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Escribió sobre el poder del Espíritu Santo para lograr milagros, sanaciones y conversiones, y lo hizo desde su propia experiencia con drogadictos y pandilleros. Su libro dio origen a la Renovación Carismática Católica. 
El pasado 27 de abril murió en un accidente de coche en Texas, a los 79 años, el pastor y predicador pentecostal David Wilkerson, autor del famoso libro-testimonio “La Cruz y el Puñal”, traducido a 30 idiomas y del que se han distribuido 50 millones de copias. El testimonio del reverendo Wilkerson llegó mucho más lejos de lo que él mismo habría podido imaginar, al ser un libro clave en el nacimiento en 1967 de la Renovación Carismática Católica, que ha impactado en la espiritualidad de unos 120 millones de católicos.

La noticia de la muerte de Wilkerson colapsó el jueves la web de la principal revista pentecostal, “Charisma Magazine” (www.charismamag.com), que le había llevado dos veces en su portada. “Wilkerson era recordado sobre todo por su libro La Cruz y el Puñal y por haber fundado Teen Challenge, que tiene 1.180 centros en todo el mundo, donde cada día 24.000 hombres y mujeres con adicciones reciben ayuda. Además, a finales de 1980 Wilkerson fundó la Iglesia de Times Square, que tuvo un gran impacto en Nueva York”, explica el editor de “Charisma Magazine“, Steve Strang… quien, él mismo, de hecho, conoció a su esposa en un encuentro de Wilkerson y ella fue quine le ayudó a poner en marcha una revista que hoy tira medio millón de ejemplares.

En la revista, dirigida a pentecostales y protestantes carismáticos, pero que suele ser cordial con el catolicismo, Strang detalla que “lo que no se suele señalar es que la vida de Wilkerson afectó a muchos de formas que él probablemente no sabía. Por ejemplo, los jóvenes católicos carismáticos de Duquesne que recibieron el Bautismo en el Espíritu que pondría en marcha a la Renovación Carismática Católica, habían leído La Cruz y el Puñal, y también Hablan otras lenguas, de John Sherrill. Sherrill y su esposa Elizabeth fueron co-autores con Wilkerson de La Cruz y el Puñal“. Strang señala que aquellos jóvenes iniciaron una corriente que incluye a unos 120 millones de católicos actualmente, una cifra incomparable para ningún otro movimiento protestante ni católico.

Joven predicador rural entre los drogadictos de Nueva York


En 1958, Wilkerson tenía 26 años y era pastor pentecostal (y nieto de pastor pentecostal) en una tranquila comunidad rural en Pennsylvania. Leyendo “Life Magazine“, vio una fotografía de siete jóvenes pandilleros de Nueva York ante un tribunal, acusados de asesinato.

Tuvo entonces la firme convicción de que el Espíritu Santo le pedía ir a la ciudad a conocer a los chicos. Así viajó a los barrios de drogadictos y bandas juveniles de Nueva York, donde fue amenazado numerosas veces con navajas y jeringuillas. 
Pero él descubrió como tras un vacío de sexo, bandas y drogas los chavales buscaban amor y sentido. Wilkerson predicó, impuso manos para orar sobre ellos, les acompañó… y algunos líderes de bandas se convirtieron, entre ellos Nicky Cruz, que escribiría su propio libro-testimonio, “Corre, Nicky, corre”, y se convirtiría en un importante predicador salido de las calles.

Con la ayuda de jóvenes de congregaciones pentecostales de Asambleas de Dios, Wilkerson puso en marcha el programa Teen Challenge contra adicciones. Años después, pensando en los chicos “normales” (no drogadictos ni marginales) pero atados al sexo, a la vanidad o el consumismo, creó en 1967 Youth Crusades y CURE Corps:

un movimiento juvenil para prevenir que el aburrimiento de la clase media cómoda desembocase en drogas, alcohol y sexo.

La conexión católica, el mayor fruto


Sin embargo, el verdadero impacto vino por su libro-testimonio de 1963. En él explicaba los dones y carismas del Espíritu Santo y la espiritualidad carismática del “caminar en fe”: escuchar los consejos -a veces aparentemente absurdos- del Espíritu Santo, esperar que Dios envíe 552 dólares si son exactamente esos los que necesitas (y llegan), pedir con confianza, alabar siempre a Dios, orar en lenguas, esperar milagros. Este es el libro que leyeron los 20 jóvenes estudiantes católicos de Duquesne University en 1967 antes de ir a un retiro de fin de semana con el objetivo de conocer mejor el Espíritu Santo.

En ese retiro, la mitad de los jóvenes tuvieron una experiencia carismática: sentirse arrebatados en la alabanza, orar en lenguas, caer al suelo en adoración, sentirse guiados por Dios, abrazados ( a veces “abrasados”) en su confianza… y, sobre todo, ganas incesantes de orar, de leer la Biblia, de estar en la presencia divina. Lo contagiaron a sus compañeros de campus, vieron sucederse signos y milagros, y en apenas siete años, la Renovación Carismática Católica contaba con millones de seguidores en Estados Unidos y se extendía como un fuego por América Latina, la India, Filipinas, Europa y África.

En países hispanos, el libro clásico para regalar entre carismáticos católicos era “Jesús está vivo“, del padre Emiliano Tardiff (hoy en proceso de beatificación), pero en lengua inglesa los libros que circulaban eran “La cruz y el puñal” y “Hablan otras lenguas“. De hecho el libro se vendía bien en todas las lenguas, excepto en cierta traducción escandinava. Cuando John Sherril revisó la traducción, vio que el traductor había censurado todos los párrafos y escenas que trataban del poder del Espíritu Santo (y sus milagros), había hecho una versión intelectualizada y escéptica. Cuando se publicó la edición completa, también en ese país se dispararon las ventas.

El libro fue llevado al cine en Hollywood en 1970, con Pat Boone como Wilkerson y Erik Estrada como Nicky Cruz.

Wilkerson se equivocó con la Virgen

A principios de los 70, David Wilkerson asistió asombrado a algunos de los multitudinarios encuentros católicos carismáticos de EEUU. Como muchos pentecostales (¡y católicos!) estaba desconcertado. Por un lado, veía cristianos sinceros, bíblicos, que alababan a Dios y se ponían en manos del Espíritu Santo, pidiendo ser incendiados en pasión por Él. Por otro lado… ¡eran papistas y no prescindían de la Misa ni los santos! 
En 1974, en su libro “La Visión“, publicó una profecía (que él creía inspirada por el Espíritu): los católicos carismáticos serían perseguidos por la Iglesia al alejarse del Papa y del culto a la Virgen. Muchos renunciarían entonces a los dones carismáticos o abandonarían el catolicismo.

Wilkerson falló su profecía completamente. Los primeros carismáticos católicos en EEUU eran poco marianos, es cierto: muchos eran conversos desde la increencia, o venían de una tibieza que ignoraba la tradición católica. Además, en los primeros grupos era frecuente que protestantes y católicos rezasen juntos, y que los católicos dejasen su devoción mariana para otras ocasiones.

Pero con los años lo que pasó fue lo contrario de lo que Wilkerson profetizó: la Renovación Carismática creció, incorporó la devoción mariana, el Rosario, las peregrinaciones, los iconos, la intercesión por María y proclamó a María “la primera carismática, esposa del Espíritu Santo”. Por otro lado, sin renunciar a dones ni carismas, los carismáticos fueron plenamente aceptados por Juan Pablo II y se establecieron por toda la Iglesia. Los jesuitas podían ser ignacianos y carismáticos, los combonianos podían ser africanistas y carismáticos, los dominicos podían ser predicadores y carismáticos, los capuchinos podían ser franciscanos y carismáticos… como era el caso de Fray Raniero Cantalamessa, el predicador de la casa pontificia.




Wilkerson contra las manifestaciones extremas
 
En los últimos años, David Wilkerson habló (sin mencionar nombres pero con firmeza) contra dos corrientes espirituales que empezaban a tocar a millones de protestantes. Por un lado, predicó contra la teología de la prosperidad: él siempre había insistido en que Dios a menudo daba exactamente lo que necesitabas para servirle. Pero la “teología de la prosperidad” decía que Dios entregaba en función de los donativos que entregaba antes el fiel, o que Dios premiaba con riquezas a quien generosamente “invertía” en él, y que esas riquezas también eran “evangelizadoras”. Wilkerson nunca aceptó esta corriente y recordó que la fe pasaba por la cruz y la austeridad, la oración y el ayuno.

Por otra parte, hacia los años 90 aparecieron manifestaciones “carismáticas” que no eran las habituales del mundo pentecostal. Por ejemplo, la llamada “risa santa”: una predicadora podía dedicar toda la hora de reunión a reir como una histérica, y a invitar a la asamblea a reir “en el Espíritu”. Y así cada reunión durante varios meses. Wilkerson lo criticó, porque “no estoy en contra de la risa pero ¿dejar a los cristianos sin alimentarse de la Palabra de Dios?”

Tampoco aceptaba otras novedades inquietantes: gente que mugía o ladraba o maullaba como animales, o temblores radicalmente absurdos y extraños… Él había visto en su trabajo con drogadictos curaciones milagrosas, conversiones impactantes, profecías que se cumplían y otros signos, pero decía que tenían base bíblica, mientras que no era el caso con estos otros signos. Su prestigio en el mundo pentecostal (donde no hay autoridades y cada pastor es independiente) limitó la extensión de estas manifestaciones más extravagantes.