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Los cambios legislativos que se adopten en los países árabes tras las revoluciones deberán resolver una alternativa: utilizar la democracia para profundizar en los derechos humanos y la separación de poderes o bien reislamizar la sociedad.

Por Manuel Cruz

La incógnita es el “día después” de las revoluciones, que aún no se han decantado. ¿Qué significa, en realidad, la “libertad” para unas generaciones que no han sido educadas precisamente en un marco democrático y de respeto a los derechos humanos? Aquí entramos en el meollo de esa crisis de identidad que todavía no se ha resuelto en el mundo árabe. Los jóvenes revolucionarios han descubierto, con su propia sangre –no se olviden los centenares de muertos que ha habido en Egipto y en qué va a parar la feroz represión en Libia– que, al reclamar libertad y trabajo, son personas acreedoras de respeto a su dignidad, algo que ni el islam, ni el fervor nacionalista de la época nasseriana ni el odio al colonialismo les había aportado.
Islam, no se olvide, significa “sumisión”, pero sumisión a la ley divina, al Corán y, por extensión a la “sharía”, dentro de una comunidad de creyentes, la “umma”. En un contexto meramente religioso, esta sumisión a la ley divina la puede entender muy bien un laico occidental aunque no sea creyente y, por supuesto, un católico aunque la doctrina cristiana enseña que la elección de amar a Dios hay que hacerla en libertad.
Pero en el mundo islámico, la “sumisión” supone, por extensión, la obediencia al poder establecido al ser el islam una religión holística, es decir, que abarca todas las facetas de la vida social, política, familiar, cultural, educativa, etc., que los gobernantes –musulmanes, obviamente– están obligados a proteger por encima de cualquier otra consideración. Así ocurre, de manera muy especial, en países como Marruecos, donde la institución del Imarat al Muminin o emirato de los creyentes, une en la persona del rey los poderes espiritual y temporal, de acuerdo con la tradición del califato, la teocracia que supervivió con el imperio otomano hasta que Kemal Atatürk la abolió en 1924.
De esta tradición de sometimiento se han servido las autocracias nacidas en la época poscolonial, que han sabido utilizar el Corán como instrumento de sumisión de sus ciudadanos. En este sentido, los árabes no han sido, hasta ahora, personas con libertad ni para elegir religión ni a sus representantes: se han tenido que conformar con seguir la tradición cultural… y con los fraudes electorales que han sido necesarios para mantener la hegemonía de los partidos únicos y enmascarar los sistemas parlamentarios establecidos como un simulacro de democracia, destinados a contentar a las antiguas potencias coloniales y a las Naciones Unidas.
Separación de poderes
Todo ello nos conduce a la pregunta que todo el mundo se hace: ¿qué va a ocurrir ahora? Los gobiernos provisionales de Túnez y Egipto se van a ocupar –se ocupan ya– de elaborar una nueva Constitución, de legalizar todos los partidos que lo soliciten y de convocar elecciones libres que, se supone, se desarrollarán bajo vigilancia internacional para evitar fraudes. 
Un dato importante es que todas las Constituciones árabes, hasta ahora, subrayan la importancia del islam en el cuerpo legislativo, además de imponer el islam como religión del Estado… y de los candidatos presidenciales. ¿Será así, también, en el inmediato futuro? ¿Admitirían los partidos islamistas la posibilidad de que un cristiano o un no creyente sean candidatos a la jefatura del Estado?
En las manifestaciones minoritarias convocadas en Marruecos, un país donde el rey ejerce también la guía espiritual de su pueblo como “Príncipe de los Creyentes”, los jóvenes han pedido algo insólito y, en principio, imposible, como garantía de democracia: la separación de poderes. De hecho, esta separación existe en las repúblicas devoradas por las revueltas en la medida que los gobernantes no ejercen autoridad religiosa alguna, asumida por los Consejos de Ulemas o doctores de la Ley.
Ahora bien, estos comités de sabios islámicos están supeditados al poder temporal al que rinden una cierta pleitesía, salvedad hecha de algunos imanes que van por libre y se atreven a decretar alguna “fatua” cuando el poder se separa de la tradición islámica. En el fondo, la crisis de identidad del mundo árabe pasa por la capacidad de asumir libremente la cultura islámica y el deseo de aceptar las ventajas del mundo moderno sin las suspicacias y admoniciones de quienes ejercen autoridad religiosa y consideran “impías” todas las innovaciones que proceden de Occidente.
Téngase en cuenta a este propósito que el islam no admite una única autoridad con capacidad para interpretar el Corán y adaptarlo a las circunstancias históricas. En realidad, todo el debate que sacude a los islamistas de las más diversas tendencias –que las hay– se basa en la aplicación literal de la “sharía” o su adaptación a las reformas democráticas. Es el viejo dilema de islamizar la modernidad o modernizar el islam. Pero este no ha sido el leit motiv de la batalla que han dado los jóvenes en las calles. De ahí que toda la tensión “revolucionaria” penda ahora de cómo se interprete no el Corán sino el concepto mismo de libertad. La prueba definitiva la veremos en los nuevos textos legislativos. En este sentido, cabría esperar de los futuros gobiernos una postura mucho más coherente y dinámica para coordinar sus esfuerzos frente al islamismo ideológico que pretende imponerse por el terror.
La revolución pendiente
A este propósito, la gran revolución que queda por afrontar al conjunto del mundo islámico, en la que deben actuar como vanguardia las múltiples autoridades religiosas que aún tienen prestigio, empezando por el Gran Muftí de Al Azhar, es la de aclarar de una vez las contradicciones que contiene el Corán y que han dado pie a las interpretaciones más fanáticas a lo largo de su historia. Para ello no sería necesario violentar el propio texto sagrado en la medida que se consideren los versículos más piadosos como prevalentes sobre los que han inspirado la imposición del islam por medio de la violencia.
Estos días no han faltado voces autorizadas en El Cairo que han pedido a los cristianos que no se marchen de ningún país musulmán, basándose en un versículo del Corán según el cual Dios no impone la fe… aunque otros textos sugieran lo contrario. Se trata, por tanto, de ir más allá de la mera tolerancia para llegar a la libertad religiosa, algo que, en estos momentos, es toda una utopía que ni siquiera ha estado en la mente de los jóvenes egipcios que se han lanzado a la calle salvo, tal vez, de los coptos que han secundado la revolución.
En todo caso, es evidente que el mero establecimiento de sistemas democráticos formales será ya un cambio fundamental en la cultura árabe. De ahí puedan surgir, a partir de ahora, dos corrientes opuestas: la que utilice la democracia para profundizar en los derechos humanos, en especial la libertad religiosa y el respeto a las minorías, y la que se aproveche de ella para recorrer el camino contrario, la reislamización de la sociedad a partir de una aplicación literal de la ley islámica. En ambos casos, las sociedades emergentes estarán en su derecho de vivir de acuerdo con unas estructuras propias que nunca podrán ser impuestas según el “modelo” occidental. En consecuencia, pase lo que pase, el mundo occidental deberá también revisar la conducta seguida hasta ahora frente a este nuevo mundo que emerge del hambre, la sangre… y el sometimiento.