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El diario italiano L’Eco di Bergamo recordó el sacrificio del sacerdote católico Achille Bolis, que durante la Segunda Guerra Mundial salvó la vida a muchos judíos y que fuera asesinado por los nazis el 23 de febrero de 1944 en Milán (Italia).

El ingeniero judío Guido Arturo Tedeschi, comenta en la nota publicada el 27 de enero por L’Eco di Bergamo sobre el P. Bolis que “quisiera que fuera reconocido como Justo entre las Naciones en Israel. No lo recuerdo en persona, pero lo conozco por los relatos de mis padres y mi hermano mayor. Hablaban de él con respeto y decían que gracias a él habíamos sido salvados“.

Sobre el sacerdote que servía como arcipreste en la localidad italiana de Calolzio en Bérgamo, Tedeschi recuerda que “ese lugar era adonde llevaban a los judíos y otras personas cuya vida estaba en riesgo. Se les acogía en el oratorio, en cualquier caso, y luego eran enviados a Suiza”.

Otro testigo de la ayuda del P. Bolis, Giuseppe Carrara –que se escapó del campo de concentración de Mauthausen donde estaba confinado– señala que cuando fue arrestado dijo ser inocente pues “quería salvar vidas“.

El P. Bolis fue arrestado la noche entre el 21 y 22 de febrero de 1944. Fueron apresados con él otro sacerdote, el P. Tommaso Rota, el médico Oscar Zanini y un empleado comunal de nombre Ferrario.

L’Eco di Bergamo señala luego que el sacerdote sufrió un brutal interrogatorio. “No es posible transcribir la insolencia, las maldiciones, los insultos y demás” que se dieron en esa ocasión. Luego, él y sus compañeros fueron llevados a Milán y recluidos en la cárcel de San Vittore. Aparentemente la muerte del sacerdote se produjo la noche del 23 de febrero.

La información sobre lo que sucedió esa noche no se conoció sino hasta 19 años después, en 1963, cuando se pudo tener el testimonio del guardia carcelario Luigi Ceraso.

Sobre los hechos afirma que “el P. Bolis, apenas llegado al Hotel Regina (sede del comando alemán en Milán), fue conducido a la oficina principal y salvajemente golpeado por el teniente Manlio Melli, y por algunos funcionarios alemanes”.

“Estaba todo ensangrentado. Habían pasado una brocha sobre las heridas para tomar su sangre. Me lo confiaron para que lo pusiera en una celda escoltado por algunos soldados”, concluyó.