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Ni nacionalismo ni islamismo. Por primera vez, las multitudes árabes, movilizadas por los jóvenes, se han lanzado a la calle pidiendo libertad y trabajo.

Por Manuel Cruz

El 26 de junio del pasado año, un joven egipcio llamado Jaled Said fue brutalmente apaleado hasta la muerte por un grupo de policías en Alejandría. Siete meses después, su nombre se ha convertido en el símbolo de la “revolución” egipcia gracias a otro joven de 30 años llamado Wael Ghonim, director de marketing de Google para el Cercano Oriente, autor de una página de Facebook titulada “Todos somos Jaled Said” (“We are all Khaled Said”), considerada ya como el desencadenante de las revueltas juveniles que acabaron con el régimen de Hosni Mubarak.
Wael Ghonim, casado con una norteamericana y padre de dos hijos, no pertenece a ningún partido político, ni tiene ninguna ideología concreta, ni piensa presentarse para ningún cargo público en el “nuevo” Egipto. Pero su blog y sus discursos en la plaza de Al Tahrir en El Cairo, lo han convertido en el héroe de lo que ya se ha dado en llamar “la revolución del 2.0”, que tuvo su antecedente pocas semanas antes en Túnez, donde otro joven llamado Mohamed Buazizi se quemó a lo bonzo tras confiscarle la policía municipal de Sidi Buazid su carrito de verduras que vendía en la calle…

¿Están ahí las claves de las inesperadas movilizaciones juveniles que están sacudiendo el mundo árabe, en un clamor inaudito de libertad? Sería mucho decir, porque la violencia institucional de las dos dictaduras que han caído ya ha estado al orden del día durante décadas, sin que nunca se haya registrado una rebelión que pusiera en peligro los sistemas. Ciertamente, ha habido a lo largo de los años manifestaciones de protesta por la subidas del precio del azúcar, el pan o el cuscús, duramente reprimidas por la policía y posteriormente desactivadas con la ayuda de subvenciones a estos artículos de primera necesidad.
También ha estado omnipresente la represión de las actividades “islamistas” que, en el caso de Argelia, llegó al extremo de provocar una guerra civil en la década de los 90 del pasado siglo, con el beneplácito de la comunidad internacional. Igualmente se han registrado protestas masivas provocadas por el sentimiento generalizado de la “nabka”, es decir, el “desastre” que supuso la fundación del Estado de Israel y, posteriormente, cuando Anuar El Sadat firmó la paz de Camp David que le costó la vida.
La crisis de identidad
Puede que todo este cóctel de malestares instalados en el subconsciente de las nuevas generaciones de árabes que no vivieron las guerras contra Israel, haya tenido algo que ver con las revueltas de estos días. Pero hay otras claves a tener en cuenta. La “umma” árabe –por no extenderme al conjunto del mundo islámico– padece desde hace tiempo una crisis de identidad que la propia autocracia instalada tras la descolonización se ha ocupado de fomentar y que también ha desempeñado una función de primer plano en las crisis revolucionarias que vivimos.
En esta crisis identitaria operan dos factores importantes: por un lado, la cultura islámica en la que se han educado estas generaciones, y, por otro, las ansias de libertad que la propia educación les ha insuflado de manera indirecta. Hay un tercer factor que desempeña un papel secundario pero no menos importante: los tópicos que ha estimulado el mundo occidental a propósito de la “inferioridad” de la civilización islámica y que dio origen al fenómeno del “orientalismo”, denunciado por el ya fallecido Edward Said como un pretexto que sirvió al colonialismo británico y francés.
En suma, se ha producido una falta de comunicación sincera Oriente-Occidente hasta llegar a la creencia de que resultará inevitable un “choque de civilizaciones”. Este fenómeno, objeto de múltiples análisis a partir de la tragedia del 11-S y de la aparición de Al Qaída en la esfera internacional, se ha visto acrecentado por la persecución de las minorías cristianas en los países islámicos y que, en buena medida, puede considerarse como una venganza del fanatismo antioccidental predicado por una casta de clérigos e imanes que aspiran a la hegemonía mundial del islam.
Paro y hambre de libertad
El desencadenante de las revueltas juveniles no parece que haya tenido nada que ver ni con las viejas corrientes nacionalistas que tanto enfervorizaron a las masas árabes en la segunda mitad del pasado siglo, ni con las islamistas que infunden el odio a Israel y a las democracias “impías”. Por primera vez en la historia de los países árabes, las multitudes encabezadas por los jóvenes se han lanzado a la calle en petición de libertad… y de trabajo. Un dato revelador: en plena revuelta tunecina se celebró en la ciudad-balneario de Charm El Cheij un Foro Joven Árabe, paralelo a una cumbre de la Liga Árabe dedicada a los problemas sociales. Allí se denunció que más de 25 millones de jóvenes carecían de trabajo dentro de una población global de 310 millones, lo que equivale al 53% de la masa laboral desempleada.
Comparados estos datos con los que ofrece la Encuesta de Población Activa en España, con un 40% de jóvenes inactivos, esas cifras no parecen tan aterradoras; pero si tenemos en cuenta que los índices de pobreza –supervivencia con menos de un dólar y medio diario– alcanzan en algunos países, especialmente Egipto, más del 20% de la población, el drama se hace mucho más visible. Más aún cuando los dictadores no han tenido siquiera el pudor de ocultar las riquezas acumuladas por la corrupción. 
Alto nivel educativo… e Internet
Otro factor a tener en cuenta: el elevado índice de formación de los jóvenes en algunos países –Túnez y Egipto, sobre todo– que ha hecho más dramática aún la falta de ofertas de trabajo para las hornadas salidas de la universidad. Ahora bien, ese elevado nivel educativo ha permitido, entre otras cosas, una difusión masiva del uso de Internet… a pesar de la censura impuesta por los sistemas dictatoriales. Los usuarios de Internet y de las redes sociales se calculan en todo el mundo árabe ¡en más de 60 millones! Esto significa que la libertad de comunicación y de conocimiento se ha convertido en la más poderosa palanca contra los sistemas políticos corrompidos: esta es la revolución del 2.0 a la que hacía referencia más arriba.
Población y uso de Internet en países árabes
 
Población (millones)
Menos de 25 años (%)
Usuarios Internet (%)
 
Argelia
36,0    
47,5    
13,6    
Egipto
80,4    
52,3    
21,2    
Libia
6,5    
47,4    
5,5    
Marruecos
31,9    
47,7    
33,4    
Túnez
10,5    
42,1    
34,0    
Jordania
6,5    
54,3    
27,2    
Yemen
23,6    
65,4    
1,8    
Palestina
4,0    
64,4    
14,2    
Bahrein
1,3    
43,9    
88,0    
Siria
22,5    
55,3    
17,7    
Arabia Saudí
29,2    
50,8    
38,1    
Líbano
4,3    
42,7    
24,2    
Fuente: The Economist y Internet World Stats
Cuando los policías de Hosni Mubarak se dieron cuenta e interrumpieron las conexiones a Internet y las comunicaciones por los teléfonos móviles, era ya demasiado tarde… Cuenta el “bloguero” egipcio Wael Abbas que una vez que la gente se lanzó a las calles, ya no fue posible pararlas. “Internet nos ha permitido movilizarnos y comunicar detalles logísticos, pero nunca pensamos ver tanta gente junta en respuesta a los llamamientos a la revolución…”