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Son algunos de los mayores pensadores tradicionalistas. Habían apostado a él y ahora se sienten traicionados. Las últimas desilusiones: el Patio de los gentiles y el encuentro de Asís. La acusación que hacen a Ratzinger es la misma que hacen al Concilio: haber sustituido la condena con el diálogo. 

Por Sandro Magister
ROMA, 8 de abril de 2011 – La Santa Sede ha confirmado oficialmente que el próximo 27 de octubre, en Asís, Benedicto XVI presidirá una jornada de “reflexión, diálogo y oración” junto a cristianos de otras confesiones, a exponentes de otras religiones y a “hombres de buena voluntad”.

El encuentro se celebrará veinticinco años después de aquél que se hizo célebre, anhelado por Juan Pablo II. Joseph Ratzinger, en ese entonces cardenal, no participó. Y ya dio a entender que, con él como Papa, el próximo encuentro de Asís será revisado y corregido, purificado de toda sombra de asimilación de la Iglesia Católica a las otras confesiones de fe.

Pero igualmente los tradicionalistas no lo han perdonado. Algunos de ellos han firmado un llamado crítico. El “espíritu de Asís”, a su juicio, es parte de la confusión más general que está disgregando a la doctrina católica y que ha tenido origen a partir del Concilio Vaticano II.

Una confusión contra la que Benedicto XVI no reaccionó como debía.

En estos últimos tiempos, en el campo católico tradicionalista, las críticas contra el papa Ratzinger no han disminuido sino que han crecido en intensidad. Reflejan una creciente desilusión respecto a las esperanzas inicialmente renovadas en la acción restauradora del actual pontificado.

Las críticas de algunos tradicionalistas se concentran en particular en el modo en que Benedicto XVI interpreta el Concilio Vaticano II y el post-concilio.

A juicio de ellos, el Papa se equivoca cuando limita su crítica a las degeneraciones del post-concilio. En efecto, el Vaticano II – siempre a su juicio –, no ha sido sólo malinterpretado y aplicado: fue él mismo portador de errores, el primero de los cuales fue la renuncia de las autoridades de la Iglesia a ejercer, cuando es necesario, un magisterio de definición y de condena; es decir, la renuncia al anatema, para privilegiar el diálogo.

En el plano histórico, tiende a convalidar esta tesis el volumen recientemente publicado por el profesor Roberto de Mattei: “Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta” [El Concilio Vaticano II. Una historia jamás escrita]. Según de Mattei, no se pueden aislar los documentos conciliares de los hombres y de las vicisitudes que los produjeron: de esos hombres y de esas maniobras cuya intención deliberada – abundantemente logrado – era romper con la doctrina tradicionalista de la Iglesia Católica, en los puntos más esenciales.

En el plano teológico, un conocido crítico tradicionalista de Benedicto XVI es Brunero Gherardini, con 85 años vigorosamente llevados, canónico de la basílica de San Pedro, profesor emérito de la Pontificia Universidad Lateranense y director de la revista de teología tomista “Divinitas”.

En el año 2009, Gherardini publicó un volumen con el título: “Concilio Vaticano II. Un discorso da fare” [Concilio Vaticano II. Un discurso a elaborar], que concluía con una “Súplica al Santo Padre”, en la que pedía que se sometieran a examen los documentos del Concilio y se aclarara en forma definitoria y definitiva “si, en qué sentido y hasta qué punto” el Vaticano II estuvo o no en continuidad con el anterior magisterio de la Iglesia.

Ahora, a dos años de distancia de ese libro, Gherardini ha salido con un nuevo libro, titulado: “Concilio Vaticano II. Il discorso mancato” [Concilio Vaticano II. El discurso que falta], en el que lamenta el silencio con el que las autoridades de la Iglesia respondieron a su anterior publicación. E impulsa su crítica todavía más a fondo.

Escribe Gherardini:

“Si se quiere continuar inculpando sólo al post-concilio, se lo hace también porque efectivamente no está en absoluto libre de culpa. Pero sería necesario también no olvidar que él es hijo natural del Concilio, y a partir del Concilio ha alcanzado esos principios sobre los cuales, exasperándolos, ha basado luego sus contenidos más devastadores”.

A juicio de Gherardini, por el contrario, domina en los altos poderes de la Iglesia una ciega exaltación del Concilio, que “despunta las alas del análisis crítico” e “impide percibir al Concilio con una mirada más penetrante y menos encandilada”.

Y los primeros responsables de esta acrítica exaltación serían justamente los últimos Papas: desde Juan XXIII, pasando por Pablo VI y hasta Juan Pablo II. En cuanto al pontífice reinante – observa Gherardini –, “hasta ahora no ha corregido ni un punto ni una coma de esa ‘Vulgata’ que fue patrocinada por los predecesores”: él, que también “como otros pocos funcionarios católicos ha tronado realmente contra las deformaciones del post-concilio, jamás ha dejado ni de entonar el hosanna al Concilio ni de afirmar la continuidad con todo el magisterio anterior a él”.
 

Otro gran decepcionado de Benedicto XVI es Enrico Maria Radaelli, filósofo y teólogo, discípulo del mayor pensador tradicionalista del siglo XX, Romano Amerio.

La obra capital de Radaelli es el ensayo “Ingresso alla bellezza”, del año 2007, al cual ha hecho seguir en estos días la edición – por ahora “pro manuscripto” e impresa en poquísimas copias – de un segundo ensayo por otra parte destacable, con el título: “La bellezza che ci salva”.

El subtítulo del nuevo ensayo de Radaelli sintetiza así el contenido:

“La fuerza de ‘Imago’, el segundo Nombre del Unigénito de Dios, que con el ‘Logos’ puede dar vida a una nueva civilización, fundada en la belleza”.

Y en efecto, es éste el corazón del ensayo, como subraya en el prefacio Antonio Livi, sacerdote del Opus Dei y filósofo metafísico de primer nivel, docente en la Pontificia Universidad Lateranense.

Pero en las cultas y vibrantes páginas de su nuevo libro, Radaelli no deja de someter a crítica, en su casi totalidad, a la actual jerarquía de la Iglesia Católica, incluido el Papa.

Las desilusiones por lo obrado por Benedicto XVI deriva – para Radaelli como para otros tradicionalistas – no sólo por haber convocado a un nuevo encuentro interreligioso en Asís o por haber dado vida al “Patio de los gentiles”, ambas iniciativas juzgadas como fuente de confusión.

La mayor culpa cargada al papa Ratzinger es la de haber renunciado a enseñar con “la fuerza de un cetro que gobierna”. En vez de definir la verdad y condenar los errores, “se ha puesto dramáticamente disponible a ser criticado también, no pretendiendo ninguna infalibilidad”, como ha escrito él mismo en el prefacio a sus libros sobre Jesús.

En consecuencia, Benedicto XVI se habría también él plegado al error capital del Vaticano II: la renuncia a las definiciones dogmáticas, para favorecer un lenguaje “pastoral” y entonces inevitablemente equívoco.

De Mattei, Gherardini y Radaelli no están solos.

El libro de Gherardini, del año 2007, tiene el prefacio del arzobispo de Colombo, hoy cardenal, Albert Malcolm Ranjith. Y otro obispo, Mario Olivieri, de Albenga-Imperia, ha escrito que hay que unirse “toto corde” a la súplica al Papa con la que termina el volumen, para volver a examinar los documentos del Vaticano II.

Radaelli escribe en “L’Osservatore Romano”. Y tanto Gherardini como de Mattei han tomado la palabra, en diciembre pasado, en un congreso en Roma, a pocos pasos de la basílica de San Pedro, “para una justa hermenéutica del Concilio a la luz de la Tradición de la Iglesia”.

En ese congreso han expuesto también el cardenal Velasio de Paolis, el obispo Luigi Negri, de San Marino y Montefeltro, y monseñor Florian Kolfhaus, de la Secretaría de Estado vaticana.

Y otro obispo muy estimado, el auxiliar de Astana en Kazakistan, Athanasius Schneider, concluyó su intervención con la propuesta al Papa de elaborar un “Syllabus” contra los errores doctrinales de interpretación del Concilio Vaticano II.

Pero el obispo Schneider, como casi todos los participantes en el congreso de diciembre, organizado por los Franciscanos de la Inmaculada, no considera que en los documentos del Vaticano II haya efectivos puntos de ruptura con la gran tradición de la Iglesia.

La hermenéutica con la cual interpreta los documentos del Concilio es la definida por Benedicto XVI en su memorable discurso a la curia romana del 22 de diciembre de 2005: “la hermenéutica de la reforma, de la renovación en la continuidad del único sujeto-Iglesia”.

Es una hermenéutica seguramente compatible con el apego a la tradición de la Iglesia. Y es también la única capaz de vencer la contrariedad de algunos tradicionalistas respecto a las “novedades” del Concilio Vaticano II, como Francesco Arzillo muestra en la nota que sigue.

En efecto, el lenguaje “pastoral” del Vaticano II, precisamente por su naturaleza no definitoria, con mayor razón exige ser comprendida a la luz de la tradición de la Iglesia, tal como lo ha hecho el mismo Benedicto XVI en el discurso antes citado, a propósito de una de las “novedades” conciliares más impopulares para muchos tradicionalistas, la de la libertad de religión.

El autor de la nota es un magistrado administrativo de Roma, muy afianzado en filosofía más que en derecho, alumno de Antonio Livi.
 

SOBRE LA CONTINUIDAD

por Francesco Arzillo

La borrasca eclesial conectada a los conflictos entre tradicionalistas y progresistas no da señales que vaya a aplacarse y además parece acentuada, dado que las posiciones papales evitan – y no podría ser de otro modo – este tipo de contraposición. Si los progresistas no aceptan con agrado el motu proprio “Summorum Pontificum”, los tradicionalistas permanecen perplejos por la iniciativa de Asís, etc.

Duele tener que constatar que la cuestión de la hermenéutica de la continuidad permanece sometida a una sustancial incomprensión, no obstante que se trata de una indicación magisterial autorizada y vinculante para los católicos, además de fundada sobre el supuesto evidente de la continuidad en el tiempo de la vida del cuerpo eclesial, con la conexa asistencia del Espíritu Santo a los pastores.

La dialéctica eclesial tiende a asumir formas y métodos más políticos que teológicos, terminando con reproducir en el interior de la Iglesia la dialéctica derecha-izquierda propia de la modernidad política.

Mucho se ha dicho y escrito – con justicia – contra quien se obstina en ver en el Concilio Vaticano II el nuevo comienzo que pondría fin al período caracterizado por la “forma constantiniana” de la Iglesia.

Pero es necesario censurar también el tradicionalismo que lee la riquísima herencia de la teología clásica con mentalidad más cartesiana que aristotélica, confundiendo apriorísticamente las mutaciones de las fórmulas con las mutaciones de doctrina, o tratando los conceptos teológicos como si fuesen ideas claras y distintas, con una aproximación racionalista y para nada afín al de la gran escolástica medieval, por no decir de los Padres de la Iglesia.

¿Cómo lograr superar esto?

En primer lugar, buscando asumir una actitud humilde, también intelectual, que debería ser precisamente – también en los distintos roles – la de todo fiel católico, incluidos los teólogos.

Las doctrinas infalibles o de todos irreformables no pueden ser discutidas. Pero un particular obsequio se debe también al magisterio ordinario. Efectivamente, el § 752 del Código de Derecho Canónico dispone: “Si bien no es un asentimiento de fe, se ha de prestar sin embargo un asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad a la doctrina que el Sumo Pontífice o el Colegio Episcopal enseñan acerca de la fe y de las costumbres, en el ejercicio de su magisterio auténtico, aunque no sea su intención proclamarla con un acto definitivo; por tanto, los fieles cuidarán de evitar todo lo que sea incompatible con la misma”.

No es posible entonces despojarse de la consolidada enseñanza sobre la libertad religiosa o sobre el ecumenismo, diciendo que no se trata de doctrina infalible: aunque a veces no se la considere como tal, lo mismo se la considera de ese modo.

Ni siquiera nos podemos lamentar del hecho que los últimos pontífices hayan hecho de la recta actuación del Vaticano II un punto de referencia de su ministerio (y qué otra cosa habrían debido hacer?).

La hermenéutica de la continuidad sería verificada y practicada con ejercicios concretos, los cuales – si son correctamente conducidos – demostrarían que ella es siempre posible.

Para simplificar, supongamos que yo tenga una clásica aserción dogmática A y una doctrina conciliar B, la cual es pasible de dos interpretaciones: B1, es decir, una interpretación compatible con A; y B2, es decir, una interpretación no compatible con A (caso éste no raro con motivo del lenguaje “pastoral” utilizado por el último Concilio y por una parte del magisterio reciente).

La hermenéutica de la continuidad me pide entonces elegir la interpretación B1. Pero no se trata de una imposición voluntarista y positivista. Por el contrario, supone tanto el principio lógico de no contradicción, la no irracionalidad del dato revelado como los principios teológicos y eclesiológicos típicos del catolicismo, que se orientan a la salvaguardia de la unidad-continuidad de la Iglesia en el tiempo.

Por ejemplo, si leo el texto del Vaticano II en el que se dice que “con su encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo con todo hombre” (“Gaudium et Spes”, n. 22), deberé interpretarlo en forma compatible con los concilios cristológicos antiguos, valorizando las implicancias de la expresión “en cierto modo”.

En consecuencia, no hay ningún “pan-cristismo” antropocéntrico al cual cantar alabanzas o contra el cual elevar gritos escandalizados. Más simplemente, y más católicamente, se trata de una mayor y cada vez más penetrante inteligencia del dato revelado.

Se podría replicar: ¿pero si veo una contradicción que me impide prestarle el consentimiento?

En este sentido, podría ayudarnos el dicho de san Ignacio de Loyola, según el cual “para estar ciertos en todo, debemos siempre tener este criterio: lo que veo blanco lo creo negro, si así lo establece la Iglesia jerárquica. En efecto, creemos que el Espíritu que nos gobierna y que guía nuestras almas hacia la salvación es el mismo Cristo Nuestro Señor, el esposo, y en la Iglesia su esposa; porque nuestra santa madre Iglesia es guiada y gobernada por el mismo Espíritu y Señor nuestro que dio los diez mandamientos”.

El obsequio del intelecto, que deriva de la aceptación de esta posición, no resulta infructuoso, porque purifica la voluntad y predispone a la razón a una más atenta consideración de la cuestión y acepta, en último análisis, aclarar los motivos de perplejidad que parecían invencibles y en realidad eran producto de prejuicios.

A tal fin es de ayuda la lectura de teólogos que aplican este tipo de hermenéutica, como por ejemplo el cardenal Leo Scheffczyk (1920-2005), el padre Jean-Hervé Nicolas o el padre Giovanni Cavalcoli.

Así saldría reforzada la conciencia eclesial y la voluntad de obrar – católicamente – “cum Petro e sub Petro” [con Pedro y bajo la autoridad de Pedro], en la extraordinaria experiencia de la comunicación del mensaje cristiano a nuestros contemporáneos, hijos de Dios y hermanos en humanidad.