ha divorciado dos veces, ha tenido problemas con el alcohol, y cuando no está actuando disfruta tocando la guitarra en un grupo como si aún tuviera veinte años.

Ella, sin embargo, ingresó en la orden dominica en 1966 y desde hace unos años se dedica a viajar por Estados Unidos y otros países (Filipinas, Vietnam, Perú, Italia) interpretando a Santa Catalina de Siena, en una obra de papel único que tiene por finalidad presntar la vida de esta religiosa italiana del siglo XIV, dominica también, que recibió los estigmas, no tuvo empacho en recriminar al Papa su debilidad durante el cisma de Occidente, y en 1970 fue declarada doctora de la Iglesia.

Sor Nancy lleva, pues, en la sangre que comparte por Bill el virus del teatro. Y lo ha desarrollado y perfeccionado, pues llegó a graduarse en interpretación en una universidad de Miami, antes de hacer lo propio con estudios de pastoral en la Universidad Loyola de Chicago.

«Santa Catalina tiene una personalidad de la que casi nadie habla», dice la hermana Murray, quien lo intenta con sus actuaciones cada vez: «La gente encuentra en ella el fuego y la chispa que necesitan, y esto comienza a resonar en todo el mundo». Y en la orden están satisfechas, porque gracias a su arte se está extendiendo la devoción a su patrona, algo languidenciente a pesar de la importancia de la congregación en multitud de obras educativas en todo el mundo.