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EWTN Global Catholic Television Network: Cara a Cara – Alejandro Bermúdez – La Doctrina Social de la Iglesia.

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Evangelio según San Juan 15,12-17.

Este es mi mandamiento: Amense los unos a los otros, como yo los he amado.
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.
Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
 

Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
 
No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.
Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.

Leer el comentario del Evangelio por :

San Gregorio Magno (v. 540-604), Papa y doctor de la Iglesia
Homilías sobre los Evangelios, n° 27; PL 76, 1204 


«Este es mi mandamiento: amaos los unos a los otros como yo os he amado»

Todas las palabras sagradas del Evangelio están repletas de mandamientos del Señor. ¿Entonces, por qué, el Señor dijo que el amor era su mandato? “Este es mi mandamiento: amamos los unos a los otros.” Resulta que todos los mandamientos surgen del amor, que todos los preceptos son sólo uno, y cuyo único fundamento es la caridad.

 
Las ramas de un árbol brotan de la misma raíz: así todas las virtudes nacen sólo de la caridad. La rama de una buena obra, no permanece vigorosa,  si separa de la raíz de la caridad. Por lo tanto, los mandamientos del Señor son numerosos, y al mismo tiempo son uno – múltiple por la diversidad de las obras, uno en la raíz del amor.

¿Cómo mantener este amor? El mismo Señor nos lo da a entender: en la mayoría de los preceptos de su Evangelio, ordena a sus amigos que se amen en Él, y que amen a sus enemigos por Él. El que ama a su amigo en Dios y su enemigo por Dios, posee la verdadera caridad.

Hay personas que aman a sus familiares, pero sólo movidos por sentimientos de afecto que surgen del parentesco natural…  Las palabras sagradas del Evangelio no hacen a estos hombres ningún reproche. Pero lo que espontáneamente se le da a la naturaleza es una cosa, y aquello que se da por caridad en obediencia es otra. Las personas a las que me he referido, aman sin duda a su prójimo… pero según la carne y no según el Espíritu…  Diciendo: “Este es mi mandamiento: amaos los unos a los otros”, el Señor, inmediatamente ha añadido: “Como yo os he amado.” Estas palabras significan claramente: “amar por la misma razón que Yo os he amado”.

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Una famosa estrella de Broadway del pasado, ha compartido el modo en que el aborto de su hijo lo envió en una espiral hacia abajo que lo atrapó en la desesperación, algo para lo cual nuestra cultura saturada de sexo  nunca lo había preparado.
 
Kathleen Gilbert/Notifam

El artista canadiense David MacDonald, de 50 años de edad, dio su testimonio ante una conferencia del grupo Campaña No Más Silencio (Silent No More Awareness), la cual tuvo lugar, pasada la Marcha por la Vida en Canadá, y donde otros hombres y mujeres también describieron el trauma del aborto.

Habiendo sido un cantante potente, la voz de MacDonald, desde el escenario, apenas era un chillido que podía escucharse habiendo quedado destrozadas sus cuerdas vocales, según él cuenta, debido a las tensiones que sufrió por el aborto del bebé que su novia estaba esperando cuando MacDonald tenía 21 años de edad.

Cuando MacDonald supo que su novia estaba embarazada, él pensó que el aborto era, sin duda, la solución. “Comprendan, yo no quería saber que ella estaba embarazada…yo no quería la responsabilidad, yo quería el sexo”,dijo. “Y por eso el aborto era la salida fácil. Eso es lo que yo pensaba. Es solamente cuestión de pagar 300.00$ y el problema se desvanece”. “La vida no tiene precio. Uno no puede ponerle un precio. Yo traté de ponerle un precio de 300.00$ a la vida de mi hijo. Eso no funcionó”.

MacDonald dijo que su novia “quedó completamente devastada” por el aborto, lo que también llevó a MacDonald a adentrarse más todavía en una vida de drogas y de promiscuidad. “No hay lugar a dónde ir, cuando uno comete un error como ése, y uno no conoce a Jesús. Así que yo continué corriendo hacia todos esos lugares diferentes, comentó.



De la ignorancia a la conversión

En aquel momento, MacDonald sabía poco sobre el cristianismo, y admite que “él no sabía lo que significaba la palabra castidad”. “Yo pensaba que si uno quería tener sexo, uno simplemente lo hacía, y ¿cuál es el problema?”, él dijo. “Yo no sabía lo importante que era el sexo, que las personas mueren por el sexo, que la gente nace por el sexo, que los corazones quedan destrozados, y que los reinos se desploman como resultado de la inmoralidad sexual. Yo no sabía nada de esto. Yo solamente sabía lo que yo deseaba”.

MacDonald contó que logró el éxito como actor de reparto en películas de la (compañía) Paramount y de la (compañía) Columbia Pictures. Más tarde, le dieron el rol de toda una vida, como el ‘Gato Rock &  Roll’ (Rock & Roll Cat) en el musical de ‘Cats’ para la gira nacional en los Estados Unidos de América. Pero su carrera terminó de modo abrupto  cuando, un día, forzó su voz demasiado a pesar de estar enfermo.

“Eso marcó el fin de mi voz, y el fin de mi carrera”, dijo. Algunos años más tarde, MacDonald pasó por una experiencia de conversión poderosa, cuando acudió al Oratorio de San José en Montreal. Ahora es un activista en contra del aborto y del matrimonio entre personas del mismo sexo. En enero se casó con su ahora esposa Kirsten.

El camino de sanación por el aborto, fue “un camino duro, duro, duro. Pero comenzó cuando me fui de rodillas”. “Mi vida era sin Dios, y sin Dios uno no tiene nada. No importa cuán exitoso seas, nada tienes si no tienes a Dios”, señaló MacDonald.

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Toda la vida del hombre es una “larga noche de lucha y oración”, en la que busca “reconocer el rostro de Dios”, algo que sólo se puede recibir “como un don”.

Así lo afirmó hoy el Papa Benedicto XVI, en una nueva catequesis, dentro del ciclo sobre la oración cristiana que está ofreciendo en cada Audiencia General.


Queridos hermanos y hermanas,

hoy quisiera detenerme con vosotros en un texto del Libro del Génesis que narra un episodio un poco especial de la historia del Patriarca Jacob. Es un fragmento de difícil interpretación, pero importante en nuestra vida de fe y de oración; se trata del relato de la lucha con Dios en el vado de Yaboq, del que hemos escuchado un trozo.

Como recordaréis, Jacob le había quitado a su gemelo Esaú la primogenitura, a cambio de un plato de lentejas y después recibió con engaños la bendición de su padre Isaac, que en ese momento era muy anciano, aprovechándose de su ceguera. Huido de la ira de Esaú, se refugió en casa de un pariente, Labán; se había casado, se había enriquecido y volvía a su tierra natal, dispuesto a enfrentar a su hermano, después de haber tomado algunas prudentes medidas. Pero cuando todo está preparado para este encuentro, después de haber hecho que los que estaban con él, atravesasen el vado del torrente que delimitaba el territorio de Esaú, Jacob se queda solo, y es agredido por un desconocido con el que lucha toda la noche. Esta lucha cuerpo a cuerpo -que encontramos en el capítulo 32 del Libro del Génesis- se convierte para él en una singular experiencia de Dios.
La noche es es momento favorable para actuar a escondidas, el tiempo oportuno, por tanto, para Jacob, de entrar en el territorio del hermano sin ser visto y quizás con la ilusión de tomar por sorpresa a Esaú. Sin embargo es él el sorprendido por un ataque imprevisto, para el que no estaba preparado. Había usado su astucia para intentar evitarse una situación peligrosa, pensaba tener todo bajo control, y sin embargo, se encuentra ahora teniendo que afrontar una lucha misteriosa que lo sorprende en soledad y sin darle la oportunidad de organizar una defensa adecuada. Indefenso, en la noche, el Patriarca Jacob lucha contra alguien. El texto no especifica la identidad del agresor; usa un término hebreo que indica “un hombre” de manera genérica, “uno, alguien”; se trata de una definición vaga, indeterminada, que quiere mantener al asaltante en el misterio. Está oscuro, Jacob no consigue distinguir a su contrincante, y también para nosotros, permanece en el misterio; alguien se enfrenta al Patriarca, y este es el único dato seguro que nos da el narrador. Sólo al final, cuando la lucha ya ha terminado y ese “alguien” ha desaparecido, sólo entonces Jacob lo nombrará y podrá decir que ha luchado contra Dios.
 

El episodio se desarrolla en la oscuridad y es difícil percibir no sólo la identidad del asaltante de Jacob, sino también como se ha desarrollado la lucha. Leyendo el texto, resulta difícil establecer quien de los dos contrincantes lleva las de ganar; los verbos se usan a menudo sin sujeto explícito, y las acciones suceden casi de forma contradictoria, así que cuando parece que uno de los dos va a prevalecer, la acción sucesiva desmiente enseguida esto y presenta al otro como vencedor.
 
Al inicio, de hecho, Jacob parece ser el más fuerte, y el adversario – dice el texto – “no conseguía vencerlo” (v.26); y finalmente golpea a Jacob en el fémur, provocándole una dislocación. Se podría pensar que Jacob sucumbe, sin embargo, es el otro el que le pide que le deje ir; pero el Patriarca se niega, imponiendo una condición: “No te soltaré si antes no me bendices” (v.27). El que con engaños le había quitado a su hermano la bendición del primogénito, ahora la pretende de un desconocido, de quien quizás empieza a percibir las connotaciones divinas, sin poderlo reconocer verdaderamente.

El rival, que parece estar retenido y por tanto vencido por Jacob, en lugar de ceder a la petición del Patriarca, le pregunta su nombre: “¿Cómo te llamas?”. El patriarca le responde: “Jacob” (v.28). Aquí la lucha da un giro importante. Conocer el nombre de alguien, implica una especie de poder sobre la persona, porque el nombre, en la mentalidad bíblica, contiene la realidad más profunda del individuo, desvela el secreto y el destino. Conocer el nombre de alguien quiere decir conocer la verdad sobre el otro y esto permite poderlo dominar. Cuando, por tanto, por petición del desconocido, Jacob revela su nombre, se está poniendo en las manos de su adversario, es una forma de entrega, de consigna total de sí mismo al otro.

Pero en este gesto de rendición, también Jacob resulta vencedor, paradójicamente, porque recibe un nombre nuevo, junto al reconocimiento de victoria por parte de su adversario, que le dice: “En adelante no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido” (v.29). “Jacob” era un nombre que recordaba el origen problemático del Patriarca; en hebreo, de hecho, recuerda al término “talón”, y manda al lector al momento del nacimiento de Jacob, cuando saliendo del seno materno, agarraba el talón de su hermano gemelo (Gn 25, 26), casi presagiando el daño que realiza a su hermano en la edad adulta, pero el nombre de Jacob recuerda también al verbo “engañar, suplantar”.

 
Y ahora, en la lucha, el Patriarca revela a su oponente, en un gesto de rendición y donación, su propia realidad de quien engaña, quien suplanta; pero el ot ro, que es Dios, transforma esta realidad negativa en positiva: Jacob el defraudador se convierte en Israel, se le da un nombre nuevo que le marca una nueva identidad. Pero también aquí, el relato mantiene su duplicidad, porque el significado más probable de Israel es “Dios fuerte, Dios vence”.

Por tanto, Jacob ha prevalecido, ha vencido – es el mismo adversario quien los afirma – pero su nueva identidad, recibida del mismo contrincante, afirma y testimonia la victoria de Dios. Y cuando Jacob pide a su vez el nombre de su oponente, este no quiere decírselo, pero se le revela en un gesto inequívoco, dándole su bendición. Esta bendición que el Patriarca le había pedido al principio de la lucha se le concede ahora. Y no es una bendición obtenida mediante engaño, sino que es gratuitamente concedida por Dios, que Jacob puede recibir porque está solo, sin protección, sin astucias ni engaños, se entrega indefenso, acepta la rendición y confiesa la verdad sobre sí mismo.

 
Por esto, al final de la lucha, recibida la bendición, el Patriarca puede finalmente reconocer al otro, al Dios de la bendición: “He visto a Dios cara a cara, y he salido con vida” (v.31), ahora puede atrav esar el vado, llevando un nombre nuevo pero “vencido” por Dios y marcado para siempre, cojeando por la herida recibida.

Las explicaciones que la exégesis bíblica da con respecto a este fragmento son muchas; en particular los estudiosos reconocen aquí intentos y componentes literario de varios tipos, como también referencias a algún cuento popular. Pero cuando estos elementos son asumidos por los autores sagrados y englobados en el relato bíblico, cambian de significado y el texto se abre a dimensiones más amplias. El episodio de la lucha en el Yaboq se muestra al creyente como texto paradigmático en el que el pueblo de Israel habla de su propio origen y delinea los trazos de una relación especial entre Dios y el hombre.

 
Por esto, como se afirma también en el Catecismo de la Iglesia Católica, “la tradición espiritual de la Iglesia ha visto en este relato el símbolo de la oración como combate de la fe y la victoria de la perseverancia” (nº 2573). El texto bíblico nos habla de la larga noche de la búsqueda de Dios, de la lucha para conocer el nombre y ver su rostro; es la noche de la oración que con tenacidad y perseverancia pide a Dios la bendición y un nombre nuevo, una nueva realidad fruto de conversión y de perdón.

La noche de Jacob en el vado de Yaboq se convierte así, para el creyente, en un punto de referencia para entender la relación con Dios que en la oración encuentra su máxima expresión. La oración exige confianza, cercanía, casi un cuerpo a cuerpo simbólico no con un Dios adversario y enemigo, sino con un Señor que bendice y que permanece siempre misterioso, que aparece inalcanzable.

Por esto el autor sacro utiliza el símbolo de la lucha, que implica fuerza de ánimo, perseverancia, tenacidad en el alcanzar lo que se desea. Y si el objeto del deseo es la relación con Dios, su bendición y su amor, entonces la lucha sólo puede culminar en el don de sí mismo a Dios, en el reconocimiento de la propia debilidad, que vence cuando consigue abandonarse en las manos misericordiosas de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, toda nuestra vida es como esta larga noche de lucha y de oración, de consumar en el deseo y en la petición de una bendición a Dios que no puede ser arrancada o conseguida sólo con nuestras fuerzas, sino que debe ser recibida con humildad de Él, como don gratuito que permite, finalmente, reconocer el rostro de Dios. Y cuando esto sucede, toda nuestra realidad cambia, recibimos un nombre nuevo y la bendición de Dios. Pero aún más: Jacob que recibe un nombre nuevo, se convierte en Israel, también da al lugar un nombre nuevo, donde ha luchado con Dios, le ha rezado, lo renombra Penuel, que significa “Rostro de Dios”. Con este nombre reconoce que el lugar está lleno de la presencia del Señor, santifica esa tierra dándole la impronta de aquel misterioso encuentro con Dios. Aquel que se deja bendecir por Dios, se abandona a Él, se deja transformar por Él, hace bendito e l mundo. Que el Señor nos ayude a combatir la buena batalla de la fe (cfr 1Tm 6,12; 2Tm 4,7) y a pedir, en nuestra oración, su bendición, para que nos renueve en la espera de ver su Rostro.

¡Gracias!

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«No parece digno que se celebre la Misa con un iPad y luego se revise el correo o lea el periódico con el mismo instrumento», comenta el Padre Edward.
La aparición y rápida difusión de dispositivo móviles que consienten descargar programas y aplicaciones para favorecer la vida de fe y oración comienzan a arraigar también entre el clero, religiosas y laicos católicos. Para profundizar sobre el tema, entrevistamos al padre Edward McNamara, L.C., profesor ordinario de teología sacramental y liturgia en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. El padre Edward ha participado como experto en el sínodo sobre la Eucaristía y es colaborador habitual de la agencia ZENIT con una columna sobre liturgia.

-Cada vez más, sobre todo en países de Europa y Norteamérica, se ve un uso más marcado de las tecnologías de comunicación e información por parte de personas consagradas. Quizá por lo «novedoso», a algunos les resulta extraño o incluso contradictorio que un sacerdote o religiosa use ese tipo de herramientas. ¿Existen disposiciones disciplinares de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos o de alguna Conferencia Episcopal sobre la conveniencia o no de usar estos instrumentos?


-Dado que la explosión en el uso de estos medios es relativamente reciente y la Iglesia suele tomar tiempo para reflexionar y evaluar los acontecimientos, todavía hay poco o nada al respeto. La Santa Sede está estudiando la cuestión bajo varias perspectivas, por ejemplo sobre el uso de estos medios en los seminarios.

Por lo general se ve una actitud de prudente apoyo al uso de las nuevas tecnologías como medios de evangelización, sin ignorar los peligros que pueden constituir, como por ejemplo la «necesidad» de dedicar a veces muchas horas para mantener contactos anónimos.


-En los últimos años hemos visto un creciente desarrollo aplicaciones digitales para promocionar el rezo del Rosario, el breviario (I-breviary) e incluso un programa de Apple para preparar la confesión. ¿Qué valoración se puede hacer de esto?
-Creo que estas iniciativas son muy positivas para la formación cristiana y para la evangelización. A fin de cuentas son un desarrollo de elementos que ya existían como folletos y pequeños tratados, con la ventaja que con relativamente poco costo se puede distribuir material de alta calidad a muchas personas. Además, a través de enlaces una presentación sencilla puede dar al usuario interesado acceso inmediata a un contenido formativo muy amplio.

-En algunos lugares el I-Pad –por poner un ejemplo– está siendo utilizado como misal. Hay quienes piensan que no es correcto el uso de medios como ese para la misa o la liturgia en general, que se «deben» seguir utilizando los libros específicos para ella. 

Otros aducen que el libro es también un «medio» y que entonces lo que importa no es el instrumento, el soporte, sino el uso que se le da al instrumento. Hay no pocos foros donde se discute todo esto y he sido participe y testigo de la disparidad de opiniones. ¿Qué nos puede decir al respecto?

-Por un lado el misal y los demás rituales de los sacramentos, en cuanto libros, son instrumentos para conocer los ritos y textos que la Iglesia propone para cada celebración. El uso de un I-Pad, u otra tableta electrónica, fácilmente puede contener a la vez todos los libros litúrgicos y en diversas lenguas. Además, a diferencia del libro, el sacerdote puede ajustar el tamaño de letra a su comodidad.

Al mismo tiempo hay una objeción que me parece importante. La Iglesia, por tradición, reserva un uso exclusivo a los objetos litúrgicos. Bajo esta perspectiva el misal no es sólo un libro-instrumento sino un símbolo litúrgico que recibe una bendición especial que lo reserva para el uso del altar. 

No parece de todo digno de Cristo que un sacerdote termine de celebrar la Misa con una tableta para luego pasar inmediatamente a revisar su correo o leer el periódico con el mismo instrumento. Quizás la solución sería la producción de tabletas para un uso exclusivamente litúrgico que elimina esta objeción mientras conserva las ventajas.

-Hemos mencionado el I-Pad pero algo análogo se puede decir de otros dispositivos en los que se lee la liturgia de las horas… ¿Cuáles podrían ser algunos criterios de uso para esos dispositivos en relación con la liturgia, la oración, la vida de fe por parte, sobre todo, de personas consagradas? ¿Usted usa alguno de esos aparatos?


-Personalmente sigo usando el mismo oficio divino desde hace más de 20 años. El libro tiene más posibilidad de llegar a ser depósito de las asociaciones y recuerdos personales que un instrumento técnico. Sin embargo, no cabe duda que la posibilidad de poder siempre tener el oficio en el teléfono o tableta es una gran ventaja para los que tiene que viajar continuamente. La capacidad de orar es algo sumamente personal y cada uno tiene que decidir por sí mismo si el instrumento técnico es una ayuda o un estorbo para unirse con Dios.
 
Se deben considerar también algunos puntos como el testimonio de la pobreza cristiana. Podría ser un anti-testimonio que un alma consagrada use instrumentos que están todavía fuera del alcance de muchas personas. Ciertamente es una cuestión temporal en el mundo tan fluido de la tecnología, pero merece ser tomada en consideración.

Otra cosa es la oración comunitaria del oficio y cada comunidad de almas consagrados tendría que reflexionar cómo proceder para que las celebraciones del oficio divino sean una verdadera alabanza a Dios hecha en comunión.

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Bishop Alencherry is the first head to be elected by the Oriental rite’s synod.
By: Jose Kavi, Kochi
The Syro-Malabar Church has for the first time today elected a new head.

The Kerala-based Oriental Catholic rite, which claims its origin to St. Thomas the Apostle, elected Bishop George Alencherry of Thuckalay as its Major Archbishop.

The newly appointed bishop said his services will be for all people of India.  He stressed inter-rite relations, inter-faith harmony and ecumenism.  The Syro-Malabar Church along with the other Oriental rite Syro-Malankara Church and the Latin rite make up the Catholic Church in India.

Bishop Alencherry, 66, succeeds Cardinal Varkey Vithayathil, who headed the Church. The 84-year-old cardinal died April 1 after a prolonged heart ailment.

Pope John Paul II had appointed Cardinal Vithayathil its Major Archbishop in 1999.

Bishop Alencherry, however, is the first head to be elected by the Oriental Church’s synod. The election is part of the new administrative system put in place within the Syro-Malabar Church after Pope John Paul II made it a Major Archiepiscopal Church in 1992.

With that elevation the pope appointed Cardinal Antony Padiyara as its first Major Archbishop. However, the pope reserved the powers to appoint the major archbishop and bishops.

The Vatican in 2004 granted full administrative powers to the Church, including the power to elect bishops.

The synod, following Syro-Malabar Church rules, met at its headquarters in Kochi to elect a new leader. The synod will conclude on May 29.

Bishop Alencherry, born in 1945 in Kerala’s Kottayam district, was ordained a priest in 1972. He became bishop of Thuckalay in 1997. He is currently the secretary of the Syro-Malabar Synod and also the chairman of the Synodal Commission for Catechesis.

 

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El presidente de la Comisión Episcopal de Familia y Defensa de la vida de la Conferencia Episcopal Peruana (CEP), Mons. José Antonio Eguren, pidió a los candidatos a la Presidencia, Ollanta Humala y Keiko Fujimori, fijar su posición sobre la defensa de la vida y la familia, temas “ausentes en el debate electoral del domingo 29 de mayo”.

“Este no es un asunto confesional como algunos dicen para callar a la Iglesia sino de humanidad”, afirmó en un artículo publicado el 25 de mayo en el diario El Comercio.

El también Arzobispo de Piura y Tumbes advirtió que “ignorar el don precioso de la familia fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer” abierto a la vida, “es comprometer seriamente el futuro del Perú. Sin familia no hay futuro ya que el futuro moral, espiritual e incluso biológico de una Nación pasa por la familia”.

Dijo que lo mismo ocurre con la defensa de la vida, amenazada por el aborto, la eutanasia, la experimentación con embriones, entre otros, a pesar que “la ciencia hoy en día es enfática y unánime en afirmar que ya hay vida humana desde la concepción”.

Mons. Eguren señaló que el gobierno que salga elegido el 5 de junio deberá por tanto garantizar los derechos y deberes de la familia, “no desestructurarla y asediarla mediante leyes basadas en corrientes ideológicas de moda que la quieren poner en crisis (léase feminismo radical, matrimonio homosexual, ‘divorcio express’, etc.)”.

Indicó que lo mismo sucede con la defensa de la vida, pues “el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción”, momento desde el cual es protegido por la Constitución.

Principios irrenunciables

Mons. Eguren dijo que por tanto “para los católicos hay una serie de principios irrenunciables” a tener en cuenta al momento de votar, como es el respeto a la vida, la protección de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, la libertad de los padres en la educación de sus hijos y la libertad religiosa.

Asimismo, dijo que se debe tener en cuenta el cuidado de los menores para que no sean “víctimas de las modernas formas de esclavitud”, como la droga y en la prostitución. También el desarrollo de una economía “al servicio de la persona y del bien común, respetando la justicia social, el principio de solidaridad humana y el de subsidiariedad”.

“Y el tema de la paz, que es obra de la justicia y de la caridad, y que exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo”, añadió.

Mons. Eguren reiteró su “invocación a los candidatos para que fijen su posición sobre estos temas fundamentales para el futuro del Perú que todos amamos y que queremos justo y reconciliado. Aún están a tiempo”.