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Reflexión dominical 13.03.11
Por: Mons. José Ignacio Alemany Grau, Obispo
“Jesucristo… al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica cuaresmal, y al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado.
De este modo, celebrando con sinceridad el misterio de esta pascua, podremos pasar un día a la pascua que no se acaba”.
Son palabras del prefacio que centran el tema fundamental de la celebración del primer domingo de cuaresma.
En este día comienza la gran preparación con que la liturgia nos invita a celebrar la pascua de Jesús; es decir, su pasión, muerte y resurrección.
Esta pascua de la muerte y resurrección de Jesús es la prueba más grande del amor y la vamos a ir preparando durante cuarenta días. De la profundidad que pongamos en la cuaresma dependerá la alegría pascual que pronto celebraremos.
La primera lectura nos presenta la tentación del Edén. Evidentemente que no fue la manzana la que nos trajo a todos la condena sino la rebeldía contra el Creador:
“Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal”.
Eva cayó, también Adán y también hoy multitud de personas caen en la misma tentación del diablo, que es el orgullo de querer suplantar a Dios.
Muchas veces a lo largo de la historia podemos observar cómo, de repente, cambian las cosas, las situaciones y la sociedad misma.
De padres muy santos y fieles a Dios, con frecuencia vienen hijos rebeldes y de una sociedad cristiana brota otra atea.
Por eso, a lo largo de la historia, se repiten las cosas. Es el fruto de la libertad humana que es impredecible.
Es evidente que la responsabilidad de los primeros padres fue mayor que la de cualquier otro ser humano y por eso todos venimos al mundo cargando el pecado de origen. Sin embargo, la misericordia de Dios ha sido mayor que todos nuestros pecados.
Al entregarnos a su Hijo brotó la salvación para todo el que la quiera aprovechar. Nos lo dice hoy San Pablo con estas palabras:“Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación.
En resumen, si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida de todos”. Así es la misericordia de Dios “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”.
Si Jesús nos ha abierto las puertas del perdón y la gracia, es justo que evitemos el pecado. Si a nuestra manera hemos pretendido ser dioses (¡qué ridículos nos ponemos) podemos arrepentirnos y recuperar la vida divina.  Si hemos ofendido y sido rebeldes a Dios, debemos volver a Él.
A esto nos invita el salmo responsorial de hoy:
“¡Misericordia, Señor, hemos pecado!”
Y con el profeta David, arrepentido después de haber matado a Urías para casarse con Betsabé, su mujer, repetimos el salmo 50, que es el salmo de todos los penitentes.
El Evangelio de hoy, por su parte, nos cuenta las tentaciones de Jesús en el desierto. Jesús permanece allí cuarenta días y cuarenta noches. Lógicamente, al final, tiene hambre y el diablo aprovecha la oportunidad.
Jesús sufre la tentación. Él es Dios. Él no puede pecar, pero nos da una gran lección a nosotros que sí somos tentados y sí podemos pecar. En la tentación la astucia de Satanás emplea las palabras de la Biblia para hacer caer a Jesús.
Leámoslas con detención y saquemos unas conclusiones sobre la tentación:
* La tentación no es pecado, más aún si se supera purifica a la persona.
* A las palabras bíblicas, mal interpretada por el diablo, el padre de la mentira, Jesús contesta con otras palabras de la Biblia en su verdadero sentido.
* Jesús no nos enseñó a pedir que no seamos tentados en su bellísima oración, sino a pedir “no nos dejes caer en la tentación”, porque la tentación es necesaria para el crecimiento:
“Porque eras acepto a Dios era necesario que la tentación te probara”.
Y como dice Santiago “feliz el hombre que soporta la tentación. Superada la prueba recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman”.
Es bueno también que tengamos en cuenta la explicación de Santiago que enseña: Dios no tienta ni es tentado por nadie; más bien uno mismo es tentado por sus propias pasiones.