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Jacques Fesch fue guillotinado hace 53 años por matar a un policía y herir a otra persona durante un robo. El único precedente: el buen ladrón.

En la Iglesia católica solo ha habido un caso precedente. Se trata del caso de alguien que es condenado a la pena capital por haber cometido un delito y que, posteriormente, es llevado a los altares. Y fue hace más de dos mil años: el buen ladrón que muere crucificado junto a Jesús.

Esto explica la extrema cautela con la que el caso del joven francés Jacques Fesch fue presentado 40 años después de su muerte y precedido de una larga y concienzuda reflexión encabezada por el entonces arzobispo de París, Jean Marie Lustiger, y el visto bueno de la Congregación para las Causas de los Santos. El proceso ha concluido su fase diocesana y va rumbo a Roma.
Cuando el purpurado galo abrió la investigación diocesana en 1987 explicó a través de su portavoz que “declarar santo a alguien no significa para la Iglesia admirar los méritos de esa persona, sino proponer un ejemplo de la conversión de alguien que, independientemente de su itinerario humano, fue capaz de oír la voz de Dios y arrepentirse. No hay pecado tan grave que impida que el hombre llegue a Dios y le proponga la salvación”.

Playboy y asesino
Jacques Fesch, nacido el 6 de abril de 1930, Saint-Germain-en-Laye fue hijo de un rico banquero de origen belga, artista y ateo, distante de su hijo e infiel a su esposa, de quien finalmente, se divorció.
Jacques, que había sido educado en la religión católica, abandonó la fe a la edad de 17 años. A los 21, se contrajo matrimonio civil con su novia embarazada. Su suegro le consiguió un puesto en su banco, viviendo la vida de un playboy. Abandonó a su esposa y su hija y tuvo un hijo con otra mujer.
El crimen


El 24 de febrero de 1954, para financiar la compra de un barco que lo llevaría por el Pacífico, se dirigió a robar a Alexandre Sylberstein, un cambista. Herido pero consciente, Sylberstein logró dar la alarma. Fesch huyó, perdiendo sus gafas. Durante la huida disparó contra Jean Vergne, un oficial de policía que le perseguía, causándole la muerte. Minutos más tarde fue detenido. Asesinar a un oficial de policía era un crimen atroz y la opinión pública, inflamada por los informes de prensa, se manifestó decididamente a favor de su ejecución. La Cour d´Assises de París lo condenó a muerte el 6 de abril de 1957.
Extraordinaria conversión

En un inicio Fesch era indiferente frente a su situación y hacía mofa de la fe católica de su abogado. Sin embargo, después de un año de prisión, el joven asesino experimentó una profunda conversión y se arrepintió amargamente de su crimen. Aceptó su castigo con serenidad y se reconcilió con su esposa la noche antes de ser ejecutado. Su última entrada del diario fue “En cinco horas, voy a ver a Jesús”. Fue guillotinado el 1 de octubre de 1957.
Después de su muerte, su esposa y su hija honraron su memoria como un ejemplo de redención. Al principio fue despreciada por el público, pero con el trabajo de la hermana Véronique, una monja carmelita, y el padre Augustin-Michel Lemonnier, la familia llevó cabo la publicación del diario espiritual que había escrito Jacques en prisión, escritos que posteriormente han servido de inspiración para muchas personas.
Una causa controvertida
El 21 de septiembre de 1987, el arzobispo de París, cardenal Jean-Marie Lustiger, abrió una investigación diocesana sobre su vida; la causa de su beatificación fue abierta formalmente en 1993. Este caso ha sido objeto de una viva controversia por los que piensan que sus crímenes lo hacen indigno como modelo a seguir frente a quienes hacen hincapié en la esperanza de su conversión final.
 
“Beatificar a Jacques Fesch no significa rehabilitarlo moralmente, ni darle un certificado de buena conducta o un premio como la Legión de Honor. Su conversión fue de orden espiritual. Beatificar a Jacques Fesch será reconocer que la comunidad cristiana puede rezar a alguien que está al lado de Jesús”, escribió el teólogo André Manaranche en respuesta al debate.
 
El 02 de diciembre 2009 el cardenal Angelo Comastri acompañó en el Vaticano a la hermana de Fesch, Monique, quien le confió a Benedicto XVI: “Mi hermano y yo nos entendíamos a lo grande. Cuando cumplió los ocho años de edad, fui su madrina de bautismo, y cuando estuvo en la cárcel seguí de cerca su extraordinaria conversión”.
 
El cardenal Comastri refirió entonces al L´Osservatore Romano que cuando ejercía al cargo de capellán del Regina Coeli, un prisionero le presentó la fascinante historia de Fesch.

“Es un testimonio único: joven descentrado de rica familia, se convierte en asesino y es condenado a muerte. Tenía 27 años. En la cárcel vive una conversión radical, fulgurante, alcanzando altas cumbres de espiritualidad”, añadió