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Cuando leas este artículo, Juan Pablo II ya habrá sido beatificado. Fue un Papa que conquistó los corazones de todo el mundo.
Por: Fernando Lozada Baldoceda*
Domingo 1 de Mayo del 2011
Para el funeral de Juan Pablo II, Roma ha visto duplicarse su actual población de cuatro millones de personas. Hoy, día de su beatificación, la asistencia debe haber rebasado la Plaza de San Pedro y la Via de la Conciliazione. Por ello se han dispuesto pantallas gigantes en diversos lugares de la ciudad. Los “santo subito” que se leían en numerosas pancartas y eran coreados por los peregrinos en su funeral, se convierten hoy en una realidad cercana.
Juan Pablo II cumplió con su vida la invocación que nos hizo numerosísimas veces: que la vocación de todo bautizado es el llamado a la santidad. Así el Papa, que tímidamente dijo al asumir su pontificado que “venía de lejos”, se ha convertido en un Papa que vino a quedarse en una cercanía privilegiada, cerca de Dios y como intercesor nuestro. 
Abarcar la persona de Karol Wojtyla en algunos párrafos es imposible; sin embargo, sus casi 27 años de pontificado nos hablan de él con elocuencia. ¿Qué lo llevó a vivir de ese modo, en ese incansable anuncio de Cristo como Camino, Verdad y Vida? Algunos números: en 26 años y 5 meses de pontificado, el tercero más largo de la historia, Wojtyla viajó 1’247.613 kilómetros (29 veces la vuelta a la Tierra) para visitar 129 países. Celebró 1.160 audiencias generales, en las que recibió a más de 17 millones de personas. Su pontificado vio nacer 14 encíclicas, 45 cartas apostólicas y 14 exhortaciones apostólicas; además de las Jornadas Mundiales de la Juventud, cuya edición más numerosa, Manila 1995, reunió a más de cuatro millones de jóvenes de todo el mundo.
Es importante tomar en cuenta los años previos a su papado. Vivió su sacerdocio en intenso apostolado al servicio de los jóvenes y las familias polacas, y fue continua su lucha por defender la fe en Cracovia como obispo. Todas estas serían simples estadísticas si no se comprende el ‘motor’ que impulsó a este hombre a vivir así. La beatificación de Juan Pablo II, además, va mucho más allá de estos números. Esta supone y confirma la santidad de una persona; es decir, que ha realizado en su propia vida el plan de amor que Dios tiene para cada uno. 
Esté uno llamado a grandes responsabilidades o a vivir en el anonimato, la santidad depende de cuánto amó, con un amor que sea lo más parecido al amor de Dios. Juan Pablo II ha alcanzado aquello que predicó con sus palabras y con toda su existencia.
En el documento de la sesión de clausura de la investigación diocesana sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad de Juan Pablo II se puede leer: “Con la certidumbre de ser amado por Dios y con la alegría de corresponder a este amor, Karol Wojtyla encontró el sentido, la unidad y el fin de la propia vida. Todos aquellos que lo han conocido, de cerca o de lejos, fueron sorprendidos por la riqueza de su humanidad, por su plena realización como hombre, pero aun más iluminador y significativo es el hecho de que tal plenitud de humanidad coincide, al final, con su relación con Dios, en otras palabras con su santidad”.
No había día en que Juan Pablo II no iniciara la jornada con una meditación frente al Santísimo, ni día que no rezara el santo rosario. Es decir, no obstante sus muchas responsabilidades y tareas cotidianas, procuraba nutrirse cada día del amor de Dios, forjando una íntima amistad con el Señor Jesús y poniéndose en las manos de su madre, la Virgen María, a quien dedicó su lema pontificio “Totus tuus”, ‘todo tuyo’.
La causa de canonización del pontífice polaco se inició el 18 de mayo del 2005, cuando con un edicto del entonces vicario del Santo Padre para la ciudad de Roma y presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, cardenal Camillo Ruini, “habiéndose manifestado de modo clamoroso en el momento de su muerte la fama de santidad, de la que ya gozaba en vida, y habiéndose solicitado formalmente el inicio de la causa de beatificación y canonización del siervo de Dios”, invitó a los fieles a comunicar las noticias que pudieran resultar favorables o contrarias a la fama de santidad de Juan Pablo II. 
Si bien el Código de Derecho Canónico exige que pasen al menos cinco años de la muerte, el 9 de mayo del 2005 la Congregación para la Causa de los Santos dispensó de este tiempo para proceder con la Causa de Juan Pablo II. La beatificación llega tras haberse confirmado un milagro: la curación inmediata e inexplicable de la religiosa francesa Marie Simon-Pierre que sufría, como Juan Pablo II, del mal de Parkinson. La enfermedad fue diagnosticada el 2001 y, no existiendo cura para tal mal, los tratamientos y medicinas apuntaban a atenuar parcialmente los dolores.
Tras la muerte de Juan Pablo II, sor Marie y los otros miembros de la congregación comenzaron a pedir la intercesión del difunto pontífice. El 2 de junio del 2005 Marie decidió renunciar a su trabajo en una maternidad en París y su superiora la exhortó a confiar en la oración a Juan Pablo II. Pasada aquella noche, la religiosa se sintió curada, sin dolor alguno ni rigidez en las articulaciones. Esto ocurrió en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, el 3 de junio del 2005. Sor Marie interrumpió el tratamiento y el médico que la seguía pudo constatar la inexplicable curación. 
Así, a poco más de seis años de su muerte, Juan Pablo II llegó a ser beato. El Evangelio de Mateo nos trae al presente las siguientes palabras de Jesús: “Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la vida eterna”. La Iglesia, que es guía y madre, ha testimoniado la verdad de estas palabras.
Desde Roma. Sodalicio de Vida Cristiana