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Reflexión dominical 06.03.11
Por: Mons. José Ignacio Alemany Grau, Obispo 

Hoy la liturgia te propone escoger entre varias posibilidades.
No debes olvidar que eres libre. La libertad es el gran regalo que Dios nos ha hecho y Él es el primero en respetarlo.
¡Dios nos quiere libres!

La lectura primera nos hace esta propuesta:
“Mirad, hoy os pongo delante bendición y maldición; la bendición si escucháis los preceptos del Señor… la maldición si no escucháis los preceptos del Señor”.
A primera vista, ya se supone qué vas a escoger, la bendición.
Pero si todo tiene un precio, el precio de la bendición que Dios propone es “acoger los mandamientos y decretos que yo os promulgo hoy”.
(Fíjate en el “hoy” bíblico que es muy importante. Quiere decir que el valor de la Palabra de Dios es permanente)

Para evitar que el pueblo escogido olvidase los preceptos de Dios les pide que metan “estas palabras mías en el corazón y en el alma” y no solamente en el interior, sino que pide también “atarlas a la muñeca como un signo y ponerlas de señal en vuestra frente”.

Esto dio origen a las famosas filacterias que son unas cajitas amarradas con correas que, también hoy, llevan muchos judíos amarradas al brazo y a la frente. En esas cajitas van escritas las palabras del Deuteronomio.

Pero el Antiguo Testamento se hace nuevo con Cristo y la ley cambia.
La nueva ley de Cristo que llamamos la “nueva alianza”, cambia los ritos y cambia la esencia. En adelante Dios ya no exigirá las obras de la ley ni los sacrificios prescritos sino que pedirá mantenerse en la gracia divina que nos da la fe.

Quede claro que Pablo, en la carta a los Romanos que leemos hoy, no dice que la fe sin obras sea suficiente, como afirman muchas sectas. Lo que nos salva es la fe en Cristo y por consiguiente no hace falta cumplir la ley del Antiguo Testamento.

Pero, en ningún momento afirma San Pablo que la fe sin obras sea suficiente.
Para Pablo el amor precisamente es el que cubre la muchedumbre de los pecados. Y muchas veces nos dirá, de una u otra forma, “con nadie tengan otra deuda que la del mutuo amor” e insistirá en las obras buenas que debemos hacer.

En la revelación lo importante es siempre el monoteísmo. Hay un solo Dios que se fue revelando poco a poco a través de la historia.

En el Antiguo Testamento, lo mismo que en el Nuevo, Dios es siempre el único Señor y el primero en todo. Los nombres con que se le invoca indican su grandeza y que la fe en Él es lo más importante de todo.

“El Señor es la roca de mi refugio”.
Dios es nuestra riqueza y seguridad.
El salmo responsorial lo compara con un castillo (baluarte) protector porque reconocemos que en Dios está nuestra salvación.

Por eso, pasando al Evangelio, leemos que cada uno construye su casa dónde y como quiere. Pero nos advierte que lo prudente es construir sobre esa roca que es el mismo Dios.

Si lo hacemos así, cuando vengan los embates de las tentaciones y las pasiones fuertes, figurados en las lluvias, vientos y ríos salidos de cauce y toda clase de enemigos, seguiremos felices y firmes porque Dios siempre es más fuerte.

Hay otra imagen que viene hoy a aclarar nuestra reflexión dominical y que un dicho popular expresa así: “Prender una vela a Dios y otra al diablo”.
Esta actitud no va con nuestro buen Dios. Es Jesús mismo el que nos advierte que no basta hacer oraciones para cumplir o dar una limosna en la parroquia y pensar “ya cumplí, ahora a divertirme, a despilfarrar y a pecar”.

Estas son las palabras de Jesús: “Aquel día muchos dirán, Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.

La actitud de Cristo es dura y el rechazo es total: “Yo entonces les declararé: nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados”.

Acoger la Palabra de Dios, llevarla en el corazón y ponerla en práctica es la enseñanza de este domingo.
Cuando Dios esté de verdad en nuestro corazón, llevaremos a los hombres de la mano.