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Entrevista al coronel Antonio Berardo, piloto de helicóptero de Wojtyla


ROMA, martes 19 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Juan Pablo II era “el pasajero ideal”. “Durante los vuelos nunca manifestó preocupaciones concretas o miedos”. Así cuenta el coronel Antonio Berardo, piloto de helicóptero del Papa Wojtyla. Durante veinte años llevó por los cielos al Pontífice, viajando por toda Italia.

“Recuerdo que una vez fuimos al aeropuerto de Orio al Serio – cuenta el comandante – había un temporal fortísimo. El Papa estaba sentado tranquila y serenamente, nosotros realizamos nuestras operaciones y todo fue bien. También cuando había turbulencias, que con el helicóptero sucede frecuentemente, nunca hemos visto al Papa tenso o preocupado. Era el pasajero ideal, tranquilo”.

– ¿Qué hacía Juan Pablo II durante el vuelo?

Berardo: Durante el viaje, el Papa normalmente leía, o miraba atentamente y con curiosidad por la ventana, sobre todo cuando volábamos por zonas montañosas y admiraba los paisajes nevados.

– ¿Al Papa le gustaba hacer excursiones fuera del programa?
Berardo: Sí, es verdad, durante los enlaces, sobre todo el del miércoles del Vaticano a Castelgandolfo, le gustaba hacer salidas no programadas. Entre nuestro equipo y el Papa había un entendimiento perfecto. No hacía falta que lo pidiese: bastaba un gesto con la mano para hacerse entender: “demos una vueltecita”. 

Preguntábamos al secretario Dziwisz a donde quería que lo llevásemos y cuanto nos podíamos alejar. Al Papa le encantaba ir a la nieve y en verano hacíamos excursiones por las montañas, llegando incluso al Gran Sasso. Una vez lo llevamos al mar, a las islas Pontinas. Después de preguntarle varias veces, aquella vez nos dijo: “está bien, hoy vamos a Ponza”. Observó las ensenadas y el paisaje. Parecía muy divertido.

– ¿Cómo era viajar con el Papa? En el fondo era su piloto…
Berardo: La primera vez que tuve la ocasión de volar con el Papa, me sentí muy emocionado. Sabía que llevaba a un personaje de enorme importancia. Y por tanto, estaba tenso. Después, pasando el tiempo, se convirtió, poco a poco en algo más tranquilo y rutinario. Se convirtió en algo automático, casi familiar. La tensión y la emoción pasaron rápido.

– ¿Cómo era la relación del Papa con el equipo?
Berardo: De vez en cuando Juan Pablo II nos decía alguna frase. Pero lo que más nos gustaba de él eran sus gestos, el saludo militar que nos hacía cuando nos veía, la sonrisa, un palmada en la espalda, el abrazo. Una vez me abrazó porque salvé una situación en el último minuto. Era un Papa muy desenvuelto. Una par de ocasiones vino a la cabina, miró todos los aparatos, observó, se puso los auriculares y después volvió a su sitio.

– ¿Cómo es el sitio del Papa en su helicóptero?
Berardo: El sillón donde se sienta el Papa es muy deseado. Es un sillón cómodo que se encuentra ante una gran ventana que permite ver el paisaje, casi como un balcón sobre el mundo. Después hay una pequeña mesa delante, a menudo adornada con flores. En resumen, muchos me piden hacerse una foto en ese sillón.

– ¿Nos puede contar alguna anécdota, alguna curiosidad?
Berardo: Se convirtió en algo tan rutinario para nosotros llevar al Papa que a veces olvidábamos de quién se trataba. Un miércoles, recuerdo que había un eclipse solar. Nos habíamos preparado para hacerle observar el eclipse al Papa. Nos detuvimos sobre la plataforma del helipuerto de Castelgandolfo. No estábamos equipados para el eclipse, sin embargo la prefectura había llevado al Papa un vidrio de soldador. Juan Pablo II estaba junto a nosotros, y nos lo dejó. 

En un momento dado, uno de la tripulación lo tuvo tanto tiempo que le dijo al Papa, como si fuese un amigo suyo: “un momento, que miro un poco más”.

Una característica de Juan Pablo II era que con él siempre hacía buen tiempo, incluso cuando estaba previsto todo lo contrario, o cuando íbamos directamente hacia las tormentas. Cuando hicimos 10.000 horas de vuelo, por ejemplo, organizamos un pequeño ágape en Castelgandolfo con el Papa. Pero llovía terriblemente, caía una cantidad de agua alucinante. No sabíamos qué hacer. Sin embargo apenas llegamos al helipuerto, dejó de llover. Un milagro. El Papa llevaba consigo el “buen tiempo”.

Por Serena Sartini. Traducción del italiano por Carmen Álvarez