>

Mons. Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles
El Evangelio de este III Domingo de Cuaresma nos presenta el diálogo de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Sicar. La mujer, obviamente, no sabe quién es Jesús. Pero, cuando él le dice: «Dame de beber», por su modo de hablar, ella deduce que Jesús es judío: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?». 
La petición es insólita no sólo porque los judíos y los samaritanos no se hablaban, sino también porque un hombre no podía dirigir la palabra a una mujer desconocida en la vía pública. Con su actitud Jesús demuestra que él se ha hecho hombre y ha venido al mundo para ser cercano de todos, hombres y mujeres, «de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Apoc 5,9).
La respuesta de Jesús es enigmática: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Nosotros conocemos el «don de Dios» y también quién es el que pedía de beber  a la samaritana. El don de Dios es el Espíritu Santo que Jesús prometió y dio a sus discípulos. Así lo llama Pedro cuando reprende a Simón por haberle ofrecido dinero a cambio del poder de transmitir el Espíritu Santo: «Vaya tu dinero a la perdición y tú con él; pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero» (Hech 8,20). 
Y el que hablaba con la samaritana es el Hijo de Dios hecho hombre; él es quien comunica el Espíritu Santo: «Aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). Pero ¿a qué se refiere Jesús con la expresión «agua viva»? ¿Qué es lo que ofrece a la samaritana? ¿Cómo puede el agua, este elemento inerte tan simple (H2O), tener vida? La mujer no entiende y habla de la necesidad de tener un cántaro para sacar esa agua del pozo.
La aclaración de Jesús nos sitúa en otro plano: «Todo el que beba de esta agua (se refiere al agua del pozo), volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna». Entendemos que, si el agua del pozo es necesaria para esta vida natural que es temporal, el agua que Jesús promete es, en realidad, una «fuente de agua» y que ésta sacia una vida que es eterna. Todo ser humano anhela una vida plena y sin fin. Por eso la mujer exclama: «Señor, dame de esa agua».
Más adelante, el mismo Evangelio de Juan, nos relata que cuando se celebraba en Jerusalén la importancia del agua como elemento vital, Jesús puesto de pie ante la multitud exclamó: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí» (Jn 7,37-38). El evangelista encuentra un texto de la Escritura que explica las palabras de Jesús: «Como dice la Escritura: “De su seno correrán ríos de agua viva”». En realidad, este texto no se encuentra en la Escritura, pero corresponde bien con la realidad de Jesús. A nosotros nos interesa la aclaración del evangelista: «Esto lo decía refiriendose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7,39). 
Ahora comprendemos que el «agua viva», que procede de Jesús, como de una fuente, es el don del Espíritu Santo. Ese don es presentado como algo futuro: «Aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado» (Ibid.).
      Según el evangelista Juan, la glorificación de Jesús es su muerte en la cruz. Su gloria es ese acto de amor supremo a su Padre y a los hombres. Por eso cuando Jesús ya estaba muerto y un soldado atravesó su costado con una lanza, él atestigua que «al instante salió sangre y agua» (Jn 19,34). La sangre es el don de su misma vida divina. En efecto, para un judío de ese tiempo la vida está en la sangre. 
     Y el agua es el Espíritu Santo, que es fuente de esa vida divina. El tiempo de Cuaresma se nos da para que, dejando de lado otras aguas turbias, anhelemos esa agua pura de la vida eterna que nos obtuvo Jesús muriendo por nosotros en la cruz.