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Por: Mons. Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles
En la lectura del Evangelio de este III Domingo de Pascua no puede dejar de llamar la atención el hecho de que los dos discípulos de Emaús –¡son discípulos de Jesús!– caminen un largo trecho (11 km) con Jesús mismo resucitado y no lo reconozcan.
Lo conversado durante el camino daba como para sospechar. En efecto, primero se extrañan por la falta de información de ese desconocido que se les une en el camino: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han sucedido en ella?… Lo de Jesús el Nazareno…». Pero luego resulta que el desconocido sabe sobre esas cosas mucho más que ellos, hasta el punto de explicarles el sentido de todo lo ocurrido: «Les dijo: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él –sobre el Cristo– en todas las Escrituras». 
A esto se agrega que esos discípulos sabían lo dicho por las mujeres que visitaron de madrugada el sepulcro: «Vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía». Pero a los Once y a ellos lo dicho por las mujeres les había parecido «como desatinos y no les creían» (Lc 24,11).
¿Por qué  Jesús no les dijo derechamente: “Jesús el Nazareno soy yo que resucité esta mañana”? Porque eso tampoco les habría bastado para que lo reconocieran. El Evangelio explica que había algo que impedía a sus ojos reconocerlo: «Sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran». No es por medio de los ojos como se puede reconocer a Jesús resucitado. No es la visión material de Jesús la que puede convencerlos de su resurrección. 
Lo que quiere enseñar el Evangelio es que la resurrección de Jesús, aunque es un hecho histórico con repercusión clara en la historia de la humanidad, permanece una verdad de fe. ¿Cómo lo reconocen, entonces? Para esto son necesarias dos cosas, que son las que despiertan la fe.
En primer lugar, el contacto con las Escrituras. Es cierto que los discípulos de Emaús no reconocen a Jesús; pero reconocen lo que se producía en su corazón cuando les hablaba: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino  y nos explicaba las Escrituras?».
Este es el antecedente. Pero el punto culminante fue este otro: «Cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su lado». Desapareció de su lado, sí y no. Desapareció su presencia visible, que, como ya dijimos, no fue suficiente para que lo reconocieran; pero quedó su presencia real en ese pan partido y entregado. Y esta presencia fue la decisiva para que lo conocieran. 
Después que regresan a Jerusalén con la noticia contaron a los Once y a los demás «lo que había pasado en el camino y cómo lo habían conocido en la fracción del pan». La fracción del pan: este es el primer nombre que recibió la Eucaristía, debido a que con ese signo característico expresó Jesús su entrega en sacrificio y la distribución de su Cuerpo como alimento de vida eterna.
Los discípulos de Emaús no nos aventajan a nosotros. También nosotros tenemos los medios que a ellos les permitieron el conocimiento de Jesús resucitado: la Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo. Es más, la unión que tuvieron con Jesús esos discípulos después de comer el pan partido por Jesús fue mucho mayor que la que tenían en el camino mientras caminaban con él. Allí se estaba cumpliendo lo anunciado por Jesús y realizado al partir el pan en la última cena: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,56). 
Esta es la unión que tenemos nosotros con Jesús ahora cuando participamos de la Eucaristía. La experiencia de los discípulos de Emaús ese primer día de la semana se repite en cada Eucaristía. Por eso, el primer día de la semana no deberíamos perder la Eucaristía por nada de este mundo.