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El Presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud, Arzobispo Zygmunt Zimowski, señaló que la Iglesia Católica sirve a los enfermos de SIDA, con todo tipo de asistencia, en 117 000 centros extendidos en todo el mundo.

Así lo señaló el Prelado en entrevista concedida al diario vaticano L’Osservatore Romano en vísperas del inicio del Congreso “La centralidad de la atención de la persona en la prevención el tratamiento del SIDA-HIV” que se realiza en la capital italiana entre el 27 y 28 de mayo.

Este evento, que organiza la fundación El Buen Samaritano, instituida por el Beato Juan Pablo II en el año 2004 y que ha sido confiada al Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud, busca también responder a las preguntas de “muchos obispos que se dirigen a nuestro dicasterio para tener una ayuda constante, con ayuda material pero sobre todo con información sobre lo último de la ciencia en la lucha contra esta enfermedad”.

Entre los objetivos de este congreso están la mejora de la atención pastoral y sanitaria a los enfermos de SIDA, la solicitud de la solidaridad de los países ricos hacia los más pobres “ya que todavía existen demasiadas personas que mueren sin tener acceso a las terapias que necesitan, en particular a los antirretrovirales” que se usan para esta afección y que han permitido diversos avances en este campo.

Tras recordar que en los últimos 30 años, más de 60 millones de personas han adquirido el HIV, la mayoría de las cuales está en África, el Arzobispo destaca el testimonio de “numerosos operadores sanitarios y voluntarios que, asistiendo valerosamente a los enfermos cuando todavía la enfermedad no era bien conocida o encontrándose privados de una suficiente cobertura sanitaria, han contraído ellos mismos la infección”.

El Prelado resaltó también el gran trabajo realizado por la Beata Teresa de Calcuta y el fallecido Cardenal John Joseph O’Connor “que promovió numerosos centros de asistencia para enfermos de SIDA” y “muchas iniciativas de cuidado y asistencia en Estados Unidos y en otros países pobres”.

Mons. Zimowski explicó que entre los participantes del congreso que se inicia este viernes están el Secretario de Estado Vaticano, Cardenal Tarcisio Bertone, el comisario europeo responsable por la salud y la política de los consumidores, John Dalli; el Director ejecutivo de UNAIDS, Michel Sidibé.

También asistirán los expertos Gregg H. Alton, Vice-presidente ejecutivo de la Corporate and Medical Affairs-Gilead Sciences (Estados Unidos); Carlo-Federico Perno, Director de la cátedra di virología de la universidad romana de Tor Vergata; y Stefano Vella, Director del departamento del fármaco dell’Istituto Superiore di Sanità y ex presidente de la International Aids Society; entre otros

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Por Marcos Inacio Melo  
 
Brasil abrió el año 2011 como la séptima mayor economía del mundo en paridad de poder y compra. Siendo el quinto mayor país del mundo en territorio y población, posee una de las mayores reservas minerales del planeta y ocupa el puesto de segundo mayor exportador de alimentos. Consta que, en pocos años, será el quinto país más poderoso de la Tierra, atrás sólo de naciones como EE.UU., China, India y Japón.
Brasil consolida cierta hegemonía en diversos asuntos internacionales, especialmente en América Latina, y su imagen tiende a proyectarse en el mundo entero, como expresión de una cultura capaz de influenciar a los demás pueblos.
Entretanto, la riqueza de Brasil no es meramente económica. Su unidad lingüística y estabilidad política -sin vanas divisiones regionalistas- caracteriza una población homogénea, inteligente y pacífica. Esta cordialidad y hospitalidad fueron reconocidas en diversas ocasiones. Cabe aquí recordar que tales predicados de este pueblo derivan de su formación católica. Brasil suma la mayor población católica del mundo. A cada 11 católicos del orbe, uno es brasileño.
Sin embargo, no es preciso mucho esfuerzo para constatar increíbles contrastes en nuestro país. A pesar de rico, Brasil también es el 73º país en desarrollo humano. Y de los 75% católicos brasileños, solamente el 2% frecuentan las Misas dominicales. Esto comprueba no sólo cuánto tiene que progresar nuestro país a nivel social, sino sobre todo espiritual. Estos datos traen a nuestro espíritu algunas cuestiones:
¿Brasil será una gran nación por la fuerza de las armas, por la ganancia de los lucros, o por la imagen cristiana que legará al mundo? ¿Nuestro país abandonará los principios morales que fueron el germen de su progreso? ¿Él se olvidará de la Fe de sus padres? ¿Él abandonará la Iglesia, madre que lo creó, alimentó y ayudó a dar los primeros pasos?
Recemos para que Brasil no esté entre las naciones que triunfaron a lo largo de los siglos con victorias edificadas sobre arena movediza, sino entre los pueblos que, construyendo sus fundamentos sobre la roca imperecedera, inscribirán en la Historia del mundo doradas letras de Fe, caridad y esperanza.
Que Brasil testimonie al mundo y a las futuras generaciones que su dinamismo emprendedor y su patrimonio cultural no se basan en la ganancia, sino en la Fe y en el espíritu cristiano. Que el pueblo brasileño continúe reconociendo el valor de la prosperidad, pero no olvide que la riqueza no es el mayor valor en la vida de un hombre.
La Historia Universal es testigo de la gestación de pueblos que nacen, crecen, y triunfan, pero con el trascurso de los años, se deshacen bajo los vientos de la Historia, semejantes a un castillo de cartas. Al contrario cuando, en la epopeya de los pueblos, se verifican ardientes actos de adhesión a la verdad de Cristo, las naciones resplandecen por su magnanimidad.
Cabe, por tanto, a todos nosotros, católicos, ser células sanas, partícipes de este gran organismo llamado Brasil. Si vivimos la Fe Católica en la integridad de su ortodoxia, coherencia y esplendor, nuestro país pasará a la Historia como un país que supo dar valor al principal condimento de su personalidad: la fe en Jesucristo.

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Hitler quería un cristianismo vacío, panteísta, inmanente, al servicio de la nación y el Estado, de jóvenes. Contra el clero, películas que lo denigrara.
De: Isaac García Expósito
Forum  Libertas
A pesar de las muchas mentiras vertidas sobre la relación entre Hitler y la Iglesia Católica, ésta constituyó siempre un dolor de cabeza para el Führer. Como todos los totalitarismos, Hitler intentó destruir a la Iglesia Católica empezando por la alemana.

Así nos lo demuestra Hermann Rauschning en su libro de 1939 «Hitler me dijo…», tristemente descatalogado. Rauschning, terrateniente de familia militar prusiana, fue nazi de 1926 a 1934. Arrepentido del nazismo, escribió sobre las ideas de Hitler. En el capítulo VII, titulado El Anticristo, recoge una conversación con el dictador acerca de la Iglesia Católica y lo que pensaba sobre ella.

Repasemos el pensamiento de Hitler detenidamente.

Sobre las religiones en general y el cristianismo en particular:

«¿Las religiones? Tanto valen unas como otras. Ninguna tiene porvenir, para los alemanes cuando menos. El fascismo puede, si quiere, hacer su paz con la Iglesia. Yo haré lo mismo. ¿Por qué no? Ello no me impedirá en absoluto extirpar el cristianismo de Alemania.  
Los italianos, gentes candorosas, pueden ser al mismo tiempo paganos y cristianos. Los italianos y los franceses, si radican en el campo, son paganos. Su cristianismo es superficial, epidérmico. Pero el alemán es distinto. Toma las cosas en serio: es cristiano o pagano, pero no ambas cosas. Por otra parte, como Mussolini nunca hará de sus fascistas héroes, poco me importa que sean paganos o cristianos.
Para nuestro pueblo, por el contrario, la religión es una cuestión capital. Todo depende de saber si permanecerá fiel a la religión judeocristiana y a la moral servil de la piedad, o si tendrá una fe nueva, recia, heroica, en un dios inmanente, en la Naturaleza inmanente, en la nación misma, en un dios inseparable de su destino y de su sangre.».
«Dejemos a un lado las sutilezas. Que se trate del Antiguo Testamento, o del Nuevo, o de las solas palabras de Cristo, como quiere Houston Stewart, Chamberlain, todo ello no es más que un solo y mismo bluf judaico. ¡Una Iglesia alemana! ¡Vaya una broma! Se es o bien cristiano, o bien alemán; mas no se puede ser ambas cosas a la vez. Podréis expulsar a Pablo de la cristiandad. Otros ya lo hicieron.
Puede hacerse de Jesús una noble figura y negar a un tiempo su divinidad. Es cosa de todos los tiempos. Hasta creo que existen en América y en Inglaterra, aún hoy, cristianos de esa catadura, llamados «unitarios» o algo por el estilo. Todas esas exégesis no sirven propiamente para nada. Por ese camino nunca llegaremos a libertarnos de ese espíritu cristiano que queremos destruir. No más hombres de mirar torcido hacia el «más allá». Queremos hombres libres, que sepan y sientan que Dios está en ellos.».
¿Cuál era el programa a seguir para destruir a la Iglesia?:
«Y nosotros, ¿qué programa deberemos seguir? Exactamente el de la Iglesia católica cuando impuso su religión a los paganos: conservar lo que puede conservarse y reformar lo demás.
Por ejemplo, la Pascua no será ya la Resurrección; será la eterna renovación de nuestro pueblo. Navidad será el nacimiento de nuestro Salvador, es decir, del espíritu de heroísmo y de manumisión.
¿No creéis que profesarán así nuestro dios en sus iglesias esos sacerdotes liberales, que ya no tienen creencia alguna y que ejercen una mera función? ¿No reemplazarán su cruz por nuestra cruz gamada?
En lugar de celebrar la sangre de su Salvador de antaño, celebrarán la sangre pura de nuestro pueblo; harán de su hostia el símbolo sagrado de los frutos de nuestra tierra alemana y de la fraternidad de nuestra grey. Claro que sí, yo os lo aseguro: comerán ese pan, y entonces, Streicher, se llenarán de nuevo las iglesias. Si lo queremos, será nuestro el culto celebrado. Pero aún es temprano para esto.»
«Por el momento, puede permitirse que las cosas sigan su curso. Mas eso no durará. ¿Para qué una religión unitaria, una Iglesia alemana, desvinculada de Roma? ¿No ven que todo ello está superado? ¡Cristianos alemanes, iglesias alemanas, cristianos cismáticos! Todo eso sabe a viejas historias. Bien sé lo que debe fatalmente suceder, y llegado el momento favorable, ya nos encargaremos de que suceda así. Sin religión propia, el pueblo alemán no puede tener estabilidad. ¿Cuál será esa religión? Nadie lo sabe de momento. Lo presentimos, nada más».
«(…) esos profesores y esos ignorantes, constructores de mitos nórdicos, no nos sirven para nada. Estorban mi acción. Me preguntaréis por qué los tolero. Porque contribuyen a la descomposición, porque provocan desorden, y porque todo desorden es creador. Por vana que sea su agitación, dejémosles hacer, ya que nos ayudan a su manera, lo mismo que los curas. A unos y a otros los obligaremos a destruir por dentro sus religiones, vaciándolas de toda autoridad y todo contenido viviente, sin que subsista más que un vano ritual de frases huecas ».
Es realmente curioso como muchas de las medidas preconizadas por Hitler para acabar con ella, se siguen aplicando hoy en nuestra sociedad posmoderna.
Hitler le reconocía un gran valor a la Iglesia católica. Él fue católico y eso le daba, a su entender, una ventaja sobre Bismarck, que era protestante, y por eso fracasó cuando aplicó su Kulturkampf: 

«La Iglesia católica es una gran cosa. No por nada ha podido mantenerse durante dos mil años. Nos da una gran lección que aprender. Tal longevidad implica inteligencia y gran conocimiento de los hombres. ¡Oh, esos ensotanados conocen bien el corazón humano y saben exactamente dónde les aprieta el zapato! Pero su hora pasó. Ya lo saben bien. Tienen bastante entendimiento para comprenderlo y para no dejarse arrastrar al combate. Si, a pesar de ello, se les antojara entablar la lucha, no haría ciertamente de ellos mártires. Me contentaría con denunciarlos como vulgares criminales. Les arrancaré de la cara su máscara de respetabilidad. Y si esto no bastare, los tornaré ridículos y despreciables.
Haré filmar escenas que contarán la historia de los hombres negros. Entonces se podrá ver de cerca el cúmulo de locura, de egoísmo sórdido, de embrutecimiento y engaño que es la Iglesia.
Se verá cómo sacan dinero de cada país, cómo rivalizaron en avidez con los judíos, cómo favorecieron las prácticas más vergonzosas. Organizaremos el espectáculo de tal manera excitante, que todo el mundo querrá verlo, y habrá largas colas a las puertas de los cines. Y si los cabellos se erizan sobre la cabeza de los burgueses devotos, tanto mejor. La juventud será la primera en seguirnos. La juventud y el pueblo.
En cuanto a los otros, no los necesito. Les garantizo que, si yo lo quiero, aniquilaré a la Iglesia en pocos años, con lo que probaré lo hueco, frágil y engañoso del aparato religioso. Bastará un golpe serio para demolerlo. Los buscaremos por el lado de la rapacidad y de su gusto proverbial por la buena vida. Los emplazo, cuando mucho, para de aquí a algunos años. ¿A qué preocuparnos? Aceptarán todo, a condición de poder conservar su situación material. Sucumbirán sin combatir.
Ya husmean de dónde sopla el viento, pues no son mentecatos, ni mucho menos. Desde luego, la Iglesia fue algo en otros tiempos. En la actualidad nosotros somos sus herederos, porque somos también una Iglesia. Conocen su impotencia. No resistirán. Y si resistieran, nos da lo mismo. Desde el momento en que la juventud está conmigo, me es indiferente que los viejos vayan a enmohecerse al confesionario, si les viene en gana. Para la juventud la cosa es distinta, y ése es asunto mío.»
A raíz de estas palabras, Rauschning recuerda cuando Hitler persiguió posteriormente «a los sacerdotes católicos por tráfico de divisas o por atentado a las costumbres, a fin de presentarlos a los ojos de la masa cual criminales, quitándoles de antemano la palma del martirio y la gloria de la persecución.»
Para extirpar el catolicismo de las clases campesinas, Hitler pensaba en revitalizar el paganismo que, según él, se encontraba en el sustrato de las creencias de dichas clases:
«Sobre eso edificaremos. Nuestros campesinos no han olvidado sus creencias de otros tiempos; la vieja religión vive siempre. La cubre la mitología cristiana, que al superponérsele, cual capa de hollín, conserva el contenido del envase.»
«Tengo dicho a Darré –prosiguió- que era tiempo de abordar la verdadera Reforma. Darré me hizo proposiciones asombrosas, que aprobé en seguida. Rehabilitaré las antiguas costumbres por todos los medios. Durante la Semana Santa y en las exposiciones agrícolas ambulantes difundiré nuestro credo religioso por la imagen, y de un modo tan expresivo, que el campesino más obtuso comprenderá. No haremos lo que antes: no evocaremos el pasado con cabalgatas y mascaradas románticas. El campesino debe saber lo que la Iglesia le ha hurtado: la intuición misteriosa y directa de la Naturaleza, el contacto instintivo, la comunión con el espíritu de la tierra. Así es como debe aprender a odiar a la Iglesia. Debe aprender progresivamente de qué trucos se han valido los sacerdotes para robarles el alma a los alemanes. Rascaremos el barniz cristiano y volveremos a hallar la religión de nuestra raza. Hay que comenzar por la campiña, y no por las grandes ciudades.
«(…) No vamos a complicarnos en la estúpida propaganda marxista del ateísmo. En las grandes ciudades no queda absolutamente nada. Allí donde todo ha muerto es imposible reanimar nada. Mas nuestros campesinos viven aún sobre un fondo de creencias paganas, y partiendo de ahí podremos evangelizar algún día a las multitudes de nuestras ciudades. Aunque, como es natural, estamos aún lejos de ello.».
Todo esto, como sabemos, se cumplió después.
Hitler fue derrotado, pero su insidiosa ideología, ¿ha desaparecido realmente? 
 

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Se conservaron unos 2.000 años en una cueva de Jordania y podrían ser los textos cristianos más antiguos con que contamos. 

De BBC 

Se trata de un grupo de setenta o más “libros”, cada uno de entre cinco a quince hojillas de plomo, encuadernados con anillos del mismo material, descubiertos al parecer en un remoto y árido valle del norte de Jordania, entre 2005 y 2007.

Una inundación inesperada dejó al descubierto dos nichos dentro de una cueva, uno de ellos marcado con una menorah, el candelabro religiosos judío.
Un beduino jordano abrió los nichos y lo que encontró podría constituir la más rara reliquia de los primeros cristianos.
Al menos eso es lo que defiende con firmeza el gobierno de Jordania, según el cual las reliquias fueron contrabandeadas a Israel por otro beduino.
El beduino israelí en cuyo poder se encuentran los libros en la actualidad niega haberlos sacado clandestinamente de Jordania y sostiene que han estado en poder de su familia por un siglo.
Pero Ammán hará “todos los esfuerzos a todos los niveles” para repatriar las reliquias.

El descubrimiento “más importante”

El director del Departamento de Antigüedades de Jordania, Ziad al-Saad, sostiene que la autoría de los libros puede deberse a seguidores de Jesús en las décadas inmediatas a su crucifixión.
Los textos “podrían coincidir o, tal vez, ser más importantes que los Rollos del Mar Muerto”, añade.
“La información inicial con que contamos es muy alentadora y parece que estamos ante un descubrimiento muy importante y significativo, tal vez el descubrimiento más importante en la historia de la arqueología”.
Pero, ¿cuál es la evidencia ante reclamos de tal magnitud?
Los libros, o “códices” están hechos de láminas de plomo en su mayoría del tamaño de una tarjeta de crédito, con textos en hebreo antiguo.
Si son de origen cristiano primitivo, y no judío, su importancia es enorme.
Una de las pocas personas que ha visto la colección es David Elkington, un estudioso de arqueología religiosa antigua, quien encabeza un equipo británico dedicado a conseguir que los libros sean llevados a un museo de Jordania.
Elkington asevera que podría ser “el mayor descubrimiento de la historia cristiana”, y agrega: “Es impresionante pensar que hemos tenido en las manos estos objetos que podrían haber estado en las manos de los primeros santos de la iglesia”.
Él cree que la evidencia más elocuente de un origen cristiano primitivo se encuentra en las imágenes de la decoración de las cubiertas de los libros y de algunas de sus páginas.
Según el experto, en las reliquias se observan signos que estarían aludiendo a “la venida del Mesías”.
“En la parte superior de una de las cubiertas tenemos la menorah con sus siete brazos que a los judíos le fue prohibida representar ya que residía en el lugar más sagrado de la presencia de Dios en el Templo”, explica.
“Así que observamos (en la ilustración) la venida del Mesías aproximándose al Santo de los Santos para obtener la legitimidad de Dios”.

Jerusalén

Philip Davies, Profesor Emérito de Estudios del Antiguo Testamento, de la Universidad de Sheffield, en el Reino Unido, dice que la evidencia más poderosa del origen cristiano se encuentra en las placas de yeso que representan un mapa de la ciudad santa de Jerusalén.
“Tan pronto como lo vi, quedé estupefacto. Pensé que era obviamente una imagen cristiana”, manifiesta.
“Hay una cruz en el primer plano, y detrás de ella está lo que tendría que ser la tumba (de Jesús), un pequeño edificio con una abertura, y detrás, las murallas de la ciudad. Hay murallas representadas en otras páginas de estos libros y casi con toda seguridad también representan las de Jerusalén”.
La cruz, con la forma de una T mayúscula, como las más utilizadas por los romanos para las crucifixiones, es la característica más reveladora.
Lo que se representa “es una crucifixión cristiana que tiene lugar fuera de las murallas de la ciudad”, dice Davies.
Margaret Barker, especialista en historia del Nuevo Testamento, señala que el sitio donde supuestamente aparecieron los libros es una prueba cristiana, más que puramente judía, del origen.
“Sabemos que en dos ocasiones grupos de refugiados de los disturbios en Jerusalén huyeron hacia el este, cruzaron el Jordán cerca de Jericó y luego huyeron hacia el este hasta muy cerca de donde estos libros se dice que fueron encontrados”, señala.
Otro elemento que apunta a un “un origen cristiano, es que no se trata de rollos, sino de los libros. Los cristianos estaban asociados en particular con la escritura en forma de libro, los que sellaban como parte de una tradición secreta de los primeros cristianos”.
El libro del Apocalipsis se refiere a tales textos sellados.
Otro posible vínculo con la Biblia se encuentra en uno de los pocos fragmentos del texto de la colección que ha sido traducido.
El texto aparece con la imagen de la menorah y dice: “Yo caminaré con los justos”, una frase que también aparece en el libro del Apocalipsis.
Aunque podría ser simplemente un sentimiento común en el judaísmo, aquí se podría referirse a la resurrección.
No obstante, no es en absoluto seguro de que todos los libros de la colección sean de la misma época.
Pero las pruebas en el plomo corroído sugieren que los libros no se hicieron recientemente.
La arqueología de los primeros cristianos es particularmente escasa.
Poco se sabe de la nueva fe después de la crucifixión de Jesús hasta las cartas de Pablo décadas más tarde, y que ilustran la difusión del cristianismo fuera del mundo judío.
Y nunca ha habido un descubrimiento del movimiento cristiano primitivo a esta escala, en la tierra de su origen y en fase tan temprana de su historia.

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Si este libro se hubiese escrito antes de “El Código Da Vinci”, la razón de la obra de Dan Brown habría quedado al descubierto.
Es como la pescadilla que se muerde la cola: La última revelación presupone que El Código Da Vinci se ha escrito; pero, al mismo tiempo, deja claro por qué a Dan Brown no le habría valido la pena escribirlo si la obra de Joseph Thornborn hubiese estado en la calle entonces.

No, no estamos ante un juego de palabras, pero sí ante un texto no menos eficaz que la de Brown en cuanto a los recursos del thriller basado en el descubrimiento de documentos y en las intrigas vaticanas, pero de sentido opuesto: si en El Código Da Vinci la Iglesia es deformada para que encaje en las tesis contrarias al cristianismo que propugna, en La última revelación se trata justo de lo contrario, de explicar cómo se produce esa deformación para que podamos ver el verdadero rostro de la Iglesia sin ataques interesados.


Se trata, eso sí, de una novela, pero Thornborn, colaborador del New York Times y del New Yorker y antiguo profesor de literatura creativa en la Universidad de Columbia, es asesor en el Vaticano y las fuentes que maneja para la trama narrativa están tomadas de un profundo conocimiento de lo que se cuece en torno a la Curia Romana.
No vamos a desvelar mucho de lo que esconde La última revelación, porque la gracia está en no saberlo y en irlo descubriendo a través de los múltiples golpes de efecto que nos deja el autor para engancharnos. Pero sí diremos que el descubrimiento de un papiro que podría contener el testamento de la Virgen María, oculto durante dos mil años, sirve para que se descubran a la vez dos conspiraciones contra la Iglesia que utilizan los casos de pederastia y la misma obra de Dan Brown para una campaña anticristiana sin precedentes por su extensión, y con ribetes apocalípticos por sus objetivos.

El Papa, a quien Thornborn llama Gregorio XVII pero que es un clarísimo trasunto de Benedicto XVI, intentará parar esas dos conspiraciones, pero ignora hasta qué punto tiene a los enemigos cerca, entre los mismos muros del Vaticano, donde mientras él reza para que finalice la prueba, otros preparan el que creen golpe definitivo contra la Iglesia.

Los protagonistas de La última revelación son John Costa, un periodista que hurga en el negocio de las denuncias falsas por pedofilia, y Kate Duncan, una papiróloga que forma parte del equipo descubridor, en Jordania, del sorprendente texto de María. En dos extremos del mundo tan distantes como Estados Unidos y Tierra Santa, serán testigos de cómo hay quien está dispuesto a llegar al asesinato para lograr sus objetivos, y verán su propia vida en peligro al intentar descubrir la verdad.

Thornborn no nos deja respirar con la acción de su novela, que es la segunda de las suyas. La primera, El cuarto secreto, fue un bestseller mundial. Toda una apuesta: por la alta tensión, por el ritmo trepidante y porque nos deja la sensación de que lo que cuenta como ficción se parece bastante a la realidad…

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Bernard Fellay, líder de la Fraternidad San Pío X que reúne a los seguidores del Arzobispo francés Marcel Lefebvre –que ordenó en 1988 a cuatro obispos sin permiso papal y que falleció excomulgado– señaló que los diálogos de su agrupación con la Santa Sede estarían por “llegar a término” sin un acuerdo para su reconciliación con la Iglesia.
El pasado 2 de febrero en una entrevista concedida a los miembros en Estados Unidos de su fraternidad, Fellay, uno de los cuatro obispos ordenados por Lefebvre, dijo que en el diálogo con la Santa Sede no han podido convencer a los representantes del Vaticano de hacer que la Iglesia regrese al estado anterior al Concilio Vaticano II.
Fellay explicó que la Santa Sede les señaló que “existían problemas doctrinales con la Fraternidad y que los mismos debían aclararse antes de un reconocimiento canónico” por parte de la Iglesia tras el levantamiento de las excomuniones.
Los miembros de esta fraternidad no reconocen el Concilio Vaticano II ni el Magisterio de los Papas posteriores a Pío XII: Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Sin embargo los lefebvristas acogieron bien el documento Summorum Pontificum de 2007, con el que el Papa Benedicto XVI liberalizó la Misa en latín, la única que ellos admiten como válida.
Fellay dijo además que el diálogo con la Santa Sede “se trata de otra cosa: queremos exponer a Roma lo que la Iglesia siempre enseñó, y con eso, señalar las contradicciones existentes entre esta enseñanza multisecular y lo que sucede después del Concilio. De nuestra parte, ese es el único objetivo que perseguimos”.
Al ser preguntado sobre si el Concilio le parece “un obstáculo insalvable”, Fellay contestó que “para nosotros, en todo caso, sí lo es“.
Sobre los asuntos tratados en los diálogos con la Santa Sede señaló que “puedo decir simplemente que estamos llegando a término, porque ya hemos repasado los principales temas resultantes del Concilio”.
Fellay también dijo estar en contra de la convocatoria hecha por el Papa para rezar con líderes de otras religiones en octubre en Asís. En su opinión Benedicto XVI “parece querer ‘rizar el rizo’ (complicar las cosas innecesariamente)” con este asunto.
El Concilio Vaticano II, que congregó a centenares de obispos de todo el mundo en diversas sesiones entre 1962 y 1965 en Roma, es uno de los acontecimientos eclesiales más importantes de la historia contemporánea.
El histórico evento, presidido sucesivamente por los Papas Juan XXIII y Pablo VI, produjo un cuerpo de doctrina que busca promover la fe católica en el mundo, renovar la vida cristiana de los fieles adaptar la liturgia y alentar la presencia activa de los laicos en la vida de la Iglesia. El Concilio produjo 16 documentos, cuatro constituciones, nueve decretos y tres declaraciones conciliares.
Antecedentes
El 21 de enero de 2009 el Papa Benedicto XVI decidió levantar la excomunión que pesaba sobre los cuatro obispos ordenados por Lefebvre en 1988: Bernard Fellay, Richard Williamson, Alfonso de Galarreta y Tissier de Mallerais.
El 4 de febrero de 2009, la Secretaría de Estado Vaticano indicó en un comunicado que los cuatro obispos están obligados al “pleno reconocimiento del Concilio Vaticano II” y del Magisterio de todos los Papas posteriores a Pío XII.
El texto también solicitaba a uno de estos cuatro, el obispo negacionista del holocausto Richard Williamson, que tome distancia “públicamente y de modo totalmente inequívoco sobre sus posiciones en cuanto a la Shoah, no conocidas por el Santo Padre al momento del levantamiento de la excomunión”.
La nota de la Secretaría de Estado Vaticano explicaba además que “el levantamiento de la excomunión ha liberado a los cuatro obispos de una pena canónica gravísima, pero no ha cambiado la situación jurídica de la Fraternidad San Pío X, que en el momento actual, no goza de ningún reconocimiento canónico en la Iglesia Católica“.
“Además los cuatro obispos, si bien ya no están excomulgados, no tienen una función canónica en la Iglesia y no ejercitan lícitamente un ministerio en ella“.

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De: http://www.catedraldelaplata.com/index.html

El templo catedralicio posee un valor religioso y eclesial que se remonta a los orígenes del cristianismo. La Catedral aloja la sede o cátedra del obispo de la cual toma su nombre y significado. Desde allí ejerce su función de maestro, sacerdote y pastor de la Iglesia local instruyendo a los fieles, reuniéndolos para celebrar los Sagrados Misterios y dispensando la caridad pastoral como vicario de Cristo. Su Santidad Paulo VI afirmó al respecto: “ la Catedral, en la majestad de sus estructuras arquitectónicas, es figura del templo espiritual que se edifica interiormente en las almas y que resplandece con la magnificencia de la gracia divina”.

La Catedral de La Plata, obra del Ing. Pedro Benoit, es un templo de estilo neogótico, en forma de cruz latina constituida por cinco naves, una principal y dos secundarias a cada lado y un majestuoso ábside, colocándose su piedra fundamental el 30 de Abril de 1884.

Tuvo su impulso constructivo a partir de 1898 y más renovado desde 1913, cuando el constructor italiano José Valli ganó la licitación y comenzó las tareas de ejecución, junto a sus dos hijos.

Las dudas sobre la magnitud del asentamiento de las torres faltantes y la inexistencia de tecnología para la realización de estudios previos llevó a la paralización de las obras a los 42 m de altura en 1932. El 19 de Noviembre de ese mismo año se inauguró el Templo con un solemne Tedeum y una Primera Misa. Las obras de la Catedral para esta fecha no estaban totalmente concluidas (faltaban por ejemplo el piso granito concluso en 1942 y el conjunto de los vitrales). El mismo día (fiesta de San Ponciano, Patrono) celebraba la Ciudad sus cincuenta años de existencia.

Siguiendo la tradición medieval, las grandes ventanas debían contar con vitrales y para ello, se solicitaron las piezas a fábricas de Alemania y Francia. La calidad de la obra y la belleza de las imágenes de la Eucaristía, la Ultima Cena y algunos pasajes de la vida de María dan cuenta de ello. En 1937 se colocan los dos vitrales alemanes facturados en la Casa F. X. Zettler de Munich, ambos funcionan como retablo detrás de los altares menores; en 1947, comenta una noticia del diario La Nación del 27 de Julio: “ Por fin han llegado de Francia los primeros vitraux y han sido colocados ya en su sitio. Dos talleres de fama mundial cooperarán en esta obra: los de Lorin y Maumejean. Las vidrieras ubicadas son en número de ocho.

Contienen las escenas del Antiguo Testamento: 216 escenas. A medida que avanza hacia el Santuario, el visitante ve desarrollarse a su derecha y a su izquierda la historia religiosa del Universo, desde la Creación hasta los tiempos que precedieron inmediatamente la venida del Redentor” (…) “Pronto serán colocadas las vidrieras del deambulatorio, vecinas del Santuario y (…) consagradas al Nuevo Testamento…”

En 1958 llegaron 27 vitrales procedentes de Francia, pertenecientes a la Casa Lorin de Chartres, que fueron ubicados en el deambulatorio y claristorio, con iconografía del Nuevo Testamento.

A los tesoros del Templo se suman obras en madera como la sillería del coro de canónigos, el Trono Arzobispal y los confesionarios (1936).

Presiden la Catedral dos grandes tallas de indiscutible belleza: El Cristo Crucificado en una sola pieza de guatambú y la Inmaculada Concepción realizada en cedro, obras del artista tirolés Leo Moroder.

No podemos dejar de mencionar la presencia de la beata platense Sor maría Ludovica cuyas reliquias han sido trasladadas a nuestro Templo Mayor en el año 2004.