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El martirio de Shahabz Bhatti, Ministro de las Minorías Religiosas. “Hasta el último aliento seguiré sirviendo a Jesús y a esta pobre y sufriente humanidad”. Su testamento espiritual publicado por “La Civiltà Cattolica”
por Sandro Magister
ROMA, 14 de abril de 2011 – Para los católicos de Pakistán es “el mártir”. Su nombre es Shahbaz Bhatti. Fue asesinado el pasado 2 de marzo por terroristas islámicos, por ser “cristiano, infiel y blasfemo”. Era el Ministro de las Minorías Religiosas.

Un mes después, al término de la audiencia general del miércoles 6 de abril, Benedicto XVI recibió a su hermano, Paul Bhatti, médico, durante muchos años en Italia, que ha vuelto a su patria justamente para proseguir su misión y que ha sido nombrado consejero especial del Primer Ministro para las minorías religiosas.

Con Paul, el Papa se reunió también con el gran Imán de Lahore, Khabior Azad, amigo personal de Shahbaz.

La Biblia que Shahbaz tenía siempre consigo está ahora en Roma, en el memorial de los mártires del último siglo, en la basílica de San Bartolomé en la Isla Tiberina.

Sobre lo que ha significado su asesinato en Pakistán y en el mundo entero, uno de los artículos más informados y alarmantes es sin duda el publicado en “La Civiltà Cattolica”, con fecha 2 de abril de 2011.

Un artículo tanto más relevante desde el momento que esta revista de los jesuitas de Roma se publica con el control previo y la autorización de la Secretaría de Estado vaticana. En consecuencia, refleja el pensamiento de la Santa Sede al respecto.

En Pakistán, sobre una población de 185 millones de habitantes, los cristianos son el 2 por ciento, un millón de los cuales son católicos. Pero también entre los musulmanes hay minorías en peligro: chiítas, sufíes, ismaelitas, ahmadíes.

La ley contra la blasfemia es un arma empuñada contra las minorías. Fue introducida por los ingleses en 1927 y mantenida en vigor en el año 1947, luego de la independencia y la separación de Pakistán de la India. Durante treinta años no fue aplicada, pero a partir de 1977, luego del golpe de estado militar por obra de Zia-ul-Haq, la islamización ha ido creciendo en Pakistán y a la ley contra la blasfemia – puesta en auge con agravantes – se han agregado otras normas basadas en la sharia. 

Por ejemplo, son necesarios cuatro testimonios para que se pruebe la violencia sexual contra una mujer, que en caso contrario es considerada adúltera. O bien, otro ejemplo, un musulmán que ejerce violencia contra una cristiana, si la obliga a casarse con él y a convertirse al Islam, ya no es perseguible por estupro.

Para quien blasfema contra Mahoma ha sido introducida la pena de muerte, y para la profanación del Corán la cadena perpetua. La comisión Justicia y Paz de los obispos católicos de Pakistán ha calculado que desde 1987 hasta el 2009 han sido 1032 las personas injustamente golpeadas por la ley contra la blasfemia.

Una de ellas es Asia Bibi, una católica de 45 años, madre de cinco hijos, condenada a la lapidación en noviembre de 2010 y a la espera de la sentencia de apelación. Fue acusada por otras mujeres de su aldea que trabajaban con ella en los campos, entre las cuales estalló una pelea por la utilización del agua. Aunque fuese absuelta o indultada, Asia no se sentiría segura, porque varios exponentes musulmanes la han amenazado de todos modos de muerte.

Un nuevo caso definido por los obispos pakistaníes “de abuso de la ley contra la blasfemia por venganzas personales” ha golpeado días pasados a otro cristiano, Arif Masih, en la aldea de Chak Jhumra.

Una jornada de oración por Asia Bibi, Arif Masih y todas las otras personas arrestadas por la misma acusación será celebrada el 20 de abril, miércoles santo, en Pakistán y en otros países. En Roma, en la capilla del Parlamento italiano, el cardenal Jean-Louis Tauran celebrará una Misa, que será también en memoria de Shahbaz Bhatti.

Las denuncias de blasfemia se basan en la palabra del acusador, pero que no puede referir los contenidos precisos de la ofensa para no ser imputado por el mismo delito. Los jueces temen a su vez ser asesinados, como ya ocurrió a veces, si absuelven a un imputado. Por eso tienden muchas veces a retrasar la sentencia, pero sin conceder la libertad con caución. Además, como regla general, un no islámico, en el tribunal, debe tener abogado y jueces musulmanes.

Estas y otras informaciones están detalladas en las notas del artículo de “Civiltà Cattolica”.

Aquí, a continuación, casi integro el artículo, por gentil permiso de la revista.

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EL ASESINATO DE SHAHBAZ BHATTI

por Luciano Larivera S.I.

[…] Hay un Estado, Pakistán, cuyo arsenal atómico sigue creciendo. Pero su estabilidad política está amenazada cada día, y en forma sistemática, por la violencia y el odio étnico y religioso. Su trágico ejemplo es la advertencia, para otros países islámicos, de cómo el virus de la intolerancia religiosa puede salirse de control y conducir progresivamente a una democracia al colapso. […] Por eso no se puede olvidar a un heroico y generoso político paquistaní, Shahbaz Bhatti. Un cristiano dócil y serio.



“Mi nombre es Shahbaz Bhatti. Nací en una familia católica. Mi padre, maestro jubilado, y mi madre, ama de casa, me educaron según los valores cristianos y las enseñanzas de la Biblia, que influyeron en mi infancia. Desde niño acostumbraba ir a la iglesia y encontrar profunda inspiración en las enseñanzas, en el sacrificio y en la crucifixión de Jesús. Fue su amor el que me indujo a ofrecer mi servicio a la Iglesia. Las espantosas condiciones en las que pusieron a los cristianos de Pakistán me perturbaron. Recuerdo un viernes de Pascua, cuando tenía solamente trece años: escuché un sermón sobre el sacrificio de Jesús para nuestra redención y para la salvación del mundo, y pensé corresponder a ese amor regalando amor a nuestros hermanos y hermanas, poniéndome al servicio de los cristianos, especialmente de los pobres, de los necesitados y de los perseguidos que viven en este país islámico.

“Me han pedido que ponga fin a mi batalla, pero lo he rechazado siempre, inclusive a riesgo de mi misma vida. Mi respuesta ha sido siempre la misma. No quiero popularidad, no quiero puestos de poder. Quiero solamente un lugar a los pies de Jesús. Quiero que mi vida, mi carácter y mis acciones hablen de mí y digan que estoy siguiendo a Jesús. 

Este deseo es tan fuerte en mí que me considero un privilegiado en el caso que – en este mi esfuerzo batallador de ayudar a los necesitados, a los pobres y a los cristianos perseguidos de Pakistán – Jesús quisiera aceptar el sacrificio de mi vida. Quiero vivir para Cristo y quiero morir por Él. No experimento ningún temor en este país. Muchas veces los extremistas han deseado asesinarme, encarcelarme; me han amenazado, perseguido y han aterrorizado a mi familia.

“Digo que, hasta que tenga vida, hasta el último aliento seguiré sirviendo a Jesús y a esta pobre y sufriente humanidad, a los cristianos, a los necesitados y a los pobres. Creo que los cristianos del mundo que han tendido la mano a los musulmanes golpeados por la tragedia del terremoto del 2005 han construido puentes de solidaridad, de amor, de comprensión, de cooperación y de tolerancia entre las dos religiones. Si tales esfuerzos continuaran, estoy convencido que lograremos vencer los corazones y las mentes de los extremistas. Esto producirá un cambio positivo: la gente no odiará ni matará en nombre de la religión, sino que se amarán los unos a los otros, proporcionarán armonía, cultivarán la paz y la comprensión en esta región.

“Creo que los necesitados, los pobres, los huérfanos, cualquiera sea su religión, deben ser considerados ante todo como seres humanos. Pienso que esas personas son parte de mi cuerpo en Cristo, que son la parte perseguida y necesitada del cuerpo de Cristo. Si llevamos a término esta misión, entonces habremos ganado un lugar a los pies de Jesús y podré mirarlo sin experimentar vergüenza”.

Éste es el testamento espiritual de Shahbaz Bhatti, Ministro federal de las Minorías Religiosas de Pakistán, nacido el 9 de setiembre de 1968 y asesinado el pasado 2 de marzo por un comando extremista en la capital, Islamabad. Era miembro del principal partido de gobierno, el PPP, Partido Pakistaní del Pueblo. Pocas semanas antes había pedido: “Recen por mí. Soy un hombre que ha quemado sus naves a sus espaldas: no puedo y no quiero retroceder en este esfuerzo. Combatiré al extremismo y me batiré hasta la muerte en defensa de los cristianos”. Bhatti vivía con su madre y otros familiares. Había decidido no casarse para consagrarse a su misión. No había elegido el sacerdocio “porque quería estar en medio de la gente, en contacto directo con las personas y sus dificultades, lo que muchas veces los sacerdotes no llegan a hacer en su país”.

El 2 de marzo el ministro se encontraba con el chofer y una sobrina en el auto oficial, no blindado a pesar de las veces que se lo habían pedido. El comando terrorista sacó violentamente a Bhatti del auto y lo masacró con 30 tiros de arma de fuego. Se atribuye el asesinato a los talibanes pakistaníes de Panyab. Actuaron tranquilamente y dejaron en el lugar del delito algunos volantes firmados como Tehrik-e-Taliban-Punjab. El ministro no había querido la escolta, recordando que su amigo y colega del Partido, Salmaan Taseer, gobernador de Panyab y musulmán, había sido asesinado precisamente por un miembro de su escolta, sin que los otros hombres intervinieran para protegerlo. Esto había ocurrido dos meses antes, el 4 de enero, y su asesino fue transformado en héroe, con abogados compitiendo para defenderlo gratis.

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Taseer y Bhatti perseguían el ideal de Muhammad Ali Jinnah, padre fundador de Pakistán, de un país donde, respecto a los musulmanes sunitas, las minorías religiosas (chiítas, musulmanes sufíes, ismaelitas, ahmadis, cristianos, sikhs, hindúes, zoroastrianos, bahais…) gozan de iguales derechos. Ambos han sido “castigados” por haber luchado a favor de la abolición o al menos la reforma de la ley sobre la blasfemia, la raíz de los problemas de los cristianos pakistaníes. Voces extremistas piden que sea considerada blasfemia cualquier pedido de modificar la “ley negra”. Esta ley parece intocable. Y se hace un uso instrumental, sobre todo en el más populoso Panyab, para dirimir controversias personales también entre los musulmanes. Existe la impunidad para quien la hace aplicar en forma extrajudicial. Pero como ha observado recientemente el director de la sala de prensa vaticana, el padre Federico Lombardi, esta ley “es en sí verdaderamente blasfema, porque en nombre de Dios es causa de injusticia y muerte”. […] En vida, Bhatti quería tener la comisión para la revisión de la ley sobre la blasfemia, querida por el presidente Asif Ali Zardari, viudo de Benazir Bhutto, y presente en su programa electoral para el voto del 6 de noviembre de 2008.

Una culpa adicional del gobernador musulmán y del ministro católico es haber pedido la liberación de Asia Bibi, una católica de 45 años y madre de cinco hijos, condenada a la lapidación en noviembre de 2010 por haber ofendido al profeta Mahoma, pero en espera de la sentencia de apelación. Bhatti no quería clamor mediático sobre la vicisitud de Asia Bibi, para no encender la reacción fundamentalista. Y en general, los católicos se disocian de las iniciativas que tienden a cebar un conflicto con las instituciones pakistaníes. No obstante esto, en ocasión del 8 de marzo, en que se celebra el Día Internacional de la Mujer, la Iglesia Católica de Pakistán y los cristianos indios lanzaron el enésimo pedido por la liberación de Asia Bibi, quien corre el riesgo de ser asesinada en la cárcel. Además han afirmado que esta mujer simboliza a todas las demás, detrás de las rejas o en aparente libertad, oprimidas por disparidades, intolerancia y violencia a causa del sexo o de la fe que profesan.

Luego de los funerales en la capital, el “mártir” Bhatti fue sepultado, ante la presencia de 10.000 personas de todo credo, en Khushpur, en las cercanías de Faisalabad, en Panyab. En este pueblo católico fundado por los dominicos, el Ministro pasó su infancia. Con el último cambio de gobierno, el premier Yousaf Raza Gilani, del PPP, había confirmado el encargo a Bhatti, vistas también las insistencias occidentales, a pesar de la reducción de ministros de 60 a 22 miembros, para contener el gasto público, y las presiones de los partidos islámicos para eliminar ese dicasterio. Además, Bhatti era el único no musulmán en el gobierno federal de Pakistán.

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El pasado mes de setiembre, Benedicto XVI se había reunido con él en su calidad de ministro, y en el discurso al cuerpo diplomático del 10 de enero de este año, el Pontífice mencionó la ley contra la blasfemia en Pakistán, animando “de nuevo a las autoridades de ese País a realizar los esfuerzos necesarios para abrogarla”. Además, rindió homenaje al valiente sacrificio del gobernador Taseer. Pero una parte de los pakistaníes no quiso escuchar las palabras del Papa. En particular, los partidos religiosos consideran las intervenciones de Benedicto XVI como una ingerencia en la política interna. Los fundamentalistas controlan la mente de sus seguidores, fomentando odio y violencia. A pesar de todo, los cristianos tienen buenas relaciones con la mayoría de los musulmanes. Luego del Angelus del pasado 6 de marzo, el Papa dirigió este llamado y otros gestos para consolar a los católicos pakistaníes traumatizados por el homicidio: “Pido al Señor Jesús que el conmovedor sacrificio de la vida del ministro pakistaní Shahbaz Bhatti despierte en las conciencias la valentía y el compromiso de tutelar la libertad religiosa de todos los hombres y, de esta forma, promover su igual dignidad”.

La gigantografía de Bhatti del 5 marzo está expuesta en la fachada del Ministerio de Relaciones Exteriores, para no olvidar al hombre y para afirmar el compromiso de la diplomacia italiana en defensa de la libertad religiosa en el mundo. El ministro de Relaciones Exteriores, Franco Frattini, entrevistado el 3 marzo por el diario “Avvenire”, ha dado a conocer una confidencia hecha por Bhatti, en su modesta oficina de Islamabad el pasado mes de noviembre: “Me dijo que sus adversarios estaban buscando quitarle los fondos al Ministerio para las Minorías religiosas, lo cual era una forma de reducirlo a la insignificancia y, en consecuencia, a su cierre. Y me dijo de ayudarlo a hacer conocer su trabajo en la comunidad internacional, porque solamente así podría salvar su Ministerio”.

Frattini agregó después: “Ahora los cobardes de esa Europa que rehúsa condenar al fundamentalismo religioso verterán sus lágrimas de cocodrilo, aliados a esos cobardes que en Pakistán conocen solamente la sangre de los atentados […]. Pienso en aquéllos que en Europa están muy atentos a lo ‘políticamente correcto’, hasta el punto de no utilizar jamás, en los documentos oficiales, las palabras ‘cristianos perseguidos’. La considero una cobardía política que hoy, frente a un nuevo mártir, es todavía más escandalosa”. […]

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Frente a este crimen terrorista, los obispos pakistaníes han declarado y confirmado inmediatamente que “se trata de un perfecto y trágico ejemplo del insostenible clima de intolerancia que vivimos en Pakistán. Pedimos al gobierno, a las instituciones, a todo el país, que reconozcan y afrontan con decisión esa cuestión, para que se ponga fin a este estado de cosas en las que triunfa la violencia”. También han enviado el pedido a la Santa Sede para que Bhatti sea proclamado mártir, muerto “in odium fidei”. El mismo Imán de la mezquita Badshahi, en Lahore, Khabior Mohammad Azad, turbado por la muerte de su “buen amigo” Bhatti, ha denunciado que “la gente ya no tiene el derecho de expresar sus propias opiniones” y que “cuantos han reivindicado el asesinato no son musulmanes, ni seres humanos”, porque “el Islam es una religión de paz, que enseña a respetar a las minorías”.

Lamentablemente, los homicidios motivados por la religión son defendidos públicamente por extremistas islámicos como actos que agradan a Alá y que garantizan la salvación inmediata. Pero el Estado pakistaní no llega a prevenir y sancionar la violencia contra las minorías. En este sentido, el odio religioso es alimentado directamente en las escuelas públicas pakistaníes. En los textos oficiales de estudio se excluyen las referencias a las minorías religiosas, no consideradas como parte de la nación.

Además de la instrucción deformada, hay predicadores en las mezquitas, en la televisión y en Internet que proclaman la lista de los enemigos que hay que abatir, con lo cual alimentan la “cultura” de la intolerancia religiosa. Ahora está en el Index la diputada Sherry Rehmam, quien en el 2010 había propuesta una modificación de la ley sobre la blasfemia, sin recibir el apoyo de su partido, el PPP, que la ha obligado a retirar la iniciativa. Ella vive semi-escondida y recibe continuas amenazas de muerte. Para otros no queda otro camino que buscar asilo en el extranjero.

Además de los cristianos, en Pakistán están legalmente discriminados los ahmadíes, en cuanto no musulmanes sino herejes, y que por eso boicotean las elecciones. Hay tensiones entre las dos escuelas sunitas de Deobandi y de Barelvi. Y la violencia religiosa es sistemática y puede golpear a todos. Así, por ejemplo, el 4 de marzo diez musulmanes sufíes, considerados herejes por otros musulmanes, han sido asesinados en las cercanías de un lugar sagrado vecino a Peshawar. Pero las manifestaciones en plazas de las minorías o de musulmanes moderados no provocan temor, y su voz se pierde, además de estar expuestas a atentados suicidas. 

El 5 de marzo, un musulmán, Mohammad Imran, fue asesinado en una aldea vecina a Rawalpindi. Había sido liberado de la cárcel por falta de pruebas, acusado de haber ofendido a Mahoma. El 15 de marzo murió en la cárcel Qamar David, un cristiano condenado injustamente a cadena perpetua por blasfemo. Había recibido golpes y maltratos por parte de los guardias penitenciarios. Su muerte, por paro cardíaco, suscita muchas dudas entre los cristianos. Caen como víctimas de los extremistas también los activistas de los derechos humanos, como Naeem Sabir, asesinado en la provincia de Beluchistan el pasado 1º de marzo.

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Pakistán sufre de innumerables laceraciones étnicas y políticas. El clima de intolerancia es alimentado por los extremistas musulmanes homicidas, pero también por abogados, periodistas y políticos, para lograr sus fines hegemónicos. En Beluchistan están activos todavía los movimientos separatistas, también porque la distribución de la riqueza es muy desigual en el territorio pakistaní. La etnia pasthun, aunque no busca la secesión y la anexión con una parte del territorio afgano, está cada vez más dominada por la ideología fundamentalista y antigubernamental. Luego están las tensiones con India por el Kashmir. Además, hay intolerancia respecto al gobierno filoindio de Hamid Karzai en Afganistán. Con Pekín, el aliado más estrecho de Islamabad en clave anti-indiana, se ha reforzado la cooperación para construir centrales nucleares. La relación de Pakistán con Estados Unidos es, por el contrario, cada vez más difícil. Y el sentimiento antiamericano está difundido también porque, en territorio pakistaní, la acción de la CIA es parcialmente independiente de las autoridades nacionales, y prosiguen los ataques de los aviones no tripulados estadounidenses contra los talibanes afganos y los miembros de Al-Qaeda en la región occidental de Pakistán.

Además, los extremistas religiosos se han infiltrado en las fuerzas armadas y en los servicios secretos, que sostienen a los talibanes afganos pero que están en conflicto con parte de los talibanes pakistaníes, coordinados a su vez con los jihadistas que luchan por la anexión del Kashmir indiano a Pakistán. La constelación de los grupos extremistas es amplia y nebulosa. Detrás del biombo de actividades educativas y caritativas, su reclutamiento se refuerza en las madras, las escuelas coránicas, y en los campos de prófugos afganos o de los dispersados luego de los aluviones del verano pasado. 

Además, las fuerzas armadas tienen un fuerte poder de veto sobre el gobierno, pero no parecen dispuestas a un golpe de estado, incluso de inspiración islámica, porque la solución de los problemas sociales y económicos del país está fuera de su alcance, y los militares no quieren arriesgarse a la impopularidad. Lamentablemente, el gobierno y la magistratura muchas veces parecen haber capitulado frente a las ingerencias de los extremistas y de los servicios secretos pakistaníes. La ley antiblasfemia, en sus varias aplicaciones, justifica el terror político y desalienta a los pakistaníes liberales. Los musulmanes moderados son aplastados por la autoridad de las fuerzas armadas, del fanatismo religioso y de la ingerencia de los países extranjeros, cuando favorecen la corrupción, el abuso de poder y los crímenes contra los derechos humanos, como la tortura. Las reivindicaciones sociales están entonces convirtiéndose en asignación de los fundamentalistas, pero que no tienen los instrumentos culturales, técnicos y burocráticos para resolver los problemas del crónico subdesarrollo económico del país.

La intimidación y la impunidad de las violencias extremistas y de las represalias militares son los ejes sobre los que se rige el caos pakistaní. La misma frágil identidad nacional correría el riesgo de evaporarse si estas dos prácticas guiasen la constitución material del país. Además, si bien es improbable, no se puede excluir que la creciente anarquía pakistaní permita a grupos jihadistas apoderarse de material y de armas atómicas, de las que USA no parece conocer totalmente su ubicación. 

Pakistán es el bocado más apetecible para al-Qaeda, que está nutriendo ideológicamente el extremismo interno, afirmando que el gobierno civil de Islamabad es ilegítimo, porque es irreligioso, y que sería destruido. Así, lamentablemente, el ejecutivo y el PPP parecen rehenes de los partidos fundamentalistas y de los extremistas.

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Pero Paul Bhatti, hermano del occiso, ha sido nombrado consejero especial del Premier para las minorías religiosas. Si a la “Tierra de los puros” llegará lo que resta de la “primavera democrática” árabe, el nuevo pacto social pakistaní, para bloquear la espiral autodestructiva, requiere el rápido restablecimiento de un sistema judicial penal que funcione. Esto incluye necesariamente la reforma radical de la ley antiblasfemia, que justifica el uso extrajudicial de la violencia, también contra quien se convierte del Islam. 

En el mediano y largo plazo es indispensable un sistema escolar público y universal, abierto a una educación más moderna, también para crear válidas competencias laborales. Nuevas ideas de justicia y reconstrucciones verídicas de la historia del país pueden hacer capitalizar la riqueza del multiforme pueblo pakistaní. Esto impone que el gasto público no pueda ser drenado en forma desproporcionada por los gastos militares, y que la paz con India y en Afganistán sea considerada necesaria para el desarrollo sostenible de Pakistán. En realidad, en el país no hay un conflicto religioso sino político, con el riesgo de una guerra civil. Y el diálogo religioso es impotente cuando una religión es utilizada como instrumento de poder, de opresión y de subdesarrollo.

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La revista de la que ha sido tomado el artículo, publicada con el previo control y la autorización de la Secretaría de Estado vaticana:

> La Civiltà Cattolica

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Khushpur, la aldea natal de Shahbaz Bhatti, en la fértil llanura del Panyab, fue fundada por misioneros católicos hace un siglo y sus 5 mil habitantes son casi todos bautizados.

La aldea es limpia, laboriosa, hospitalaria. Tiene escuelas concurridas. Hay igualdad entre el hombre y la mujer. El padre Piero Gheddo, del Instituto Pontificio para las Misiones Extranjeras, que la ha visitado, la describe en un artículo publicado en “Tempi” como “un ejemplo concreto y bien visible de la diferencia que hay entre el cristianismo y el Islam”:

> Ecco perché i cristiani in Pakistan danno fastidio

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Un libro-entrevista de Shahbaz Bhatti ha salido en Italia en el 2008, editado por Marcianum Press, la editorial del Patriarcado de Venecia:

Shahbaz Bhatti, “Cristiani in Pakistan. Nelle prove la speranza”, Marcianum Press, Venezia, 2008.

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El archivo sobre Pakistán del informe internacional sobre libertad religiosa a cargo del Departamento de Estado de Estados Unidos:

> Pakistan

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