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Buenos Aires , 27 de Mayo 2011 ( AICA ): El arzobispo emérito de Resistencia, monseñor Carmelo Juan Giaquinta, advirtió que hoy como ayer es frecuente “el fenómeno del infantilismo espiritual o falta de crecimiento en la fe”, pero aclaró que no toda la responsabilidad debe recaer sólo en los fieles. 
 
“Así como los padres pueden tener responsabilidad en el raquitismo de sus hijos por no atender debidamente a su alimentación, lo mismo podría suceder con nosotros los pastores si no acertásemos en una pastoral que atienda a un sano desarrollo espiritual de cada uno de los fieles y de la comunidad entera, impartiendo una catequesis y predicación sólidas. 
 
Por cierto que a todos nos alegra una reunión numerosa de fieles. Pero la multitud que congregue la devoción a un santo no es en sí misma garantía de autenticidad. Sólo lo es la orientación hacia Cristo”, subrayó.
 
Aquí el texto completo de la Homilía 
I. “YO VOY A PREPARARLES UN LUGAR”
1. Para disponernos a la Ascensión del Señor, con la que concluye el período de las manifestaciones de Jesús resucitado, la Iglesia nos lee durante dos domingos una parte de su discurso en la última cena, que trae el Evangelio de Juan. Este año nos propone párrafos del capítulo 14.
 
Suenan como las últimas recomendaciones que los padres dan a sus hijos antes de partir de este mundo. Con la diferencia de que, mientras estos suelen marcharse preocupados por lo que pueda sucederles, Jesús trasmite una gran paz.
 
De ningún modo abandona a sus discípulos, pues se va para completar su obra y volver a buscarlos: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí… Yo voy a prepararles un lugar…  Volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy” (Jn 14,1-4).
2. Jesús repite y profundiza esta idea a lo largo de su discurso: “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes” (v. 18). La ausencia de Jesús no es total, pues es cubierta por “otro Paráclito (o abogado defensor), que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad” (vv. 16-17). Aunque suene extraño, la ausencia física de Jesús es deseable, ya que hace posible que venga el Espíritu Paráclito. 
 
Y éste, colándose a lo más hondo de nosotros mismos, nos da a conocer a Jesús resucitado más profundamente que nuestra visión corporal: “Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes… Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad” (Jn 16,7.13). El tiempo de la ausencia visible de Jesús, es el tiempo de nuestra fidelidad: “Crean en Dios y crean también en mí” (v. 1). Es el tiempo también de la espera activa, caminando hacia él que viene a buscarnos: “Ya conocen el camino del lugar adonde voy” (v. 4).
II. “NADIE VA AL PADRE SINO POR MÍ” 
 3. El apóstol Tomás muestra su torpeza en comprender las palabras de Jesús. Piensa en un camino físico a recorrer. Por eso le dice: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?» (v. 5). La respuesta de Jesús es luminosa y responde a su doble reclamo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (v. 6). La meta es el Padre. El camino hacia él es el mismo Jesús. Y se lo recorre no con esfuerzo físico, sino conociendo a Jesús con la fe y el amor: “Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre” (v.7).
Pero la torpeza de los discípulos es grande. Lo muestra la nueva intervención de Felipe que pretende ver el camino sentado en una butaca: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta” A ello Jesús responde como un maestro a un alumno que pierde el tiempo: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’?” (vv. 8-9). 
III. INFANTILISMO ESPIRITUAL
5. El fenómeno del infantilismo espiritual o falta de crecimiento en la fe, que advertimos en Tomás y Felipe, es un fenómeno frecuente. Lo muestran otros escritos del Nuevo Testamento. El apóstol Pablo les reprocha a los corintios porque “no pude hablarles como a hombres espirituales, sino como a hombres carnales, como a quienes todavía son niños en Cristo”. (1 Co 3,1).
 
El mismo fenómeno se advierte en la comunidad de los Hebreos: “Aunque ya es tiempo de que sean maestros, ustedes necesitan que se les enseñen nuevamente los rudimentos de la Palabra de Dios: han vuelto a tener necesidad de leche, en lugar de comida sólida” (Hb 5,12). No es de extrañar que advirtamos el fenómeno también en los fieles de hoy. Se da siempre que un creyente se detiene en gustar alimentos religiosos secundarios, y no tiene apetito del Pan de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. 
 
Hoy se habla de “comida chatarra”, que sacia, pero no nutre. Lo mismo pasa en el plano espiritual, por ejemplo con la devoción a los santos cuando estas se quedan en lo milagroso y no orientan hacia Cristo. Es lo que reprochó Jesús a los judíos después de la multiplicación de los panes: “Ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse” (Jn 6,26). Su religión era tan débil que, al escucharlo hablar sobre el Pan de Vida, “muchos de sus discípulos decían: ‘¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?’… Desde ese momento muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo” (Jn 6,60.66).
IV. ¿TODA PASTORAL POPULAR LLEVA A LA MADUREZ DE LA FE?
6 . Sin embargo, toda la responsabilidad en la falta de crecimiento de los fieles en la fe no podemos cargarla sólo en ellos. Así como los padres pueden tener responsabilidad en el raquitismo de sus hijos por no atender debidamente a su alimentación, lo mismo podría suceder con nosotros los pastores si no acertásemos en una pastoral que atienda a un sano desarrollo espiritual de cada uno de los fieles y de la comunidad entera, impartiendo una catequesis y predicación sólidas.
 
Por cierto que a todos nos alegra una reunión numerosa de fieles. Pero la multitud que congregue la devoción a un santo no es en sí misma garantía de autenticidad. Sólo lo es la orientación hacia Cristo.