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Por Marcos Inacio Melo  
 
Brasil abrió el año 2011 como la séptima mayor economía del mundo en paridad de poder y compra. Siendo el quinto mayor país del mundo en territorio y población, posee una de las mayores reservas minerales del planeta y ocupa el puesto de segundo mayor exportador de alimentos. Consta que, en pocos años, será el quinto país más poderoso de la Tierra, atrás sólo de naciones como EE.UU., China, India y Japón.
Brasil consolida cierta hegemonía en diversos asuntos internacionales, especialmente en América Latina, y su imagen tiende a proyectarse en el mundo entero, como expresión de una cultura capaz de influenciar a los demás pueblos.
Entretanto, la riqueza de Brasil no es meramente económica. Su unidad lingüística y estabilidad política -sin vanas divisiones regionalistas- caracteriza una población homogénea, inteligente y pacífica. Esta cordialidad y hospitalidad fueron reconocidas en diversas ocasiones. Cabe aquí recordar que tales predicados de este pueblo derivan de su formación católica. Brasil suma la mayor población católica del mundo. A cada 11 católicos del orbe, uno es brasileño.
Sin embargo, no es preciso mucho esfuerzo para constatar increíbles contrastes en nuestro país. A pesar de rico, Brasil también es el 73º país en desarrollo humano. Y de los 75% católicos brasileños, solamente el 2% frecuentan las Misas dominicales. Esto comprueba no sólo cuánto tiene que progresar nuestro país a nivel social, sino sobre todo espiritual. Estos datos traen a nuestro espíritu algunas cuestiones:
¿Brasil será una gran nación por la fuerza de las armas, por la ganancia de los lucros, o por la imagen cristiana que legará al mundo? ¿Nuestro país abandonará los principios morales que fueron el germen de su progreso? ¿Él se olvidará de la Fe de sus padres? ¿Él abandonará la Iglesia, madre que lo creó, alimentó y ayudó a dar los primeros pasos?
Recemos para que Brasil no esté entre las naciones que triunfaron a lo largo de los siglos con victorias edificadas sobre arena movediza, sino entre los pueblos que, construyendo sus fundamentos sobre la roca imperecedera, inscribirán en la Historia del mundo doradas letras de Fe, caridad y esperanza.
Que Brasil testimonie al mundo y a las futuras generaciones que su dinamismo emprendedor y su patrimonio cultural no se basan en la ganancia, sino en la Fe y en el espíritu cristiano. Que el pueblo brasileño continúe reconociendo el valor de la prosperidad, pero no olvide que la riqueza no es el mayor valor en la vida de un hombre.
La Historia Universal es testigo de la gestación de pueblos que nacen, crecen, y triunfan, pero con el trascurso de los años, se deshacen bajo los vientos de la Historia, semejantes a un castillo de cartas. Al contrario cuando, en la epopeya de los pueblos, se verifican ardientes actos de adhesión a la verdad de Cristo, las naciones resplandecen por su magnanimidad.
Cabe, por tanto, a todos nosotros, católicos, ser células sanas, partícipes de este gran organismo llamado Brasil. Si vivimos la Fe Católica en la integridad de su ortodoxia, coherencia y esplendor, nuestro país pasará a la Historia como un país que supo dar valor al principal condimento de su personalidad: la fe en Jesucristo.