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“Por doquier y siempre”

ROMA, jueves 3 de febrero 2011 (ZENIT.org) – “Ubicumque et semper. La nueva evangelización”, titulaba L’Osservatore Romano, el jueves 27 de enero de 2011. En esta reflexión del presidente del nuevo dicasterio ad hoc, monseñor Rino Fisichella evoca especialmente la “Sagrada Familia” de Antonio Gaudí como símbolo de la nueva evangelización.

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La Iglesia existe para llevar en todo tiempo el Evangelio a todos, allí donde se encuentre. El mandato de Jesús es tan claro que no permite absolutamente ningún equívoco, ni ninguna coartada. Quienes creen en su palabra son enviados por los caminos del mundo a anunciar que la salud prometida se ha convertido en realidad. El anuncio debe conjugarse con un estilo de vida que permita reconocer a los discípulos del Señor allí donde se encuentren.

Se podría decir que la evangelización se resume en este estilo que caracteriza a quienes se sitúan en el seguimiento de Cristo. La caridad como regla de vida no es otra cosa sino el descubrimiento de lo que da sentido a la existencia, porque lleva hasta sus más íntimos meandros lo que el Hijo de Dios hecho hombre vivió personalmente.

Se podría debatir largo y tendido sobre el sentido de la expresión “nueva evangelización”, preguntarse si el adjetivo que determina al sustantivo tiene verdaderamente sentido, pero esto no oculta la realidad. Llamándola “nueva” no se pretende calificar los contenidos de la evangelización sino la condición y las modalidades con las que esta se realiza.

Benedicto XVI, en la carta apostólica Ubicumque et semper subraya con razón que estima oportuno “ofrecer respuestas adecuadas con el fin de que toda la Iglesia, dejándose regenerar por la fuerza del Espíritu Santo, se presente al mundo contemporáneo con un impulso misionero capaz de promover una nueva evangelización”.

Algunos podrían insinuar que ponerse a favor de una nueva evangelización equivale a juzgar la acción pastoral llevada a cabo con anterioridad por la Iglesia, como un fracaso por negligencia o por la poca credibilidad ofrecida por sus hombres. Esta consideración tampoco está exenta de plausibilidad, pero se detiene en el fenómeno sociológico, tomado en su dimensión fragmentaria, sin considerar que la Iglesia en el mundo presenta signos de santidad constante, y testimonios creíbles que aún hoy están marcados por el don de la vida. El martirio de muchos cristianos no es diferente del ofrecido a lo largo de los siglos de nuestra historia, y por tanto es verdaderamente nuevo debido a que lleva a los hombres de nuestro tiempo, a menudo indiferentes, a reflexionar sobre el sentido de la vida y el don de la fe.

Cuando se pierde la búsqueda del auténtico sentido de la existencia, adentrándose en senderos que llevan a una jungla de propuestas efímeras, sin que se comprenda su peligro, es correcto hablar de nueva evangelización. Se quiere que ésta sea una auténtica provocación a tomar en serio la vida para orientarla en un sentido completo y definitivo que encuentra su única confirmación en la persona de Jesús de Nazaret.

Es Él, quien revela al Padre y su revelación histórica, el Evangelio que aún hoy anunciamos como respuesta al interrogante que inquieta a los hombres desde siempre. Ponerse al servicio del hombre para comprender la angustia que le mueve y proponer una escapatoria que le ofrezca serenidad y alegría es necesario en la hermosa noticia que anuncia la Iglesia.

Una nueva evangelización, pues, porque es nuevo el contexto en el que viven nuestros contemporáneos sacudidos a menudo de aquí para allá por teorías e ideologías pasadas. Por paradójico que pueda parecer, se prefiere imponer una opinión en lugar de orientar hacia la búsqueda de la verdad.

La exigencia de un nuevo lenguaje, que permita hacerse comprender por los hombres de hoy, es una exigencia que no se puede ignorar, sobre todo en lo que se refiere al lenguaje religioso marcado por tal especificidad que a veces resulta incomprensible. Abrir la “cárcel del lenguaje” para favorecer una comunicación más eficaz y fecunda es un empeño concreto necesario para que la evangelización sea realmente nueva.

La Sagrada Familia de Gaudí es un icono de aquello a lo que el nuevo dicasterio propone dedicarse. Quien la observa en su potente arquitectura encuentra la voz de ayer y la de hoy. No escapa a nadie que es una iglesia, un espacio sagrado que no puede confundirse con ninguna otra construcción. Sus agujas se lanzan hacia el cielo, obligando a mirar a lo alto. Sus pilares no tienen capiteles jónicos o corintios y, sin embargo, hacen pensar cuando permiten ir más allá para seguir un entrelazado de arcos que evoca un bosque, en el que el misterio invade al observador y, sin anularlo, le ofrece la serenidad.

La belleza de la Sagrada Familia sabe hablar al hombre de hoy conservando los rasgos fundamentales del arte antiguo. Su presencia parece oponerse a la ciudad hecha de edificios y vías que se pierden en el horizonte, mostrando la modernidad a la que estamos invitados. Las dos realidades coexisten, y no desdicen la una al lado de la otra, parecen incluso por el contrario hechas la una para la otra; la iglesia para la ciudad y a la inversa. Se hace evidente, donde quiera que sea, que la ciudad sin la iglesia se vería privada de algo sustancial, haría evidente un vacío que no puede llenarse con más hormigón, sino con algo más vital que lleva a mirar hacia lo alto sin prisa y en el silencio de la contemplación.

L’Osservatore Romano – 27 enero 2011)