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Reflexión dominical 20.03.11
Por: Mons. José Ignacio Alemany Grau, Obispo
 
El Papa Benedicto XVI quiere que durante la cuaresma de este año reavivemos el camino bautismal “recorriendo las etapas del camino de la iniciación cristiana”.
Según él “desde siempre la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del bautismo: en este sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo resucitado y recibe el mismo Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos.
Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado…”.
A ello nos ayuda el tema de cada semana, como dice el Papa, y nosotros iremos transcribiendo la parte de “su mensaje cuaresmal” en nuestra Homilías para los sencillos, todos los domingos.
En este segundo domingo de cuaresma es Abraham quien nos enseña cómo debe ser el seguimiento de Dios.
El Señor le invita “sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré” y le ofrece toda clase de bendiciones.
La respuesta pronta es valiente:
“Abraham marchó, como le había dicho el Señor”.
Y se fue con sus escasos familiares porque no había tenido hijos. Llevó sus criados y sus muchos ganados y además se le pegó su sobrino Lot. Todos fuera. Todos lejos. Dejando atrás las burlas y sonrisitas de parientes y vecinos porque según él iba a tener una ¡gran descendencia! ¡Se iba pero sin saber a dónde! Sólo se fiaba de la palabra de Dios.
Qué fácil es decirlo, pero qué arrancón debió sentir el corazón de este hombre que en su vida se muestra tan lleno de sentimientos delicados.
Para nosotros el bautismo debe ser siempre un arrancón. Así sucede en quienes toman en serio “la nueva vida en Cristo”, que hemos de estimar siempre como un inmenso regalo de la misericordia del Señor y confiando en ella.
Este es el motivo por el que le pedimos en el salmo responsorial su ayuda:
“Que tu misericordia, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”. La necesitamos para todo.
Por su parte San Pablo invita a Timoteo, y a cada uno de nosotros, a salir también de nuestras comodidades para proclamar el Evangelio con tesón y valentía, contando con la misma fuerza de Dios. Precisamente la recibimos con la gracia del bautismo.
Todos nosotros, un poco a semejanza de Abraham, somos salvados y llamados a vivir una vida santa en medio de un mundo que hoy se hace difícil, como lo ha sido de hecho en todas las etapas de la historia.
Y podemos cumplir esta misión gracias a “Jesucristo que nos sacó a la luz de la vida inmortal por medio del Evangelio”.
Esta es la luz maravillosa que envolverá a Jesús y deslumbrará a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, en el Tabor, como leemos en el Evangelio de la transfiguración, cuando Jesús aparece deslumbrante acompañado por Moisés, representante de la ley y Elías, prototipo de los profetas.
Para este domingo Benedicto XVI nos invita a pasar por una nueva etapa de nuestra iniciación cristiana con estas palabras:
“El Evangelio de la transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre.
La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada como los apóstoles Pedro, santiago y Juan, “aparte, a un monte alto” para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el hijo, el don de la gracia de Dios: “Éste es mi hijo amado en quien me complazco; escuchadle”.
Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: Él quiere transmitirnos cada día una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien del mal y fortalece la voluntad de seguir al Señor”.
De las distintas lecturas y reflexiones de este domingo será bueno que saquemos esta importante conclusión que nos ofrece la “proclamación” (que se llama así porque en cuaresma antes del Evangelio no hay aleluya).
Se trata del pedido (y aún el mandato) del Padre Dios, cuya voz, pocas veces se ha dejado oír. Pero hoy sí que la tenemos muy clara:
“En el resplandor de la nube se oyó la voz del Padre: éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.
Si le escuchamos y seguimos, un día seremos transfigurados.