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Carta semanal del arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol Balcells, en la que habla de la ya cercana beatificación de Juan Pablo II y de sus cualidades humanas y místicas. 
 

Por Mons. Jaume Pujol Balcells

Arzobispo metropolitano de Tarragona y Primado.
Durante su pontificado Juan Pablo II celebró 483 canonizaciones y 1.345 beatificaciones. Con estos números, muy superiores a los de cualquier otro Papa anterior, quería ofrecer al mundo muchos modelos de santidad para que no se piense que se trata de algo inalcanzable.
El 1 de mayo, la Plaza de San Pedro quedará abarrotada de fieles cuando Benedicto XVI proclame beato a Juan Pablo II añadiendo su nombre a la larga lista de modelos que ofrece la Iglesia. Para nosotros es un ejemplo muy cercano, ya que hemos podido verlo y quizá hablar con él. En mi caso, en su último año de vida, estampó su firma, ya con mano temblorosa, para mi nombramiento como Arzobispo de Tarragona.
Cada vez que tuve la suerte de estar con él me invadió la impresión de encontrarme con un hombre santo. Y esto es lo que permitió abrir el proceso de glorificación ya concluido. Al margen de ello, era un gigante de nuestra época y esto era reconocido por quienes observaban su personalidad y su influencia en los acontecimientos mundiales. Gorbachov comentó a Jaruzelski, tras una entrevista con el Papa: “Es un gran hombre. Es dueño de una gran sabiduría y bondad”.
A pesar del atentado de que fue víctima en 1981 y de los achaques de su salud, que le llevaron a ingresar varias veces en el hospital, su actividad fue enorme. Los escritos que publicó durante su pontificado equivalen en extensión a veinte veces la Biblia. Sus viajes fueron incesantes, como los de San Pablo, pero con las ventajas del viajar moderno: 146 fueron a países extranjeros y 104 transcurrieron en el interior de Italia. Con buen humor corría un chiste en el Vaticano: “¿Cuál es la diferencia entre Dios y Juan Pablo II?. Que Dios está en todas partes y que Juan Pablo II ya ha estado”.
Como primer Papa no italiano desde Adriano VI, en 1523, aportó a la Iglesia su mentalidad de eslavo y su experiencia de polaco, nación ocupada en el siglo XX por el nazismo y, a su término, por la ideología del comunismo, dos grandes dictaduras que marcaron su carácter de resistente. Hoy nadie duda ya de su contribución decisiva en la libertad de los países del Este de Europa y su mediación para resolver conflictos en otras partes del mundo.
Apoyaba su acción en la oración de tal modo que era un verdadero místico. En un próximo artículo me propongo destacar esta otra faceta, menos conocida de su personalidad, que es la que cuenta a efectos de la beatificación que pronto tendremos el gozo de celebrar cuantos fuimos testigos de su extraordinaria vida.
George Weigel, biógrafo de Juan Pablo II, dice de él que pensaba que los horrores del siglo XX —nazismo, comunismo, racismo, nacionalismo, utilitarismo— nacían de una defectuosa concepción del hombre. Y que el hombre sólo se encuentra a sí mismo a través de Cristo, según una idea del Concilio Vaticano II que él mismo había impulsado.
En mi comentario anterior ya expuse que este “gigante de nuestra época” era, a la vez que un hombre muy activo, un verdadero místico, que confiaba en el poder de la oración y mantenía un diálogo constante con Dios en su interior.
El postulador de su Causa de Beatificación, el polaco Slawomir Oder, relata algunas anécdotas al respecto que muestran hasta qué punto la oración personal le iluminaba en el camino a seguir antes de tomar algunas decisiones.
Un día, cuando preparaba el documento “Evangelium Vitae”, hubo en la mesa con sus colaboradores una larga discusión entre dos puntos de vista. Al cabo de dos horas, dijo: “Está bien, podéis marchar a casa. Yo rezaré y mañana os daré una respuesta”.  Y ante un nombramiento episcopal para una ciudad importante, en la que no había acuerdo en el seno de la Congregación responsable, dijo: “Dedicaré la misa a esta cuestión y después elegiré a uno de los dos candidatos”.
Quienes le contemplaban de cerca, o a través de la televisión, advertían la intensidad con la que rezaba. Un embajador musulmán, al despedirse del Vaticano al término de su misión diplomática, confesó: “Lo que más me ha impresionado de estos años no ha sido la visión geopolítica del mundo que tiene el Vaticano, sino la manera en que el Papa reza durante las ceremonias”.
Tanto confiaba en el poder de la oración que no dudaba en pedir a Dios, muchas veces por intercesión de la Virgen, favores muy diversos, desde que se resolvieran los conflictos de Polonia hasta que curara un enfermo cuya situación le había sido confiada. Ya al comienzo de su pontificado pidió que le informaran de aquellas solicitudes que contenían las cartas de todo el mundo a él dirigidas y, con frecuencia, repasaba algunas que guardaba en un pequeño cajón del reclinatorio en el que rezaba.
Esta unión con Dios, que en él se hacía casi visible, que abarcó toda su vida desde que era sacerdote joven hasta el final, era la expresión más auténtica de su santidad, la que muy pronto reconocerá oficialmente la Iglesia en la ceremonia pública de beatificación que llevará a Roma a cientos de miles de personas, también de nuestra archidiócesis.