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El ex Presidente de Polonia y Premio Nobel de la Paz, Lech Walesa, recordó a Juan Pablo II como uno de los artífices de la derrota del comunismo en ese país y cómo con su ayuda esa nación pudo derrotar al régimen con las armas de la fe y la solidaridad.
En un artículo publicado por L’Osservatore Romano en la edición del 4 de mayo, que es además parte del primer capítulo del libro “Sobre las alas de la libertad: Fe y solidaridad juntas hicieron milagros”, publicado en ocasión de la beatificación de Juan Pablo II, Walesa recuerda la situación de Polonia en los años 70s’ cuando el país era dominado por el comunismo y los grupos opositores eran pequeños y estaban desunidos.
“Al final de los años setenta, la oposición al régimen comunista en Polonia era muy débil: pequeños grupos de personas en las que siempre crecía el desaliento y la división interna, yo mismo, por pertenecer a ellos, estaba en licencia y tenía que proveer para cinco de mis ahora ocho hijos. ‘Necesitamos tanto, piensa como conseguirlo, haz las cosas’, me decía mi esposa Danuta que por cierto nunca obstaculizó mi actividad política: había entendido que lo que hacía era también para el futuro de nuestros hijos”.
En medio de grandes dificultades, “en aquel momento de gran debilidad, de desconfianza e impotencia, cuando todo parecía perdido, Dios vino a nuestro auxilio: el 16 de octubre de 1978 un polaco fue elegido Papa, un polaco de nombra Karol Wojtyla. Y luego de un año, apenas un año después, ese Papa vino a Polonia”.
Walesa no pudo ver al Papa porque las autoridades se lo impidieron, sin embargo recuerda con emoción que el 2 de junio de 1979 más de un millón de personas escucharon a Juan Pablo II en Varsovia y clamaron “¡Queremos a Dios, queremos a Dios!”
Luego de decirles que los abrazaba “con el pensamiento y el corazón”, el Pontífice dijo: “y grito, yo, hijo de tierra polaca y yo, Juan Pablo II Papa, grito desde lo profundo de este milenio, grito en la vigilia de Pentecostés: ¡que descienda tu Espíritu! ¡Y renueve la faz de la tierra, de esta tierra!”
Walesa precisa entonces que el Papa no incitó a la lucha armada sino a la lucha de la fe, “inmensa potencia de Dios”. “Ante el poder comunista estábamos como inmovilizados y aturdidos: en nuestros corazones una gran alegría había desplazado a la incertidumbre y al miedo, nos veíamos a los ojos unos a otros colmados por una esperanza nueva hacia el futuro, mirando a nuestro alrededor que evidentemente no éramos pocos y que se podía creer”.
A partir de ese día “fuimos testimonio y protagonistas juntos de la fuerza inquebrantable de la fe: pese a cincuenta años de comunismo en Polonia, un pueblo entero participaba en los encuentros del Papa, un pueblo entero comenzó a rezar y esperar”.
Esta actitud de la gente no le agradó a las autoridades que veían que su adoctrinamiento comunista no desterró la fe, recuerda Walesa y precisa además que sin el Papa nunca hubiera sido posible la experiencia del movimiento Solidaridad que lideró, el proyecto desde donde se marcó de manera pacífica el cambio para el país.
“Sin el Papa Wojtyla no habría habido la experiencia de Solidaridad, aquella experiencia única y tan potente de solidaridad de los hombres en lucha pacífica por la libertad que el mundo conoció cerca de un años después de la visita del Papa polaco a su tierra”.
Tras recordar que el gobierno desterró de las canteras las imágenes de la Virgen negra de Częstochowa y del Papa, Walesa refiere unas palabras de un líder a los operarios cuando la situación del país era complicada “¿Si esto es así, quién está contra nosotros? Si hemos iniciado esto en el nombre de Dios, vamos hacia delante con Él”.
Y así, concluye Walesa, “fe y solidaridad juntas hicieron milagros”.