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Por: Jorge E. Traslosheros

 
Juan Pablo II fue un hombre de lucha y polémica, desconcertante, difícil de comprender. La dificultad radica en que, por lo regular, se busca hacer una lectura política de sus actos. Así, resulta ser muy conservador para los liberales y muy liberal para los conservadores. Demasiado avezado para los tradicionalistas y muy tradicional para quienes anhelan cambios espectaculares.

La vida y obra de Karol Wojtyla se entiende mejor desde su condición de guía religioso y no desde la lógica de un líder político. Sus acciones tuvieron, en ocasiones, profundas consecuencias políticas como en el colapso del comunismo soviético, pero difícilmente estuvieron inspiradas en el frío cálculo de la técnica del poder. Visto desde la perspectiva religiosa, los actos de Juan Pablo II hablan de una persona de profunda coherencia.

Benedicto XVI, quien es uno de los hombres que mejor le conoció, le ha caracterizado como un místico y misionero que encontró la razón de su fuerza en su íntima relación con Dios. Una fuerza de la cual dio sobrada muestra en su juventud durante la prolongada resistencia cultural contra la invasión nazi y, después, contra la dictadura comunista. Ímpetu que quedó plasmado en el gran carisma de un pontífice joven, deportista, que se escapaba de incógnito del Vaticano para irse a esquiar a las montañas. Testimonio que nos regaló durante su larga enfermedad que vivió con humildad, ese rostro tan humano de la fuerza.

No existe secreto alguno en la forma de actuar de Karol Wojtyla. Fue un cristiano que, desde el sacerdocio sacramental, ordenó su vida al seguimiento de Jesús de Nazaret, dejando en manos de la Virgen María su protección personal. Su pasión fue dignificar la vida de cualquier ser humano, con preferencia por los pobres, orientado por una razón muy bien formada en lo mejor del personalismo teológico del siglo XX.

Juan Pablo II, contra lo que suele decirse, fue un Papa que supo escuchar consejo antes de tomar decisiones. La amistad que le unió con Joseph Ratzinger dejará huella en la Iglesia en los siglos por venir. Ambos ejercieron un liderazgo intelectual y pastoral que orientó de manera decisiva la aplicación del Concilio Vaticano II, del cual se constituyeron en claros defensores y promotores al manejar con firmeza el timón de la barca de Pedro zarandeada por la tormenta, por otro lado tan común a cualquier postconcilio como demuestra la historia. Con firmeza aplicaron el principio que Benedicto XVI ha llamado de la hermenéutica de la renovación en la tradición. El Concilio no fue ni ruptura radical, ni rechazo a la tradición, por lo que su liderazgo confundió y confunde a los “progresistas de ruptura”, como a los “tradicionalistas inamobibles”. La Iglesia, lo han dejado bien claro, no podía renunciar a su misión de anunciar el Evangelio.

Las coordenadas para comprender las acciones de Juan Pablo II resultan mucho más sencillas de lo que parece: la promoción de la libertad religiosa y de los derechos humanos, nacidos de la dignidad de la persona y del derecho natural. Por eso desconcertó a los “conservadores” su defensa de los países pobres, su oposición a la violencia, la guerra y la pena de muerte; como enojó a los “liberales” su oposición al aborto, la clonación, la experimentación con embriones humanos, la eutanasia y la defensa de la familia. Y a todos deconcertó su condena al consumismo, la enajenación y el narcisismo de la cultura occidental.

Su pontificado estuvo señalado por lo mismo que marcó su existencia: el llamado a no tener miedo de creer en Jesucristo y, en consecuencia, denunciar la injusticia, definir claramente una identidad católica, vivir conforme a la fe, decir la verdad, defender la vida, la paz, la familia; a no tener miedo de vivir en oración, de sufrir, de enfrentar a los poderosos y defender a los necesitados. En suma, a vivir la audacia de la fe, de ser la voz de los sin voz.

Juan Pablo II fue un ser humano excepcional, valiente, que marcó la historia del siglo XX. Una centuria que, si bien padeció todo lo que significan los nombres de Hitler y Stalin, con sus no pocos émulos al estilo de Pinochet y Castro, también conoció la grandeza de Gandhi, Luther King, Teresa de Calcuta y Carol Wojtyla. Como fue señalado en su momento, Juan Pablo II fue, tal vez, el primer líder mundial de la época de la globalización, un líder religioso, consecuente, coherente y profundamente contracultural.

Durante el tiempo de su difícil enfermedad, en su residencia del Vaticano, Wojtyla tenía un Vía Crucis en cuya quinta estación no se veía la imagen del Cireneo, aquel hombre de nombre Simón que ayudó a Jesucristo a cargar la Cruz. En su lugar aparecía la imagen de Juan Pablo II. En una época que aprecia no más que la juventud, el poder, la riqueza y el capricho personal que se confunde con la libertad, la imagen de aquel anciano, místico y misionero, que hizo de Dios su fortaleza, se constituye en una afrenta. Será, pues, un beato controvertido, casi inaceptable para la cultura dominante; pero de gran inspiración para la comunión de los bautizados, para hombres y mujeres de buena voluntad. Pensándolo bien, no tiene nada de extraño. No hay nada más desconcertante en nuestros días que la santidad.

jtraslos@unam.mx