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Domingo 13 mayo 2011

Jn 10,1-10

Por Mons. Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles  

En el IV Domingo de Pascua se lee cada año una parte del capítulo X del Evangelio de Juan, en el cual Jesús desarrolla la analogía del pastor y las ovejas. Por esta razón a este domingo se le llama el «Domingo del Buen Pastor». Desde hace 48 años la Iglesia celebra este domingo la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones sacerdotales y consagradas. Se trata de pedir a Dios que no falten pastores para su rebaño. El Evangelio de este domingo nos dice de qué pastores se trata.
En el año A de lecturas se lee la primera parte del capítulo X de Juan. El capítulo comienza con la expresión característica de Jesús: «Amén, amén les digo…». Con esta expresión Jesús suele introducir una verdad revelada. Leamosla: «En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro  lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas». Pero esta verdad es bastante banal y obvia. ¿Es acaso una verdad revelada? Observamos que esto mismo se preguntaban los que oían a Jesús, como informa el evangelista: «Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba».
La afirmación de Jesús adquiere su valor de verdad revelada si tenemos en cuenta la explicación que Jesús da y que él relaciona con la afirmación anterior usando la misma introducción: «En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas». Esta es una de las afirmaciones de Jesús en «Yo soy…», con las cuales revela su identidad. En este caso Jesús nos revela que todo el que asuma la misión de pastor debe representarlo a él y ser enviado por él.
Él es el único que puede declarar, como lo repetirá más adelante en este mismo discurso: «Yo soy el Buen Pastor» (Jn 10,11.14). Pero no sólo el pastor verdadero debe transitar por la puerta que es Jesús, sino todo el rebaño, como lo aclara más adelante: «Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto». Es que el pastor de las ovejas, el que es enviado por Cristo, antes de serlo, debe ser parte del rebaño de Cristo. «Entrar y salir» es una expresión hebrea que significa todo momento, toda la vida, toda debe ser de Cristo.
El punto culminante es la frase con la cual Jesús declara la finalidad de su misión en este mundo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». Los que estaban oyendo a Jesús cuando dijo esa frase eran hombres y mujeres vivos. Ciertamente habrán pensado: “Nosotros ya tenemos vida, la tenemos desde antes que él venga”. Tienen vida, pero no es a esta vida a la que Jesús se refiere. Esta vida es muy limitada, como lo dice el Salmo 90: «Por la mañana brota y florece, por la tarde se amustia y se seca… como un suspiro consumimos nuestros años» (Sal 90,6.9). 
Jesús ha venido para que tengamos, no esta vida, que, si bien es un don de Dios, es, sin embargo, mortal; él ha venido para que tengamos «vida en abundancia». Se refiere a una vida que no está amenazada por la muerte, una vida que comienza aquí y alcanza su plenitud en la resurrección. A esta vida Jesús la llama «vida eterna». Es una participación en la vida divina. Hablando con Nicodemo, Jesús le había explicado esto: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). A esta vida se refiere.
Oremos, entonces, este domingo para que la Iglesia de Cristo no carezca de los pastores que provean a los fieles el pan de vida eterna, que Jesús identificó consigo mismo: «Yo soy el pan de vida… El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día» (Jn 6,48.54). Entonces, tendremos la vida en abundancia.