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“El discurso del rey” se basta de la anécdota de la superación de un trauma y disfruta de excelentes actores, una perfecta ambientación y unos diálogos inteligentes, llenos de sutileza y de humanidad en el retrato.
El rey Jorge V de Inglaterra se muere y su hijo mayor no da muestras de madurez ni de tener dotes para el gobierno. Por su parte, Albert —segundo en la sucesión al trono— arrastra serios problemas de dicción que le incapacitan para llegar al pueblo con convicción. Mientras, Europa se siente amenazada por un señor con bigote que habla muy bien, que enardece a las masas y que atemoriza al mundo con sus aires de grandeza. 
Son los albores de la Segunda Guerra Mundial, y es urgente que Albert supere su tartamudez y unos miedos que le encorsetan desde la infancia. El discurso del Rey  es el que tiene que transmitir por radio al pueblo en 1939 para pedir unidad frente al peligro nazi, y también el que debe renacer de su interior para recuperar la autoestima y engrandecer un ánimo constreñido por el pasado y el protocolo.
Su director Tom Hooper se centra en el problema de Bertie —apelativo familiar de Albert y futuro Jorge VI— y prescinde del contexto prebélico, aunque fundamentalmente se interesa por su amistad con un plebeyo que ni es doctor ni es inglés… pero que le enseñará a abrir el alma y a mirar sin miedo a la verdad, ya sea cantando o con trucos que vistan de solemnidad lo que es inseguridad. 
Con mucho tacto e ironía, Hooper recoge esas formas que distancian a la clase aristocrática de la gente normal”, pero también sabe ahondar en un alma que arrastra carencias afectivas y comparaciones humillantes desde que era niño. Bertie es retratado con respeto y humanidad, como víctima de una mentalidad que quizá lleve demasiado lejos la privacidad; por eso, su tartamudez esconde otra realidad que debe superar para que el miedo se disuelva en la confianza de un entorno amigo. Tampoco su hermano David/Eduardo VIII es vilipendiado más allá de su evidente frivolidad, pues se le deja una salida airosa y noble… con lo que la posible crítica social queda suavizada con elegancia y humanidad.

Si a la película le basta la anécdota de la superación del trauma, lo más importante es la manera de plasmar una entrañable amistad entre dos personas diametralmente opuestas. Y en eso tiene mucho que ver la gran interpretación de Colin Firth y del admirable Geoffrey Rush, pues si el primero transmite toda la tensión y agitación de su apesadumbrado Bertie de manera equilibrada y sin histrionismos, el segundo da vida a un logopeda de métodos excéntricos —exige igualdad en el trato con el paciente— que “actúa” delante del espectador y del mismo rey… pero que encierra una grandeza interior que sólo su mujer y sus hijos conocen. 
En otro plano pero tremendamente eficaz, Helena Bonham Carter nos deja unas pinceladas de la mencionada distancia, respetuosa pero marcada, entre la realeza y el vulgo, con unas simpáticas y mordaces intervenciones al presentarse ante Lionel o, más tarde, ante su mujer. Con el resto de secundarios ocurre algo parecido… aunque su paso ante la cámara sea fugaz.
Mucha comicidad y fina ironía para unos gestos sutiles y unos diálogos inteligentes y acompañados de una perfecta ambientación. La fotografía de grandes angulares sirve para desenfocar el entorno y centrarse en el personaje, y también para dar ese toque cómico al deformar cuidadosamente la imagen y transmitirnos desde la distancia un momento histórico crítico. 
De la misma manera, resulta muy eficaz la planificación, unas veces con la cámara en busca de primeros planos expresivos y otras con perspectivas acusadas cargadas de intención. El trabajo artístico se completa con una banda sonora que conjuga temas propios a partir de unas delicadas notas de piano para unos inicios tímidos con una orquestación sinfónica que ejecuta a unos Beethoven o Mozart triunfales… y que ejemplifican la transformación interior de este acomplejado pero tenaz hombre de carácter.

Este es el famoso discurso del Rey Jorge VI desde el Palacio de Bukingham el 3 de septiembre d 1939.