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Se llama Clemente Vismara. Pasó su vida en misión. Sembró una Iglesia donde el cristianismo no había llegado jamás. Una santidad ordinaria, que simplemente puso en práctica el Sermón de la Montaña

por Sandro Magister

ROMA, 23 de mayo del 2011 – La beatificación de Juan Pablo II ha sacudido como un ciclón el mundo entero. “Pero hay otros ejemplares testimonios de Cristo, mucho menos conocidos, que la Iglesia agrega con alegría a la veneración de los fieles”: así lo ha dicho Benedicto XVI en el Regina Caeli de dos domingos después.

El de los santos humildes y ordinarios – también de los que no tendrán jamás aureola – es un tema clave en la prédica del Papa Joseph Ratzinger. Para él los santos son “la más grande apología de nuestra fe”. Junto al arte y la música, ha agregado frecuentemente; y mucho más que los argumentos de razón.

Dicho por un Papa que es un gran teólogo y un gran razonador, la afirmación puede sorprender. Pero está del todo en línea con otro de sus trazados más caracterizadores: el de poner la teología al servicio de la “fe de los simples”.

Los santos – ha dicho Benedicto XVI en varias ocasiones – “son la gran estela luminosa con la cual Dios ha atravesado la historia. Vemos que verdaderamente allí hay una fuerza del bien que resiste a los milenios. Allí está verdaderamente la luz de la luz”

Una de estas luces se encenderá para una más larga atención el 26 de junio, día de la fiesta del Corpus Christi, cuando en Milán será beatificado un sacerdote de nombre Clemente Vismara, muerto en 1988 a la edad de 91 años, vividos hasta el final en tierra de misión, en un remoto rincón de Birmania.

Su biografía es el relato de aquella santidad ordinaria que tanto le gusta a este Papa que se ha definido “humilde trabajador de la viña del Señor”.

El perfil del nuevo beato reproducido más abajo ha sido escrito por un hermano de comunidad que lo conoció muy de cerca: el padre Piero Gheddo, también él del Pontificio para las Misiones Extranjeras, desde hace décadas misionero al estilo “antiguo” que remonta a los mismos apóstoles. No por nada Juan Pablo II pidió al padre Gheddo que le escribiera un borrador para la encíclica de 1990 “Redemptoris Missio”, que apuntaba a revigorizar el genuino espíritu misionero en una época en la que parecía estar fuera de moda.

En la budista Birmania, hoy llamada Myanmar, los católicos son poco menos de uno por cada cien habitantes. Pero si la fe cristiana se ha enraizado, se debe precisamente a un misionero como el padre Vismara, próximo beato.

Se lo debe a la “estela luminosa” irradiada por su santidad.

Este perfil del nuevo beato escrito por el padre Gheddo ha sido publicado en “Asia News”, la agencia on line del instituto misionero al que el padre Vismara pertenecía.

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EL NUEVO BEATO CLEMENTE VISMARA, PATRIARCA DE BIRMANIA

por Piero Gheddo

El domingo 26 de junio en la Plaza de la Catedral en Milán será beatificado el padre Clemente Vismara (1897-1988), que en 1983, cuando cumplió sus sesenta años de misión en Myanmar, la conferencia episcopal lo proclamó “Patriarca de Birmania”

Nacido en Agrate Brianza en 1897, participa como infante de trinchera en la primera guerra mundial, al final de la cual es sargento mayor con tres medallas al valor militar. Entiende que “la vida tiene valor sólo si las donas a los otros” (como escribía), se hace sacerdote y misionero del Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras, PIME, en 1923 y parte para Birmania. En Toungoo, la última ciudad con un gobernador británico, se queda seis meses en casa del obispo para aprender inglés, luego es destinado a Kengtung, territorio forestal, montañoso, casi inexplorado y habitado por tribus, todavía bajo el dominio de un rey local (saboá) patrocinado por los ingleses. En catorce días a caballo llega a Kengtung, tres meses de para con el fin de aprender algo de las lenguas locales y luego el superior de la misión en seis días a caballo lo lleva a Monglin, su último destino en el límite entre Laos, China y Tailandia.

Era el mes de octubre de 1942 y en 32 años (con la segunda guerra mundial de por medio, prisionero de los japoneses), Clemente Vismara funda de la nada tres parroquias: Monglin, Mong Phyak y Kenglap. Escribía en Agrate: “Aquí estoy a 120km. de Kengtung, si quiero ver otro cristiano debo mirarme al espejo”. Vive con tres huérfanos en un galpón de barro y paja. Su apostolado consiste en dar vueltas a caballo por las aldeas tribales, pintar sus tiendas y darse a conocer: lleva medicinas, saca dientes que duelen, se adapta a vivir con ellos, al clima, a los peligros, al alimento, al arroz y salsa picante, la carne se la procura cazando. Desde el inicio llega a Monglin huérfanos y niños abandonados para educarlos. En seguida fundó un orfanatorio que se convierte en la casa de 200-250 huérfanos, hombres y mujeres. Hoy es invocado como “protector de los niños” y hace muchas gracias que a los pequeños y a las familias.

Una vida pobrísima y Clemente escribía: “Aquí es peor que cuando estaba en la trinchera en el Adamello y el Monte Maio, pero esta guerra la he querido yo y debo combatirla hasta el fin con la ayuda de Dios. Estoy siempre en las manos de Dios”. Poco a poco nace una comunidad cristiana, llegan las religiosas de María Niña a ayudarlo, funda escuelas y capillas, arrozales y granjas, canales de irrigación, enseña carpintería y mecánica, construye casas con muros y lleva nuevos cultivos, el trigo, el maíz, el gusano de seda, verduras (zanahoria, cebolla, ensalada: “el padre come hierbas”, decía la gente).

En breve, el beato Clemente fundó la Iglesia en un rincón del mundo don de no hay turistas sino sólo contrabandistas de opio, brujos y guerrilleros de varias facciones; ha traído la paz y estabilizado en el territorio las tribus nómades que a través de la escuela y la atención de la salud, se incrementaron y hoy tienen médicos y enfermeras, artesanos y maestros, sacerdotes y religiosas, autoridades civiles y obispos. No pocos se llaman Clemente y Clementina.

En 1956, después que había fundado la ciudadela cristiana de Monglin y había convertido a unas cincuenta aldeas a la fe en Jesucristo, el obispo lo traslada a Mongping, a 250 kilómetros de Monglin en la exterminada diócesis de Kengtung, donde debe volver a comenzar de cero. Clemente escribía a un hermano de comunidad: “obedezco al obispo, porque entiendo que si hago lo que pienso entonces me equivoco”. Con sesenta años da inicio a una nueva misión y funda la ciudadela cristiana y la parroquia de Mongping, una segunda parroquia en Tongta y deja en herencia otras cincuenta aldeas católicas.

Muere el 15 de junio de 1988 en Mongping y es sepultado cerca a la iglesia y a la gruta de Lourdes construida por él. Sobre su tumba, visitada también por muchos no cristianos, no faltan nunca flores frescas y velas encendidas. Ahora, 23 años después, el 26 de junio del 2011, el padre Clemente Vismara será proclamado beato de la Iglesia universal y el primer beato de Birmania. Una causa de beatificación muy rápida, considerando los tiempos largos de estos “procesos” romanos.

¿Por qué el padre Clemente Vismara es hecho beato? En vida no hizo milagros, no ha tenido visiones o revelaciones, no era un místico y tampoco un teólogo, no ha realizado grandes obras ni ha destacado por cualidades o carismas destacados. Era un misionero como todos los otros, tanto es así que cuando en el PIME se discutía iniciar su causa de beatificación, alguno de sus hermanos de comunidad en Birmania dijo “si lo hacen beato a él tendrían que hacernos beatos a todos nosotros que hemos vivido su misma vida”. En 1993 fui a Kengtung con dos misioneros que habían estado con Clemente en Birmania y pedimos al obispo Abraham Than: “¿por qué quiere hacer beato al padre Clemente?”. Respondió: “hemos tenido tantos santos misioneros del PIME que han fundado esta diócesis, incluido el primer obispo Erminio Bonetta, todavía recordado como un modelo de caridad evangélica, y otros cuyo recuerdo está vivo. Pero por ninguno de ellos se ha verificado esta devoción y este movimiento de pueblo para declararlos santos, como por e padre Vismara. Yo veo en esto un signo de Dios para iniciar el proceso de investigación diocesano”.

Decía un hermano suyo: “Vismara era extraordinario en lo ordinario”. A los ochenta años tenía el mismo entusiasmo por su vocación de sacerdote y misionero, sereno y alegre, generoso con todos, confiado en la Providencia, un hombre de Dios aún en las trágicas situaciones en que vivió. Tenía una visión de aventura y de poesía de la vocación misionera, que lo ha hecho un personaje fascinante a través de sus escritos, quizá el misionero italiano más conocido del siglo XX.

Su confianza en la Providencia era proverbial. No hacía balances, ni previsiones, no contaba nunca el dinero que tenía. En  un país en el que la mayoría de la gente en algunos meses del año sufre de hambre, Clemente daba de comer a todos, no despedía nunca a ninguno con las manos vacías. Los hermanos del PIME y las hermanas de María Niña lo resondraban por acoger a demasiados niños, viejos, leprosos, minusválidos, viudas, desequilibrados. Clemente decía siempre: “Hoy hemos comido todos, mañana el Señor proveerá”. Se confiaba de la Providencia, pero escribía a los benefactores de medio mundo para tener ayuda y colaboraba con artículos para varias revistas. Sus noches las pasaba escribiendo cartas y artículos a la luz de una candela (he recogido más de 2000 cartas y 600 artículos). Es necesario agregar que los escritos del padre Vismara, poéticos, llenos de aventura, inflamados de amor par los más pobres, suscitaron numerosas vocaciones sacerdotales, misioneras y religiosas no sólo en Italia.

Clemente representa bien las virtudes de los misioneros y los valores que trasmitir a las generaciones futuras. En el último medio siglo la misión a las gentes ha cambiado radicalmente, pero siempre siguen siendo lo que Jesús quiere: “Id a todo el mundo, anunciado el Evangelio a todas las creaturas”. Pero los métodos nuevos (responsabilidad de la Iglesia local, inculturación, diálogo interreligioso, etc.) deben ser vividos en el espíritu y en la continuidad de la Tradición eclesial que se remonta a los apóstoles.

Clemente es uno de los últimos eslabones de esta gloriosa Tradición apostólica. Estaba enamorado de Jesús (¡rezaba mucho!) y de su pueblo, especialmente de los pequeños y de los últimos escribía: “estos huérfanos no son míos sino de Dios, y Dios no permite nunca que falte lo necesario”. Vivía al pie de la letra lo que decía Jesús en el Evangelio: “No os preocupéis demasiado diciendo: ¿qué comeremos? ¿qué beberemos? ¿cómo nos vestiremos? Son los que no conocen a Dios los que se preocupan de todas estas cosas. Ustedes en cambio busquen el Reino de Dios y hagan su voluntad: todo el resto Dios se los dará por añadidura” (Mt 6, 31-34) ¿Utopía? No, en Clemente era una realidad vivida, que lo traía alegría al corazón a pesar de todos los problemas que tenía.

Lo visité en Birmania en 1983, a sus 86 años todavía era párroco en Mongping. Quería entrevistarlo sobre sus aventuras y me decía: “Olvídate de mi pasado, que lo he contado muchas veces. Hablemos de mi futuro”. Y me hablaba de las aldeas por visitar, de las escuelas y capillas por construir, de las solicitudes de conversión que le venían de varias partes. Como decía un hermano: “Murió a los 91 años sin haber envejecido nunca”. Había conservado el entusiasmo de los primeros tiempos por su misión.

El Padre Clemente Vismara es uno de los cerca de 200 misioneros PIME que desde 1867 a hoy han fundado en Birmania nor-oriental seis de las 14 diócesis de Myanmar: Toungoo, Kengtung, Taunggyi, Lashio, Loikaw y Pekong, con cerca de 300 mil bautizados, obispos, sacerdotes y religiosas indígenas, más de la mitad de los católicos de Birmania.

Clemente es uno de tantos que, todos juntos, representan bien la tradición misionera y el espíritu del PIME, que sigue asistiendo de varias formas a la Iglesia de Myanmar, entre otras cosas asumiendo sus vocaciones misioneras, formándolas y enviándolas en las comunidades del Instituto en todos los continentes para anunciar a Cristo y fundar la Iglesia también en otros pueblos.