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(Lunes, 18-04-2011, Gaudium Press) Acabada la misa dominical, una señora se acercó a mí. Ella tenía cerca de cuarenta años y no frecuentaba habitualmente la capilla. Tal vez la hubiese visto en alguna solemnidad, o incluso en la calle. En suma, su fisionomía me parecía familiar. Me parece que trabajaba como empleada doméstica en alguna casa de la región, o tal vez en algún establecimiento comercial de la ciudad. Estaba encinta y su fisionomía revelaba trazos de sufrimiento, pero una serena alegría.
 
La saludé amablemente, demostrando mi contento por verla en la misa dominical y la invité a volver más veces. Ella reconoció que, de hecho, no acostumbraba frecuentar la capilla, y que estaba allí para agradecer una gracia alcanzada.
Al demostrar interés por lo ocurrido, ella, con una sonrisa constante en los labios, me narró un hecho sorprendente, que intento reproducir con sus palabras:
“Al participar de una peregrinación oficial de la parroquia a Aparecida, un heraldo del Evangelio me ofreció una medalla milagrosa. Agradecí el regalo y él me preguntó lo que pediría a la Patrona de Brasil. Respondí que quería un bebé, pues después de 14 años de matrimonio, no había podido todavía engendrar un hijo. El heraldo solo me respondió: ‘¡Confianza! Nuestra Señora va darle un bebé, y será una niña'”.
Al observar nuevamente que la señora daba señales evidentes de embarazo, me fue imposible contener una exclamación de admiración. Pregunté si ella se acordaba de este heraldo, pero confieso que su descripción no era suficiente para reconocer a este hermano de vocación.
Ella me contó que ya estaba con cinco meses de gestación. Por la ecografía se sabía que era una niña. Con innegable contento me dijo que la bebé sería bautizada con el nombre de Victoria Aparecida.
En los registros civiles, una niña más tendrá en su acta de nacimiento el agradecido recuerdo de una gracia alcanzada por la Patrona de Brasil…
Por Marcos Eduardo Melo dos Santos