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Por José Ignacio Alemany Grau, Obispo
 

La gente es muy ligera. Posiblemente tú y yo no nos libramos. Facilmente hacemos juicios de las personas, de las cosas y… hasta del mismo Dios.
Cuántas veces habrá subido de la tierra al cielo un grito semejante a éste, hecho oración, desesperación o comentario sobre todo con los amigos: “El Señor me ha olvidado”…. “Dios se olvidó de mí”. Y entramos en crisis y, ¿por qué no?, en depresión, que es lo que está de moda.
Probablemente nunca has pensado que hay un salmo que dice exactamente:
“Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado”. Pues la misma lectura de Isaías que dice estas palabras, te da la respuesta:“¿Es que una madre puede olvidarse de su criatura y no conmoverse por el hijo de sus entrañas?”.
En nuestra sociedad sabemos que sí llega esto a ser una realidad y que no faltan las madres que, incluso, matan a sus hijos en el seno materno. Posiblemente, previendo esto es el mismo Señor quien nos dice:“ Pues aunque ellas te olviden, yo no te olvidaré”.
Si tuviéramos seguridad plena y confianza en el Señor, en esos momentos diríamos lo que el salmo responsorial de hoy nos invita a repetir: “Descansa sólo en Dios, alma mía”.
Tenemos muchos motivos para confiar y descansar en nuestro Dios, según el salmo 61|:“De Él viene mi salvación. Él es mi roca, mi alcázar. Él es mi esperanza”.
El salmista saca esta conclusión:“No vacilaré”… “Confiad en el Señor, desahogad ante Él vuestro corazón”.
Un consejo: nunca pongas  tu alma en alguien que sea menos que Dios. Sólo en Dios está tu salvación. Dios sí merece que te fíes de Él.
Vayamos al Evangelio. El párrafo de este domingo (Mt 6,24-34) es una gozada.
¡Ven! Te invito a que me acompañes: ¡Nos sentamos aquí en la roca! El frescor de los árboles verdes y altos nos invita al descanso. Escucha el trinar de los pajaritos. ¿Qué crees que hacen?
Yo pienso que están agradeciéndole a Dios. Escucha lo que dice Jesús. “Miren a los pajaritos: ni siembran ni siegan ni almacenan y, sin embargo, el Padre de ustedes los alimenta”.
Sigue contemplando el paisaje: El otro día estábamos en la casa de retiros de Luricocha, Huanta. Daba el retiro a los sacerdotes. Me encanta buscar las flores más chiquitas, muchas veces perdidas en la hierba del camino que todos pisan. Tomé una. La admiré y en el silencio propio del retiro se la entregué a un sacerdote.
No pudo reprimir una palabra de admiración. ¡Era tan chiquita y tan bella! Aquí, escuchando el rumor de las aguas que caen entre las rocas, admira también tú la hermosura de las flores que nos rodean… y escucha el Evangelio: “¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan y os digo que ni Salomón en todo su fasto estaba vestido como uno de ellos”.
Jesús nos pide que confiemos en nuestro Dios. Él saca la conclusión: tú vales mucho más que los pajaritos del cielo y los lirios del campo. Si es así, “¿por qué andáis agobiados pensando qué vais a comer o qué vais a beber o con qué os vais a vestir? Los que no creen se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”.
Por supuesto que no es una invitación a la vagancia porque la misma Escritura enseña: “el que no trabaje que no coma”.
La conclusión de Jesús es más hermosa, “buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”. Qué pena que no podamos compartir tantos ejemplos de fe en la providencia de Dios que hay en la Iglesia de Jesús.
Concluyamos nuestra reflexión dominical con este pensamiento de San Pablo en su carta de hoy: Seamos fieles. Lo que se pide a los administradores de las cosas de Dios es la fidelidad, nada más. Ni nos preocupemos de los que pueden pretender juzgarnos ni nos juzguemos a nosotros mismos. Dios es quien nos ha de juzgar.
¡Amigos! Fiémonos más de Dios y viviremos mucho más felices.