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Por P. Pablo Cabellos Llorente 
De Conoze.com

El diccionario de la Real Academia define la lealtad como cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien. Es cierto que suena bien, pero suena a añejo, a virtud apreciada por su antigüedad, pero en desuso, cosa harto lamentable. Pero las palabras fidelidad y honor gozan de un contenido impresionante. Bastaría acudir a lo que, también en el DRAE, se afirma del que es leal: fidedigno, verídico y fiel, en el trato o en el desempeño de un oficio o cargo. Ése es el hombre de bien.
Sin embargo, frente a lo que habitualmente parece, hay muchas personas leales, porque son muchos los capaces de usar su libertad de modo que, no sólo evite el daño ajeno, sino que procure su bien, tal vez sin obtener nada a cambio. El que ama de veras habla bien de los que ama, cumple la palabra dada, se fía del amado, es confiado porque confía. 
Se los podría localizar entre los que viven aquellas palabras del Apóstol, seguramente constitutivas del mejor canto al amor; entre otras muchas cosas interesantísimas, escribe: la caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Quizá se dan las dos posturas: una, la de hombre leal hasta el quijotismo o, mejor, hasta la vivencia coherente del cristianismo o de la honradez humana. La otra puede tener su origen en el marxismo –la verdad se hace a medida, importa la ortopraxis– y en su consecuencia miedosa: el pensamiento débil y el relativismo actuales que, junto con su derivado -el laicismo-, gozan del favor de muchas llamadas democracias so capa de considerarlos imprescindibles para su misma existencia. 
Sea ello lo que fuere, hemos engendrado una criatura desleal, sembradora de desconfianza incluso entre miembros del mismo partido político, asociación vecinal o colegio profesional. Cuando una sociedad engendra insolidaridades, vaguea sin un pensamiento serio y la domina el afán de poder o de poseer, inevitablemente surge la zancadilla o la puñalada en cualquiera de sus formatos: filtrados de asuntos “sub iudice” o en manos de la policía, revisiones fiscales a determinadas personas y no a otras, dosieres que son amenazas puntiagudas, murmuraciones, calumnias, comisiones ilícitas en negocios, o irse por diversas ramas dejando impolutos los asuntos preocupantes, etc.
Decía Jacinto Benavente que si murmurar la verdad aún puede ser la justicia de los débiles, la calumnia no puede ser nunca más que la venganza de los cobardes. Pues bien, esa actitud está multiplicándose en España, aunque quizás también la de los que luchan lealmente con tan desleales modos de proceder, pero esto no suele ser noticia. Sacando la artillería alevosa, unas veces por calumniosa, otras por oportunista-, algunos pretenden obtener votos u otras ventajas, pero no sé si dándose cuenta de su precio: el desgarrón del país en insolidaridad, en desconfianza, en acostumbramiento a modos de operar muy lejanos de la ética más elemental. ¿Y si nos negáramos a votar a todo el que mienta, insulte, tenga demasiadas tragaderas, trafique con datos obtenidos delictivamente o, en cualquier caso, difamatorios o calumniosos?
Porque en todo proceso electoral nos jugamos mucho más que el parlamento, gobierno o ayuntamiento de turno. Nos jugamos la limpieza de un país y hasta su simpatía proverbial: podemos agriar a la gente y terminar desconfiados e insolidarios, mentirosos y habituados al tráfico de comisiones o cohechos. De alguien tan poco sospechoso como Azaña son las siguientes frases: si los españoles hablásemos sólo exclusivamente de lo que sabemos (yo añadiría: y nos es lícito propalar), se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar. Pero resulta que, desde muchos lados, se nos ahorra esta nobilísima tarea: nos lo dan todo pensado en forma de basura, de ética machacada, de argumentos sentimentales sin pizca de razones. Acabaremos por mermar la substancia gris en proporciones alarmantes, tanto que pueda suceder lo de la procedencia del mono, pero al revés. También en la Iglesia necesitamos responder con lealtad a lo que Dios espera de nosotros.
Mientras estemos en este ambiente, bien puede acaecernos lo que tan agudamente escribía Saint-Exupéry: el pato es feliz en su propio charco porque no conoce el mar. Ya Tácito decía -en todas las épocas han cocido habas- que la fidelidad comprada es siempre sospechosa y de corta duración. Que lo sepan los mercaderes, Pero sepamos todos que, en el ínterin, desconoceremos el grandioso océano de la verdad y gozaremos el charco.
Volviendo a los que sí intentan construir sus vidas y su sociedad con las categorías señaladas por san Pablo, aunque la tarea sea ardua, pueden crear lealtad y confianza dejándose regir por esta máxima de un hombre que sí pensó: Balmes. Decía que la libertad del entendimiento consiste en ser esclavo de la verdad; y la libertad de la voluntad en ser esclavo de la virtud.